La cámara de huecos
La clara distinción entre la dirección y el director, el jefe sindical y el sindicato, el gobernador y la gubernatura, o entre presidencia y presidente, vaya, entre la institución, que es pública y atemporal, y quien la encabeza, que es individual y tiene fecha de expiración, es una de las marcas de la democracia; entre más borrosa sea la separación entre ambas, más cerca estamos de una autocracia: del Estado soy yo.
Es por ello preocupante la cantidad de canales públicos de comunicación y de difusión cultural, durante variopintas administraciones anteriores dedicados a una mayor o menor proficiencia institucional, que con la llegada de la T4 parecen haber pasado a ocuparse exclusivamente del ensalzamiento al señor Presidente, a sus afines y a su agenda: Notimex destaca elogiosamente la cantidad de descargas del sencillo de la no-primera dama, como si eso fuera de interés público o siquiera periodístico, mientras publica un burdo panfleto estalinista denostando la presentación del libro de un autor del círculo rojo. El canal 11, quizá el único exponente mexicano de una programación televisiva digna, laica, republicana y gratuita, hoy le reparte programas de opinión y análisis a panegiristas del régimen carentes de mayores méritos, dedicando una buena parte de su tiempo aire a los familiares, amigos y empleados de Rayito. El bello y venerable edificio de Bellas Artes es tratado como el salón de fiestas de los cuates del régimen, y la biblioteca Vasconcelos despide ignominiosamente a funcionarios queridos y probados para colocar allí a los amiguis de la familia presidencial, por no hablar del FCE y del Conacyt. Todo eso, por supuesto, con dinero público, ese que López Obrador dice que no gastará en promocionarse.
Team of Rivals, o Equipo de rivales, es un estupendo libro publicado en 2005 por la genial historiadora presidencial gringa Doris Kearns Goodwin. En él Kearns narra cómo Abraham Lincoln armó su gabinete con los hombres más capaces, los más inteligentes y probados, sin importar que algunos fueran sus jurados enemigos políticos, para lograr lo que parecía imposible: abolir la esclavitud y terminar la guerra civil conservando la unión. Lincoln declaró que, en circunstancias tan graves, el país merecía de sus mejores personas, y que la mala opinión que tuvieran de él no iba a hacer que la nación se privara de sus talentos. Además, al poner a sus rivales en el gabinete, tuvo acceso a un arcoíris de opiniones, aunque muchas de estas le disgustaran o le fueran desfavorables, formándose así un certero cuadro de la realidad y retándolo a sopesar todas las variables del gran encono que entonces desgarraba a su país en forma y fondo.
Estas características, y su empatía, su humildad ante sus errores, su honestidad intelectual, su generosidad en las victorias y su claridad ética, hicieron que pronto se ganara el aprecio y hasta el cariño de sus otrora enemigos. Supongo que rodeándose de aduladores, culpando a sus antecesores y llamando a sus contrarios fifís, mafiosos y conservadores no hubiera llegado tan lejos.
@robertayque