Este movimiento en la mesa se considera de mala educación, según los expertos, y no son los codos
Las normas de comportamiento en la mesa forman parte de ese aprendizaje casi invisible que se transmite de generación en generación. A menudo no cuestionamos su origen: simplemente sabemos que hay cosas que “no se hacen”. Algunas parecen anticuadas, otras estrictas en exceso. Sin embargo, muchas de ellas nacieron por razones prácticas y sociales que todavía hoy influyen en nuestra manera de compartir la mesa.
Durante siglos, la etiqueta ha servido como un código común para facilitar la convivencia. En reuniones formales, comidas familiares o cenas de trabajo, los pequeños gestos comunican respeto, atención y consideración hacia los demás.
Más allá de los codos: el gesto que muchos pasan por alto
Apoyar los codos en la mesa es, probablemente, la norma más repetida en la infancia. Su origen se remonta a la Edad Media, cuando los banquetes reunían a numerosos comensales sentados muy juntos. Colocar los codos sobre la mesa implicaba invadir el espacio ajeno y dificultar el movimiento de quienes estaban al lado.
Pero existe otro gesto menos evidente que también se considera de mala educación: esconder las manos durante la comida, ya sea colocándolas bajo la mesa o apoyándolas en los brazos de la silla.
Según explica la experta en etiqueta francesa Hanna Gas en su blog Apprendre les Bonnes Manières, en Francia las manos deben permanecer visibles sobre la mesa durante toda la comida. Esto no significa que deban estar rígidas o elevadas, sino apoyadas suavemente sobre el borde de la mesa cuando no se están utilizando los cubiertos.
La especialista señala que colocar las manos en el regazo o en los reposabrazos mientras se come no es apropiado. Aunque pueda parecer un detalle menor, este gesto transmite descuido y rompe con una regla básica de cortesía tradicional.
La explicación del origen de esta norma es más interesante de lo que parece. En los grandes banquetes medievales, donde las intrigas políticas eran frecuentes, existía un temor real al envenenamiento. No era raro que alguien intentara verter sustancias tóxicas en la copa de otro comensal aprovechando un descuido.
Por esa razón, se estableció como regla informal mantener las manos visibles en todo momento. Mostrar las manos equivalía a demostrar que no se ocultaba nada. Esconderlas bajo la mesa o bajo el mantel podía despertar sospechas.
Aunque hoy en día el riesgo de envenenamiento en una cena sea improbable (pero nunca nulo), la norma ha perdurado como símbolo de transparencia y respeto. La etiqueta, en este sentido, funciona como una herencia cultural que conserva gestos cuyo significado original se ha diluido, pero cuya intención social permanece.
Más allá de la historia, existen motivos prácticos que justifican esta recomendación en estos tiempos. Apoyar las manos en los brazos de la silla suele provocar una postura encorvada, con los hombros hacia delante y el torso hundido. Esta posición transmite desinterés o desgana, algo poco adecuado en un entorno social.
La Fundación Internacional de Protocolo y diversas guías contemporáneas de etiqueta coinciden en que la postura en la mesa debe ser erguida pero relajada. Mantener las manos visibles favorece una actitud abierta y facilita la interacción con los demás comensales.
El lenguaje corporal comunica tanto como las palabras. Un gesto aparentemente trivial puede influir en la percepción que los demás tienen de nosotros, especialmente en contextos formales o profesionales.
Las normas de etiqueta no buscan imponer rigidez, sino crear un marco de comodidad compartida. La mesa no es solo un lugar donde se come: es un espacio de encuentro. Cada movimiento, desde cómo sostenemos los cubiertos hasta dónde colocamos las manos, forma parte de una coreografía social que facilita la convivencia.
Así, la próxima vez que te sientes a la mesa, recuerda que no basta con mantener los codos fuera. También conviene evitar esconder las manos o apoyarlas en los reposabrazos mientras comes. Puede parecer un detalle insignificante, pero en el lenguaje silencioso de la etiqueta, esos pequeños gestos siguen teniendo peso.