'Let's have a martini!'. '¡Vamos a tomarnos un martini!' . Así cerró Paul Thomas Anderson su discurso y la gala de los Oscar de este domingo por la noche. Al director estadounidense le acababan de coronar con el premio gordo, el de la mejor película, por 'Una batalla tras otra' . Era el colofón de una noche gloriosa para su cinta, que acumuló media docena de estatuillas, más que ninguna otra competidora. Esa llamada a la fiesta de Anderson -quizá con el trago más cinematográfico posible- destiló una noche en la que Hollywood siguió un guión claro: más cine y menos política, mucha celebración y muy poca guerra de Irán. La situación en Oriente Próximo consume al Gobierno de Donald Trump y a la prensa estadounidense. Pero, contra lo que ocurre en otros lares, o lo que podría haber ocurrido en Hollywood en el pasado, la guerra de Irán no tuvo peso en la gala. De hecho, solo hubo dos personas que pronunciaron la palabra 'guerra' en toda la ceremonia. Quien lo hizo con más rotundidad fue el español Javier Bardem, que llegó al teatro Dolby de Los Ángeles con un cartel visible de 'No a la guerra' en la solapa. Era el mismo que monopolizó aquella gala de los Goya de 2003 por la invasión de Irak por parte de EE.UU., recuperado ahora por Irán. También llevaba un pin a favor de Palestina. No se los quitó cuando salió a entregar el premio a la mejor película internacional, que fue a parar a la noruega 'Valor sentimental'. «No a la guerra y Palestina libre», dijo Bardem en el escenario, acompañado por la estrella india Priyanka Chopra, que no se sumó al alegato. La otra persona que mencionó la palabra 'guerra' fue el ruso Pavel Talankin, protagonista del documental ganador de la noche, 'Mr. Nobody Against Putin'. «En el nombre de nuestro futuro, en el nombre de nuestros niños, parad ya todas estas guerras», pidió. El hecho de que solo dos extranjeros mencionaran la guerra era la muestra de la poca hambre de reivindicación que proyectó Hollywood, contra lo que podían temer algunos. Incluso el presentador de la gala, Conan O'Brian, advirtió en su monólogo inicial que la ceremonia «puede ponerse política» e hizo un chiste con la posibilidad de que los espectadores conservadores pasaran a una retransmisión alternativa (un guiño a la contraprogramación que hicieron algunos trumpistas al show del descanso de la reciente Super Bowl, protagonizado por Bad Bunny). Pero la política, más allá de la guerra, también quedó esquinada, pese a la polarización y las turbulencias constantes que vive el EE.UU. del segundo mandato de Trump. O'Brian, un conductor eficaz, lanzó un par de dardos al presidente. Pero, excepto uno en el que aludió al tamaño reducido del pene presidencial, fueron pellizcos de monja (una excusa para acordarse de la ausente 'Los domingos'. La representante española, 'Sirat', de Oliver Laxe, no consiguió premio por ninguna de sus dos nominaciones). O'Brian contestó a la mano dura migratoria dando la bienvenida a los Oscar en español, algo que dijo hacer para quienes veían la ceremonia «desde España», «desde Argentina» o «desde Los Ángeles», en una reivindicación de lo hispano como estadounidense que fue respondida con una ovación. No es que no hubiera referencias políticas, pero no vinieron de los grandes protagonistas, ni de los pesos pesados de Hollywood. Salió Jimmy Kimmel, cuyo programa nocturno fue cancelado por presiones de la Administración Trump, y bromeó con el cerco a la libertad de expresión en EE.UU. y con el documental de Melania Trump. Y, acto seguido, el director de 'Mr. Nobody Against Putin', el estadounidense David Borenstein, pronunció el mayor alegato de la noche: «Esta película va de cómo se pierde un país. Y lo que vimos al trabajar con este metraje es que lo pierdes a través de incontables pequeños actos de complicidad. Cuando actuamos con complicidad ante un Gobierno que mata a gente en las calles de nuestras ciudades. Cuando no decimos nada ante los oligarcas toman los medios y controlan lo que producimos y cómo lo consumimos». Parecía un rapapolvos a sus propios compañeros. Frente al título de la película ganadora, en los Oscar no hubo, ni de lejos, una batalla tras otra en lo ideológico. No se escucharon menciones ni a Mineápolis, ni a la policía migratoria (ICE, en sus siglas en inglés), ni a Trump, ni a Iŕan… Solo con los ganadores de otra película documental, en versión cortometraje, se habló de un asunto político: tomó la palabra la madre de uno de los niños muertos en el tiroteo en la escuela de Ubald (Texas) para decir que «otra América es posible». La paradoja es que la política tuvo un protagonismo secundario en la ceremonia pero principal en las propias políticas. 'Una batalla tras otra', donde Anderson se llevó otros dos Oscar importantes -mejor director guión adaptado y mejor director-, habla de tensiones migratorias y de extremismo político. 'Los pecadores', la otra gran favorita de la noche, es una fábula de vampiros enmarcada en el Sur estadounidense de principios de siglo XX, con los abusos a la población negra. Ni su director, Ryan Coogler, que levantó la estatuilla al mejor guión; ni su protagonista, Michael B. Jordan, coronado como mejor actor, se metieron en berenjenales políticos. La película obtuvo un total de cuatro premios. Uno de los que podrían haber roto esa tónica fue Sean Penn, al que le concedieron el Oscar al mejor actor de reparto. Penn se ausentó de la gala -se supone que está en Ucrania- en el día en el que igualó a Jack Nicholson, Daniel Day-Lewis y Walter Brennan como los únicos actores con tres estatuillas. Hollywood pareció mucho más preocupado por su futuro que por cualquier guerra o turbulencia política actual. La Academia llenó la ceremonia de segmentos cómicos sobre el futuro del cine y cómo adaptarse a las nuevas tecnologías y al público joven (entregar dos premios a 'Las guerreras K-Pop' parece un buen primer paso). La ceremonia estuvo a la sombra de grandes fusiones en Hollywood, del dominio imparable de las plataformas, de la dificultad de llevar a la gente a los cines, a punto de convertirse en fósiles del séptimo arte. Anderson, con un Oscar en cada mano, volvió a sentar el tono de la gala entre bambalinas, tras la ceremonia. Preguntado por si su película reflejaba los tiempos que vivimos y el camino que ha emprendido el actual EE.UU. Suspiró, sonrió y dijo: «¿Pero no se supone que deberíamos estar de fiesta?». Pero sí dejó algún mensaje. «Claro que refleja lo que está pasando en el mundo. Y sobre el rumbo que tiene, no lo sé», se limitó a decir. «Al menos el sentido común y la decencia deberían volver a ponerse de moda».