De los Conventillos a los Condominios
Desde aquellos vetustos edificios de estilo republicano –hoy en vía de extinción–, los conventillos, hoy asistimos a construcciones modernas, los condominios. No es solo un cambio arquitectónico, sino, en los hechos, tiene una enorme significación para la configuración del tejido social. Esta mutación en el uso habitacional, aunque sea de distintos sectores sociales, muestra inequívocamente del entramado urbano producido en las ciudades bolivianas que, obviamente, opera como espejo social.
Los conventillos construidos a finales del siglo XIX e inicios del XX se caracterizaban por ser viviendas que alquilaban habitaciones a gente pobre: artesanos, obreros, empleadas domésticas. En la mayoría de los casos, las habitaciones estaban alrededor de un patio que, en los hechos, se convertía en un espacio para la integración social. Aunque, las condiciones sanitarias eran paupérrimas convirtiendo en –muchos casos— focos de infección: había un solo baño colectivo.
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Más allá del hacinamiento, los conventillos eran espacios donde se tejía solidaridad, el patio era un espacio comunitario, como aquel patio de la canción de Luis Rico “Matrimonio en el conventillo” donde los inquilinos colaboraron para el decorado del patio, un esfuerzo mancomunado y solidario para celebrar las nupcias de una pareja joven del conventillo. Los conventillos, a pesar de su precariedad sanitaria, para los inquilinos pobres eran espacios de construcción comunitaria. Hasta hoy aquellos niños, adolescentes o jóvenes de ayer convertidos en adultos que habitaban esos conventillos siguen en contacto, por ejemplo, a través de un grupo en wasap donde la memoria opera como un mecanismo para fortalecer esos lazos sociales perenes.
Mientras tanto, en los condominios modernos la lógica no es la convivencia necesariamente, sino la coexistencia. Muchos de los propietarios –la mayoría son, aunque también hay inquilinos– no se conocen entre ellos. Las asambleas de copropietarios son esporádicas y cuando existe un tema urgente para el debate, en muchos de los casos, se restringen a temas de seguridad o al mejoramiento de los ambientes.
Obviamente, en esas asambleas reinan los intereses personales como examinó Amaru Villanueva en un estudio sobre la gente de la clase media paceña que viven en estos consorcios habitacionales donde prima “la tragedia de los comunes”, o sea, la racionalidad individual que se contrapone a la racionalidad colectiva.
Estos condominios funcionan bajo el régimen de propiedad horizontal donde se requiere el pago de los servicios. Obviamente, allí funciona un mecanismo coercitivo y el cumplimiento estricto de las normas más que de convivencia es de coexistencia. Los copropietarios también usan el wasap, pero ese espacio es informativo –no comunicativo– donde se enteran del funcionamiento del condominio.
Desde una mirada sociológica, esta mutación de los viejos y añorados conventillos –aunque persisten en las periferias urbanas reproduciendo lazos sociales, por ejemplo, como dan cuenta Eduardo Paz y Sergio Ramírez en una investigación sobre los fabriles en la ciudad de La Paz—a estos nuevos condominios donde sus espacios comunes se restringen a sus áreas comunes (pasillos, jardines, piscinas, churrasqueras) que, además, valga la paradoja, sirven para un uso individual, no colectivo, indicador irrefutable de los cambios producidos en la sociedad de hoy marcada por el individualismo. Ambos –conventillos y condominios– cobijaban –o cobijan—a familias y a personas solas, pero, el sentido comunitario, es totalmente opuesto. Es un signo de época.
(*) Yuri F. Tórrez es sociólogo
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