La verdad de Víctor Hernández entre el triunfalismo de Marco
A estas alturas ya sabemos que el toreo de Víctor Hernández no es para todos los paladares. Es de digestión lenta, de esos que exigen tiempo para ser disfrutados, de calado profundo. No transita por el camino que tantos eligen: ese de los recursos abundantes y efectistas que conectan con el público a cambio de un triunfo inmediato y fácil.
Lo de Hernández es otra historia. Es la voluntad de hacer las cosas desde la pureza, aunque el “olé” llegue tarde. Es creer en el toreo desde la hondura, desde esa inmensidad interior que solo algunos alcanzan. Y eso, para quienes amamos esto, vale por sí solo, más allá de perfecciones o imperfecciones.
Lo vimos en Valencia, en su presentación. El toro tuvo cualidades aprovechables por su franqueza, sin terminar tampoco de romper en grandes aspiraciones. Pero en esas medianías, Víctor buscó la pureza: componer la figura, ofrecer siempre el pecho, alargar el muletazo hacia atrás, despojarse de las ventajas. No hizo la faena de siempre; quiso, por encima de todo, firmar la suya propia.
Y en esa misma intensidad, además, hundió la espada a la primera, arriba, con verdad. Valencia, que había seguido la faena con admiración creciente, pidió el trofeo. Todos lo vieron menos el presidente. Quizá le habría convencido más una hartura de circulares o de rodillazos. Quién sabe.
El quinto no humilló en el capote de Víctor, ni tampoco lo haría después en la muleta. Fue un toro con codicia, pero sin entrega, lo que hacía muy difícil estar delante con limpieza y continuidad. Especialmente por el pitón izquierdo, por donde se quedaba muy corto y resultaba áspero, incómodo.
Hernández no renunció a hacer el toreo y a veces de uno en uno, cruzándose, buscando un temple que el toro no tenía. Ahí, en ese terreno ingrato, donde no hay brillo fácil ni concesiones, volvió a asomar la verdad de su concepto. Muy meritoria su labor. Hizo más de lo que el toro permitía. Sin alarde de más.
Sí cortó un trofeo, con petición del segundo, Marco Pérez ante un buen toro de Santiago Domecq. El salmantino tiró de repertorio completo: rodillas, circulares, desplantes… No podía fallar y no falló. Otra cosa es el concepto, más pensado para la abundancia que para el poso. El sexto fue un prenda. Se quedaba corto y sabía lo que dejaba atrás. Marco también supo usar sus armas para cortar otra oreja al animal y salir a hombros en otra faena de recursos y un buen puñado de desplantes. Otra forma de ver y estar en el toreo.
El susto y milagro de la tarde
En el tercero nos habíamos llevado un susto horrible. Fue con Prestel el banderillero. El toro le apretó después de banderillear y al entrar en el burladeros se dio un golpe en la cabeza y el toro le prendió contra las tablas. Se lo llevaron a la enfermería (acojonados en la plaza) y el milagro es que no le metiera el pitón.
Por su parte, Miguel Ángel Perera sacó a relucir su temple con el primero de su lote, un toro con clase, que humillaba y colocaba la cara abajo, aunque de fondo justo, lo que dejaba la emoción en manos de la capacidad del torero. Ya conocedor de esta plaza, Perera tiró de oficio y claridad de ideas para hacerle las cosas despacio, consintiendo, alargando cada embestida con paciencia. Con todo, el animal fue yendo a menos, diluyéndose poco a poco. Falló con la espada el extremeño, emborronando lo que había tenido buen pulso. Se empleó el cuarto en el caballo, bis, el titular se partió una pata, y en banderillas apretó una barbaridad. Le cogió después la medida perfecta Perera, que lo sometió desde el primer muletazo en una demasiado larga y a menos faena. El fin de fiesta vendría después...
Ficha del festejo
Valencia. Toros de Santiago Domecq, serio y bien presentados. El 1º, suavón y humillador, con la fuerza justa; 2º, noble; 3º, buen toro, noble y repetidor; 4º, repetidor; 5º, con codicia y sin entrega; 6º, muy complicado. Media entrada.
Perera, de azul marino y oro, pinchazo hondo, media baja, dos descabellos, aviso (silencio); pinchazo, estocada (saludos).
Víctor Hernández, de azul pavo y oro, estocada (vuelta tras petición); casi entera, cuatro descabellos (silencio).
Marco Pérez, de azul y oro, estocada (oreja con petición); estocada (oreja).