Cuando "La Grazia" divina se sublima con Sorrentino
Hace tiempo que a Paolo Sorrentino parece preocuparle más el tiempo que la belleza. Confirmando que la sublimación estética de la segunda continúa formando parte de su código genético como cineasta y a pesar de la evidencia que pudiera trasladar la configuración estructurada más efectista de "Parthenope", su anterior trabajo, el cine del director napolitano está empezando a destilar energía crepuscular de cigarro consumido, regusto melancólico, recuento poético efectuado en la segunda parte del partido, balance de vida expirada en cada conversación, en cada personaje. El encarnado –como no podía ser de otra manera– por Toni Servillo y protagonista de "La Grazia", su última, divertidísima y maravillosa propuesta, es la más ilustrativa constatación de ello.
"¿De quién son nuestros días?", se repite de manera obsesiva este presidente ficcionado de la República italiana, posible trasunto del actual Sergio Mattarella, llamado Mariano de Santis, mientras asume el transcurso de su último semestre en el cargo. Equivalente al "¿qué es la antropología?" pronunciado de manera recurrente por Celeste Dalla Porta en la antes mencionada "Parthenope", el interrogante sirve aquí como indicador sintáctico y filosófico de la emoción se subyace realmente en la mirada de Servillo, que cada vez se siente más lejos de unos hijos a los que probablemente nunca ha llegado a conocer bien.
Hace un par de años, en una entrevista concedida a este periódico en el marco del Festival de San Sebastián, Sorrentino reconocía que el paso del tiempo es una cosa que le ha preocupado desde que era pequeño. "Cuando era niño y le preguntaba a mi madre cuándo se iba a morir, me decía "tranquilo, eso ocurrirá cuando tenga cien años" y a mí entonces ya me parecía poco tiempo", admitía entonces descifrando anticipadamente una debilidad particular plasmada ahora en "La Grazia".
De Santis, apodado afectuosa y sardónicamente como "Cemento Armado" por algunos de sus allegados debido a una rigurosidad extrema y a una pulida práctica de la ecuanimidad manifestada en el ejercicio de su vida política, fuma con deseo, con contundencia, con bravura, con estilazo transalpino "gabbanizado". Como si cada calada significase la entrega consciente de un día de vida a un contenedor vacío, como formando parte del encuadre de un anuncio de Ferragamo o las dos cosas a la vez. Pero también con amargura y penumbra y sombra y demonios con forma de mujer, concretamente la suya, Aurora: fallecida tiempo atrás, venerada, reclamada, presente en casi todos lados menos en el espacio reducido de los sueños. "Últimamente cuando rezo me quedo dormido. Pero ni siquiera sueño", le confiesa el mandatario italiano a un Papa negro con trenzas, pendiente y voz cavernosa tan sumamente enclavado en la estética del universo sorrentiniano que resulta imposible no derretirse de placer celestial tras su primera aparición en escena.
Humor finísimo
Hay dos elementos que aceleran la posibilidad de quitarle ese sueño al presidente y que le sirven al también al autor de "Fue la mano de Dios", "La Juventud" o "La gran belleza" para articular una oportuna reflexión acerca de las dinámicas morales que rigen actualmente las decisiones de los líderes políticos internacionales, pero también plantear una sensible y emotiva especulación sobre los lugares y los afectos en los que decidimos depositar la gestión de nuestro propio tiempo cuando ya nos hemos despojado de esa limitación profesional derivada de una dedicación total al cargo y al poder que nos hizo pensar que nunca más volveríamos a recuperarlo.
Uno de esos elementos que construyen la trama, aderezada durante los 133 minutos de metraje con unos timbres de humor finísimos y absolutamente disfrutables (como el acercamiento intergeneracional de De Santis a las letras del joven rapero Guè Pequeno, las conversaciones que mantiene con su vieja amiga icónica, pecadora e incorrecta Coco Valori, la práctica totalidad de los diálogos en esos espacios infinitos y abrumadoramente hermosos del Palacio del Quirinale o el retrato prosaico y cómicamente humano de esa figura del guardaespaldas) tiene que ver con tener que acometer la firma o desestimación de una ley de eutanasia. El otro, con otorgar o no un par de indultos a dos presos (una joven maltratada y un señor mayor maestro retirado) acusados ambos de asesinar a sus parejas.
Según el propio Sorrentino, su pretensión con esta cinta que aterriza hoy en salas era dar una vuelta a la visión que había ofrecido de los políticos en otras películas anteriores como "Silvio" e "Il Divo". "He representado sobremanera a políticos que hacían del espectáculo, de la vanidad, de la mundanidad, una especie de marca que luego influía a su vez en su acción política. Creo que ya cumplí con esa tarea. También existe la otra cara de la moneda", destacaba el cineasta en una entrevista.
De Santis es un jurista de convicciones cristianas pero no impositivas, es recto, pero no abusivo, riguroso pero en absoluto autoritario, racional pero no intransigente, demócrata pero no narcisista, mesurado pero no pusilánime. Es un hombre que abraza la humanidad de los grises, que se concede la posibilidad de dudar, conteniendo la belleza escondida de esa duda el auténtico significado de "la grazia" y en última instancia, el motivo que da título a la obra. Esas cualidades, observando el escaparate agujereado de los representantes mundiales actuales, suenan desgraciadamente tan ajenas, poco familiares y factibles que casi resulta inverosímil pensar en la posibilidad de que existan políticos así. Aunque el deseo de que estén en alguna parte permanezca intacto.
En lo personal es un hombre ligeramente obsesivo, melancólico, frío y un poco aséptico. Un hombre que sigue enamorado de una mujer que ya no vive. Un hombre que pasea entre la memoria de su ropa, inhalando su olor encapsulado en los dobladillos de los pantalones y en los ribetes de las camisas, sabiendo que le traicionó, preguntándose aún con quién, evocando su figura entre la bruma, preparándose para esa vida retirada que empieza ya. "¿De quién son nuestros días?". Nuestros, claro. Y a veces, también de los demás.