Es posible que el régimen comunista que impera en Cuba desde 1959 haya iniciado un cambio de ciclo histórico, aunque, al estar impulsado por la presión ejercida por Donald Trump , no se pueda anticipar cuál será su desenlace final. Los resultados de la intervención militar en Venezuela para detener a Nicolás Maduro no se han concretado en el inicio del verdadero proceso de democratización del país. De hecho, los líderes legítimos de la oposición siguen sin poder pisar suelo venezolano y los presos políticos excarcelados quedan sometidos a un pacto de silencio. Este modelo de intervención a distancia, que concede el mando a Trump a través una delegación de poderes en Delcy Rodríguez, podría repetirse en Cuba, pero no sería el escenario que merecen los cubanos. Una democracia, y no una perpetuación del régimen castrista en versión blanda, tendría que ser el futuro de Cuba. La doctrina de Trump parece pasar por alto el principio de que la libertad es el motor del progreso tanto social como individual. En su lugar, parece haber optado por una relación de aprovechamiento con dictadores obedientes a Washington. Antes, esos dictadores eran de extrema derecha, ahora lo son de extrema izquierda. Lo importante es que el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, reconoció ayer que estaban manteniendo negociaciones con EE.UU. para solucionar «problemas bilaterales» en el marco de los principios de igualdad y de respeto a la soberanía, a los sistemas políticos, a la autodeterminación y al derecho internacional. Viniendo del máximo líder de uno de los regímenes más intervencionistas en los asuntos internos de otros países, cuyo objetivo ha sido la expansión del comunismo por la fuerza, las palabras de Díaz-Canel suenan poco creíbles. Sin embargo, son bienvenidas, ya que el régimen castrista lleva mucho tiempo agotado, con fallos sistémicos en sus redes eléctricas y, ahora, sin combustible debido al cerrojazo impuesto por Trump. Desde el momento en que Díaz-Canel reconoce que las conversaciones se producen por el bloqueo energético cabe concluir que Cuba está sacando bandera blanca. Sin embargo, esta comunicación entre La Habana y Washington no es nueva. ABC ya informó a principios de febrero de que el sobrino de Fidel Castro, el coronel Alejandro Castro Espín, intervino en conversaciones con la CIA, en la capital mexicana Con la lección de Maduro aprendida y con los ojos puestos en los ataques a Irán, Cuba se sienta a la mesa de negociación con EE.UU. sin el lenguaje antiimperialista de antaño, para pasmo y decepción de la cohorte de seguidores del comunismo cubano tan nutrida en la izquierda occidental. Un izquierda que se solazaba con la tiranía comunista de los Castro solo porque era antiamericana; una izquierda que procuró el apoyo de muchas democracias occidentales al comunismo en la isla, sin el cual el régimen de La Habana habría perdido su aparente legitimidad. Las libertades de los cubanos eran cuestión menor para la acomodada izquierda europea. Esta Cuba empobrecida por la Revolución se ha quedado sola porque también le ha llegado el nuevo orden mundial. Ni México se atreve a suministrarle combustible por temor a las represalias de Trump. Además, el contexto de una Hispanoamérica cada vez más conservadora desalienta al régimen de La Habana para sumar aliados en esta hora decisiva para los cubanos.