¡Cuidado con los pequeños detalles!
Este artículo fue publicado originalmente en El Día.
“Dice mi mamá (o mi papá) que no está”. “Shhhhhhhhhhh, no le digas nada a nadie”. “No fui yo”, con el bozo sucio o la boca llena, tras haberse tomado la leche o haber sacado de la bandeja una pieza de comida en forma discreta, parecen expresiones graciosas, pero, cuando se trata de institucionalizar o normalizarlo como comportamiento colectivo, son de brinco y espanto y asustan.
Peor aún, publicitar que niños menores de 13 años de edad asuman como natural que sus padres puedan morir en cualquier momento sin que ellos tengan que preocuparse, porque ya están “protegidos” con un seguro de vida, es sencillamente inaceptable.
La muerte es una etapa natural de la vida y sobre ella se debe hablar, pero la satisfacción ante la pérdida de alguien, que ha pagado una prima de seguros, no puede ser de niños que quedarían huérfanos, sino de los propios padres que estarían conscientes de que no los dejan en la calle.
Enseñar a ocultar, a negar, a desentenderse o a ser indiferentes frente a una relación de familia, podría terminar siendo la base de una cultura que normaliza la mentira, la indiferencia y la insensibilidad, aun cuando en principio se estime como un juego social.
El problema se agrava cuando esa lógica alcanza la relación con la vida y la muerte. Niños que en una publicidad dejan entender que no importa si sus padres mueren, porque “ya estamos protegidos” es una indelicadeza que obliga a replantearse el sentido ético de la comunicación social, en sus distintas manifestaciones.
Existen decenas de expresiones que, repetidas sin sentido crítico, van moldeando generaciones incapaces de sentir por el otro y se exhiben cómodas en la mentira e indiferentes ante la injusticia. Ya lo hemos tratado en este mismo medio, en otras ocasiones. Vivimos en una sociedad en la que “ná e´na” y “tó e´to”.
Lo más alarmante es que hay frases que la publicidad comercial las ha convertido en slogans, en recursos de humor o en estrategias de venta, con lo cual, lo que debería ser una alarma ética se empaqueta y se vende como entretenimiento o “sano esparcimiento”.
Cuando la publicidad convierte en natural lo que es moralmente repulsivo, la sociedad se acostumbra a reírse de la mentira y a consumir la indiferencia como si fuera un producto más. Es la banalización del cinismo, legitimada por el mercado y aceptada por la audiencia.
Es lamentable que estas expresiones se masifiquen, que el humor se convierta en anestesia, que la evasión se convierta en norma, que la indiferencia se convierta en identidad, porque la sociedad que normaliza el ocultamiento y la insensibilidad está cavando su propia tumba moral.
Es importante recuperar la verdad como un valor colectivo y devolverle a la infancia la ternura, la solidaridad, la capacidad de preocuparse por el otro y de sentir un frío en el estómago de solo pensar en la pérdida física de mami o papi o de los dos a la vez, como se plantea en un comercial que se transmite en televisión nacional, en vez de reaccionar con la satisfacción propia de un ser social cínico e indolente.
Cada vez que un niño dice “no fui yo” con la boca llena, y nadie le enseña que la verdad importa, se siembra el terreno para que mañana diga “no me importa nada”, frente a cualquier cosa.
Es un verdadero horror sentir que una sociedad se ríe de la mentira, la consume como publicidad y se acostumbra a la indiferencia, porque puede llegar el momento en que ya no quede nada que defender. De vez en cuando, también al arte y a la creatividad les toca replantearse.
La publicación ¡Cuidado con los pequeños detalles! apareció primero en El Día.