Tarantino entra en Hollywood y lo tunea a su gusto
Magnífica y divertida ambientación de Los Angeles a finales de los años sesenta, con un meritorio rastreo de lugares, tipos y ambientes. No es un homenaje a Hollywood, sino a su Hollywood, a los seriales televisivos, a las películas de serie B y a los wéstern que huían de lo clásico, y es un gran acierto poner en el centro a su pareja de personajes, una estrella de esos seriales, Rick Dalton, y a su doble de escenas de riesgo, Cliff Booth, que interpretan con notable sentido de lo que están haciendo y para qué Leonardo DiCaprio y Bradd Pitt. Y situar la escena y la acción en un momento preciso de la Historia: la mansión de Rick Dalton estaba junto a la de Roman Polanski y Sharon Tate, mientras que en los alrededores pululaban los miembros de la secta que se conoce como la familia Manson…
Técnicamente es prodigiosa, y ensambla los dos tiempos en la pantalla y dentro de la pantalla a su gusto y capricho, con bromas en las que mezcla a Steve McQueen, a la original Sharon Tate, al actual Pacino, a Bruce Lee y a las músicas más pegadizas y molonas de la época (incluidos Los Bravos)
Hay que alabar mucho en esta película tres detalles que son cruciales y que se repiten en todo o la mayor parte del cine de Tarantino: describe con precisión, pero con esa mezcla de banalidad y sustancia, la relación de los personajes entre ellos y su entorno (la fragilidad de DiCaprio, la entereza de Pitt, el infantilismo de «buenos» y «malos», los códigos...); juega con los tópicos, se divierte con ellos, ofrece su personal «control» sobre dónde y cuándo explosionar el relato y darle paso a su idea de la violencia, y tercera y más importante, vuelve a argumentar como en «Malditos bastardos» que el cine es mejor que la vida, con aquella cuña de su propia madera que arreglaba las cuentas con Hitler.
Técnicamente es prodigiosa, y ensambla los dos tiempos en la pantalla y dentro de la pantalla o de la televisión a su gusto y capricho, con bromas en las que mezcla a Steve McQueen, a la original Sharon Tate, a la actriz que la interpreta, Margot Robbie, al actual Pacino, a Bruce Lee y a las músicas más pegadizas y molonas de la época (incluidos Los Bravos), y tiene momentos geniales, como la entrada al campamento de Manson y los suyos, pero, pero…, no tiene la grandeza de lo definitivo, de lo redondo, de lo completo, de lo genialmente tarantiniano. Y no debería defraudar porque no siendo el mejor homenaje que se le ha hecho a Hollywood, a cualquier Hollywood, sí es, en cambio, el mejor homenaje que se le puede hacer a una película cuando es preferible, superior y más deseable que la vida. Y lo demás es Historia, o ucronía.
Brad Pitt y Leonardo DiCaprio, en el cartel de Érase una vez en HollywoodEl filme coreano tapado
Al coreano Bong Joon-ho y a su película «Parásitos» les tocó el sitio de detrás de la columna, pues salir a la competición el mismo día que Quentin Tarantino significa que te vas a quedar con el ángulo ciego y con las escurrajas de las crónicas. Y el caso es que «Parásitos» tiene un ingenio infinito, un desarrollo sorprendente, malicioso y en tono humorístico, y un desenlace ya más acorde con el tipo de cine de este director, que no suele tener compasión ni con el público ni con sus personajes, y títulos como «Crónica de un asesino en serie», «Madre» o la fantástica «The host» lo dejan bien descrito.
La historia de «Parásitos» tiene dos niveles deslumbrantes, el argumental y el visual; con aire de fábula cuenta la minuciosa intromisión de los miembros de una familia de buscavidas en el casoplón de otra muy rica e ingenua. El guion trenza con gracia a unos y otros personajes, dosifica la intriga que se prevé y aún así sorprende, maneja con humor el tono caricaturesco y se sigue con preciso suspense un relato que difícilmente puede acabar bien… Bong Joon-ho borda el manejo de interiores, los de ellos y los de la arquitectura de la casa, y ofrece una excepcional geografía de exteriores (las secuencias del diluvio, de las inundaciones, de los cableados, luces y ambientes, son asombrosas). La película tiene una pinza perfecta, pero a este director coreano le gusta siempre que en algún momento se le vaya, y la deja ir con enorme fuerza cinematográfica para llenarlo todo de moralejas y de intenciones sociales.
Presencia española con «O que arde»
La película del gallego Oliver Laxe «O que arde» se presentó también ayer en la sección Un Certain Regard, una historia diminuta y despojada de casi todo menos profundidad y sentido en la que recoge a un personaje, un hombre que sale de la cárcel por haber provocado un fuego, y su rutinaria y campestre vida junto a su madre en medio del bosque. Una maravillosa y deslumbrante fotografía encuadra la humedad del paisaje y la sequedad de ellos, con muy poco diálogo, pensamientos y culpas que se sugieren y la sensación de que algo que no pasa, pasará. Las llamas vuelven para arrasar las escaseces del relato, para darle sentido a los odios y a las heridas, para proponer unas cuantas preguntas y ninguna respuesta que no sean los entusiasmados aplausos finales.