«El Chino» y los periodistas que vivieron el golpe desde dentro
Se oyó un tumulto en la planta baja. A los pocos segundos había un guardia civil en la tribuna de enfrente a la de prensa, la que utilizaba TVE. Pensé en que se trataba de un asalto de ETA; no hacía muchas fechas que miembros de la banda terrorista, que vestían uniformes de agentes de la Guardia Civil, habían asaltado un polvorín en Soto de la Marina (Cantabria) donde se apoderaron de una importante carga de dinamita. Fuera lo que fuera, había que saber lo que pasaba y le dije a mi compañero de Europa Press que bajaba yo. Cuando accedí al pasillo, venía un guardia gritando «adentro, adentro», lo que obedecí sin rechistar porque no había otra opción. El agente entró en la tribuna de prensa y, con una agilidad sorprendente, se subió a la mesa donde tomábamos nota. Podía haber caído al hemiciclo. Después llegaron los tiros y las ráfagas de subfusil. El guardia que nos custodiaba también disparó y se desprendieron algunos trozos de escayola del techo. Al menos un periodista, no digo el nombre no vaya a ser que le pidan a estas alturas la devolución de aquel recuerdo, se quedó con un trozo, que ya había que tener ganas para conservarlo. Después, todos al suelo. Seguía sin saber qué pasaba exactamente hasta que vi, a través de los huecos que hay entre los tapices de la barandilla, al teniente coronel Tejero con su pistola en la mano. Estaba claro.
Un compañero de una cadena de radio me preguntó, porque desde su posición no se veía el hemiciclo:
–Zulo, ¿esto qué es?
–Un golpe de Estado, le contesté sin dudarlo.
–No me jodas.
Estaba claro. Nos hallábamos en medio de una intentona golpista, tirados en el suelo y sin posibilidad de informar a nuestros medios de comunicación.
Cuando, al cabo de un rato, nos dejaron sentarnos, al igual que al resto de las personas que estaban en el hemiciclo, debíamos tener una cara de circunstancias, por la reacción del agente que estaba en la tribuna de prensa, al que apodaban «El Chino» (este dato me lo facilitó un guardia civil en la «comida de hermandad» que organizó el director general de la Guardia Civil, Aramburu Topete, tras un partido de futbol Benemérita-Prensa que se celebró en el estadio de Vallehermoso en medio de unas grandes medidas de seguridad. El general Aramburu sabía de la tirantez que se había generado tras el 23-F y trataba de dar un primer paso para resolver aquella situación).
«El Chino», a diferencia de la mayoría de los guardias civiles que habían participado en el asalto, sí sabía de qué iba el asunto porque nos explicó: «Esto va contra el sistema y ustedes ¿no son del sistema?»
Aquello no era nada tranquilizador y yo no dejaba de pensar, por el ejemplo del golpe en Chile encabezado por Pinochet, si a los periodistas nos iban a llevar al estadio Bernabéu o al Calderón.
Para Ernest Hemingway (Premio Nobel en 1954 y el Pulitzer, un año antes), el valor (o valentía) consiste en la capacidad de actuar correctamente y mantener la compostura a pesar del miedo, el riesgo o la inminencia de la muerte. No es la ausencia de temor, sino la dignidad y resistencia ante la adversidad. Pues eso, quien diga que en aquellos momentos no sentía temor, qué suerte.
Conforme pasaban los minutos, la situación, si se puede decir así, se relajó un poco y algunos optamos por dar una vuelta, en mi caso para comprobar si había alguna manera de contactar con Europa Press. Teníamos un teléfono punta-punta en la sala de prensa (por la que saltaron los guardias el día 24), pero imposible acceder hasta allí. Había todavía mucha tensión y opté por volver a la tribuna.
Recuerdo un detalle que me llamó la atención. «El Chino» llevaba tabaco negro y rubio para ofrecer. Dentro de las circunstancias, su comportamiento fue correcto en todo momento. Estaba claro que obedecía órdenes y para nosotros no le habían dado ninguna indicación.
Aquello no cuadraba, empecé a intuir. En cualquier golpe mínimamente organizado lo primero, además de servicios esenciales, es tener neutralizados a los medios de comunicación y, como se pudo comprobar después, eso, afortunadamente no había ocurrido, salvo los casos ya conocidos. ¿Estábamos ante una inmensa e inconstitucional chapuza? El tiempo lo diría.
Era la segunda vez que una fuerza armada irrumpía en el Congreso de los Diputados. La anterior fue la protagonizada por el general Pavía, el 3 de enero de 1874, y por motivos parecidos. En aquella ocasión se trataba de interrumpir la votación de una moción de confianza a favor de Emilio Castelar, que acababa de perder una moción de censura. Guardias civiles y tropas regulares asaltaron el Parlamento poniendo fin de facto a la Primera República y marcando el inicio de la dictadura del general Serrano. Es falso que Pavía entrara a caballo. (Si algún lector tiene curiosidad por saber lo que ocurrió aquel día existe un libro de uno de los taquígrafos de entonces, Tomás Luceño, de obligada lectura).
No recuerdo exactamente la hora, pero Tejero optó por dejar salir del Congreso a los periodistas que quisieran hacerlo, otra «melonada» desde el punto de vista golpista porque era poner en circulación a testigos presenciales de lo que había ocurrido. En el caso de Europa Press, Mariano González y yo acordamos que fuera él el que se marchara y que yo permaneciera mientras fuera posible. Aquello, afortunadamente, no tenía ninguna «inteligencia» (plan de desarrollo de una operación) y tuvo sus consecuencias.
El Congreso había contratado el servicio de Europa Press y el teletipo estaba a disposición del que quisiera leer las noticias en el pasillo que lleva desde la entrada hasta la Sala del Consejo de Ministros. Allí fue donde el capitán Jesús Muñecas obtuvo el bando de Milans del Bosch y lo hizo sin reparar que antes de esa noticia estaba otra que hablaba de normalidad en el Cuartel General del Ejército. Cuando le dio el teletipo a un guardia para que leyera el citado bando, el agente comenzó con lo de la normalidad, algo que iba en contra de los intereses de los golpistas. Muñecas arrebató el teletipo y lo leyó, tras lo cual dijo aquello de que iba a llegar una autoridad, militar por supuesto. Dentro de la tensión, había detalles que no cuadraban con una gran organización.
Cuando Mariano llegó a la agencia, escribió una magnífica y completa noticia de lo que había ocurrido y, lo que son las casualidades, Tejero se había acercado al teletipo y la leyó. El cabreo que se cogió, fui testigo presencial, fue de campeonato.
–¿Pero quién ha escrito esto? Y yo, con la escarapela que me acreditaba como redactor de Europa Press. No recuerdo cómo lo hice, porque era consciente de que lo mejor era que no me identificara; cogí las escaleras arriba y volví a la tribuna de prensa. Al teniente coronel se le veía ya muy nervioso, como si las cosas no estuvieran saliendo según sus planes o lo que le habían comunicado que iba a suceder.
Tal era su nerviosismo, que se corrió la voz de que se iba a cortar el fluido eléctrico al edificio del Congreso. Irrumpió en el hemiciclo y ordenó a unos guardias que se rajaran varias sillas y su contenido lo tuvieran preparado para darle fuego y tener así alguna luz. De paso, si alguien se movía aprovechando el apagón, se le diera un tiro. A mí un guardia me dijo, que tranquilo, que no iban a disparar a nadie.
Me contaron que el que iba a ser presiente del Gobierno y cuya votación fue interrumpida, Leopoldo Calvo Sotelo, se dirigió a uno de los agentes y con su flema inglesa, le dijo: «Le advierto que estos muebles son de un gran valor histórico». El que estaba a su lado en el banco azul le hizo un gesto para que no complicara más las cosas.
Fueron pasando las horas y los periodistas que quedábamos allí teníamos una cierta libertad de movimientos.
Tuve ocasión de hablar con algunos guardias civiles. ¿Qué nos va a pasar? Me preguntaron algunos conscientes de que aquello era una barbaridad y que les habían embarcado en una operación que cada hora que pasaba no parecía tener salida. No tenía contestación para aquella pregunta. Recuerdo que uno de ellos me comentó que tenía previsto celebrar su boda el fin de semana siguiente.
La única justificación que encontraban a lo que habían hecho, además de la obediencia debida a sus mandos, era el terrorismo de ETA, que asolaba España. Incluso, cuando les montaron en los autobuses, en el Parque Móvil de Príncipe de Vergara, les indicaron que tenían que intervenir ante unos hechos graves que ocurrían en el Congreso, por lo que algunos dedujeron que se podría tratar de un ataque terrorista.
Dos anécdotas para terminar. Tejero dejó que una diputada socialista catalana, Anna Balletbó, embarazada de gemelos, saliera del Congreso. Se dirigió a la sede de su grupo parlamentario, en la calle Marqués de Cubas, donde las secretarias estaban escondidas. En un acto de reflejos, pidió que le buscaran el teléfono del Palacio de la Zarzuela para llamar al Rey. Las secretarias no lo encontraban y optó por llamar al presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, para que se lo diera. Y llamó a Don Juan Carlos que no hacía más que preguntarle qué militares había visto, color del uniforme y el empleo que tenían, algo que Anna desconocía y, sobre todo, el número de asaltantes. El Rey no tenía ningún testimonio directo en esos momentos. Cuando la diputada se lo contó a los periodistas, se sacó del bolso un tríptico de los que te daban en la «mili» para poder identificar el empleo de los distintos mandos de los tres ejércitos. Don Juan Carlos apadrinó a los gemelos.
La otra es que cuando sacaron en ambulancia a Gabriel Cisneros, como consecuencia de las heridas sufridas en un atentado de ETA, me asomé a una de las rendijas de los cristales para saber quién era. «Gaby» me comentó que, al verme, se sintió tranquilo al comprobar que los periodistas estábamos en libertad.