Las frases que hacen que la ansiedad por la comida empiece desde niños
Durante gran parte de su vida adulta Laia Solé estuvo en conflicto con la comida y con su cuerpo, sufriendo ansiedad por comer, dándose atracones, saltando de una dieta a otra y machacándose en el gimnasio. En su diálogo interno figuraban frases como «hoy no ceno y malana salgo a correr», «el próximo lunes empiezo, de verdad», «me como otro donut porque, total, si ya lo he hecho mal hoy, qué más da»... Pero un día buscó ayuda y se formó en disciplinas de desarrollo personal, centrándose en la alimentación consciente. Descubrió que su conflicto con la comida era la expresión de problemas más profundos y hoy asegura tener una relación armónica con la comida, consigo mismo y con su cuerpo. De hecho, con «Adiós al hambre emocional» la experta intenta aportar las herramientas para desviar la atención del plato y ponerlo en la persona y en el modo en el que come.
La comida como premio o castigo
Cuando somos niños, según asegura Laia Solé, tenemos la habilidad natural pasa saber cuánto, cuándo y qué comer. «En ese momento comemos lo que nos pide el cuerpo porque estamos conectados con un sensor interno que nos indica cuándo comer y cuándo dejar de comer», afirma Solé.
Sin embargo, a medida que crecemos perdemos esa conexión con esa especia de sensor y dejamos de comer a demanda por dos motivos. Por un lado porque no nos enseñaron a escuchar el cuerpo. Los mensajes aparentemente bien intencionados que se lanzan con frases como «acábatelo porque es bueno para ti», «con los niños que hay por ahí que se mueren de hambre», «con lo mal que lo pasó tu abuelo en la posguerra» hacen que un niño deje de confiar en su cuerpo y empiece a comer por «hambre aprendida».
Tampoco nos enseñaron a escuchar las emociones desagradables y esto ha hecho que, ya de adultos, no sepamos descifrar sus mensajes. «Cuando un malestar nos suplica que tomemos un descanso, lo acaballamos a menudo con la comida, con el móvil, fumando o tomando un café para seguir tirando», explica la autora.
Así, es probable que durante la infancia tus padres o familiares te atiborrasen de comida para distraerte de un problema al calor de frases como «no estés triste», «las niñas guapas no se enfadan», «los niños no lloran» o «eres demasiado susceptible». Tal como revela la experta, esas acciones y también el hecho de que alguna vez te castigasen sin comer lo que te gusta por portarte mal o te premiasen con algo dulce «por ser buena» tienen como consecuencia que también en la edad adulta se siga usando la comida como premio o castigo.
En este sentido, la experta incide en que no se trata de buscar culpables (ni en los familiaries ni en uno mismo), sino de asumir la responsabilidad como adultos de aprender a autorregular las emociones, desprogramar los patrones aprendidos y restablecer la sabiduría innata del cuerpo. «A cada cual le corresponde hacerse cargo de regular sus emociones, en vez de encomendarle esa tarea al chocolate», explica.