Montero se fue a Sevilla y perdió su silla
Después de varios meses intentando, sin éxito, que Sánchez abandonase los planes de pactar con los independentistas catalanes para una eventual investidura, tuvo lugar el comité federal en que dimitimos la mitad más uno de los miembros de la dirección nacional del PSOE, era octubre de 2016.
En las normas y estatutos internos, cuando dimitía la mayoría de los componentes de la dirección, automáticamente equivalía al cese del secretario general y se nombraba una gestora. Pero, en aquella ocasión, Sánchez defendió que ese procedimiento no era aplicable a la ejecutiva federal, es decir, servía para todos los dirigentes socialistas, excepto para él.
Aquel día, los cargos territoriales mantuvieron el pulso con Sánchez y, después de cuatro horas de negociación, se sometió a votación la convocatoria de un Congreso Extraordinario para elegir un nuevo líder. En aquella votación, Sánchez fue derrotado y comenzó el periplo del Peugeot para volver a Ferraz.
Como es imaginable, la interpretación de los estatutos, los procedimientos que regulan los plazos y las votaciones son de vital importancia y recaen sobre un órgano denominado Comisión Federal de Ética y de Garantías.
En aquel momento, este órgano lo presidía Isabel Celaá y el secretario de la comisión era Félix Bolaños, que, ya por entonces, era el encargado de ir limpiando lo que Sánchez iba manchando.
María Jesús Montero lideraba a los críticos en la comisión y promovió la firma de un documento que fue clave para apear a Sánchez de la secretaría general. Se trataba de un dictamen que ordenaba la formación de una gestora, una vez dimitida la mayoría de la dirección. Montero era del equipo de Susana Díaz e hizo todo lo posible para allanar el camino a la entonces, presidenta de la Junta de Andalucía.
En el PSOE andaluz, se sabía que Montero es una política ambiciosa y que tenía los ojos puestos en la presidencia de la Junta y, si Díaz daba el salto a Madrid, también quedaría libre el terreno de juego para ella en el Sur.
Sánchez formó gobierno dos años después y contó con ella para ser titular de la cartera de Hacienda, de esta manera, abría una brecha entre Montero y la presidenta andaluza. Cuando Moreno Bonilla fue investido presidente, habían terminado los días de Susana Díaz, pero Montero se puso en perfil bajo para evitar ser elegida para la sucesión de la sevillana.
Medró en el gobierno y fue adhiriéndose a todas y cada una de las decisiones de Sánchez, en ocasiones, rompiendo su propia coherencia, defendiendo justo lo contrario a lo que decía cuando era consejera de Hacienda en Andalucía, por ejemplo, en materia de financiación autonómica y los privilegios a Cataluña.
Pero, en aquella semana de pasión que se tomó Pedro Sánchez para preparar el terreno a las acciones judiciales que se le venían encima, muchos dentro y fuera del partido señalaban a Montero como sucesora.
Eso es motivo suficiente para que Sánchez acabe con una carrera política. Montero realizó este viernes el traspaso de poderes a Carlos Cuerpo y a Arcadi España, aunque lo vivió como si fuese su certificado de defunción. Hay pocas dudas sobre si el PP va a ganar las elecciones, pero en Andalucía hay una diferencia con respecto a Extremadura, Aragón o Castilla y León y Montero va a intentar agarrarse a ese clavo.
Se trata de que, en esta ocasión, los populares no han convocado para deshacerse de Vox obteniendo una mayoría absoluta, sino que parten de ella.
Precisamente, el objetivo de la exministra es intentar que los populares la pierdan. Si eso ocurriese, Montero volvería a poner su punto de mira en el gobierno de España, una vez que habría cumplido con el encargo presidencial.
Cosa distinta es que Sánchez tenga intención alguna de recuperar a ninguno de los ministros que ha enviado a encabezar candidaturas regionales. Los envió con doble motivación, eliminando cualquier opción, por pequeña que fuese, de que se consolidasen como posibles sucesores y, para tener controladas las federaciones más importantes. También es seguro que Montero utilizará la fuerza real que representa la federación andaluza para trazar un camino de vuelta.
El otro escenario es que Moreno Bonilla repita mayoría absoluta. En ese caso, a Montero solo le quedaría elegir entre abandonar, como Gallardo en Extremadura, o quedarse como líder de la oposición, condenada a la desaparición mediática, siguiendo el ejemplo de Carlos Martínez en Castilla y León, o penar por el desierto como Reyes Maroto en el Ayuntamiento de Madrid, de la que solo se ha sabido, en los últimos años, acerca de los problemas judiciales que ha tenido a cuenta del caso mascarillas, o Alegría que ya forma parte de la historia.
Montero no ha tenido más remedio que obedecer la orden de la Moncloa, pero es plenamente consciente de que, como dice el archiconocido refrán, quien se fue a Sevilla, perdió la silla.