Cuando a Leles Marín le diagnosticaron hace cuatro años un cáncer de pulmón , le costó unos segundos entender la noticia. Mujer de mediana edad y no fumadora , pensaba que le anunciarían cualquier otra enfermedad respiratoria cuando el asma que padecía desde hacía años empeoró. No esperaba que, tras las pruebas donde le encontraron una mancha, le dijeran que pertenece a esa parte creciente de la población que desarrolla un tumor pulmonar pese a haber evitado el mayor factor de riesgo: el tabaco. El cáncer de pulmón se asocia en un 80% de los casos a ese consumo prolongado. Sin embargo, desde hace un tiempo se observa, en consulta y registros, un aumento sostenido de casos en personas no fumadoras, especialmente mujeres y jóvenes. « Es un cáncer distinto y aún hay que darlo a conocer para diagnosticarlo a tiempo y poder curar a más pacientes«, explica Jesús Corral, jefe del servicio de Oncología Médica del Hospital Universitario de Jerez y presidente de la Sociedad Andaluza de Oncología Médica (SAOM). Desde esta sociedad científica advierten de que aún predominan los diagnósticos tardíos. Así fue el caso de Leles, a quien le encontraron metástasis en varios tejidos al poco de detectarle el tumor pulmonar. «Cuando te dan la noticia, es como un tsunami que lo arrasa todo, tu salud y tu vida familiar. Yo ahora sé que hay muchos tipos de cáncer y de tratamientos, pero entonces solo sabía que con el de pulmón te morías en meses, que es lo que más hemos visto en España, aunque a menudo en personas mayores y fumadoras», cuenta la paciente. El cáncer de pulmón es el que más muertes anuales causa en nuestro paí s –en torno al 20% de los fallecimientos por cáncer– y el tercero más frecuente, detrás del colorrectal y el de mama femenino. Pero el origen marca la diferencia y Corral señala que «los tumores de personas fumadoras son más heterogéneos, más difíciles de tratar y se hacen más rápidamente resistentes a los tratamientos convencionales. En cambio, los de no fumadoras, aunque también don agresivos y difíciles, a menudo dependen de genes concretos que podemos atacar desde un inicio, con respuesta más duradera y supervivencias más largas». En personas no fumadoras, uno de los principales factores de riesgo es la exposición prolongada a sustancias tóxicas como amianto, sílice o derivados del petróleo presentes en neumáticos, disolventes o pinturas. También el gas radón, más abundante en entornos de suelo granítico y que puede acumularse en edificios mal ventilados. Para reducir la exposición a estas sustancias, la sociedad de oncología médica reclama políticas preventivas de control de la calidad del aire, reducción de emisiones industriales y del tráfico urbano y medidas de ventilación en viviendas con radón. Otro importante factor de riesgo es la mutación de determinados genes. Estas tienen una probabilidad alta de detección a través de estudios genómicos de precisión disponibles en muchos hospitales, sobre todo los de mayor tamaño, aunque hay diferencias entre comunidades autónomas. «Entre un 30% y un 50% de las personas no fumadoras tienen una alteración para la que ya existe una terapia dirigida, a menudo un tratamiento oral que mata al tumor, pero no a las células sanas, lo que permite vivir mucho tiempo y con mucha calidad de vida», señala Corral sobre estos casos, más frecuentes en mujeres. Leles tiene alterado uno de los genes más estudiados hasta la fecha, el EGFR. Cuenta que, cuando le dieron el resultado de la prueba, su oncóloga le dijo que era una buena noticia porque el tratamiento sería una pastilla diaria que le daría mucho más tiempo y calidad de vida. «He tenido muy buena suerte porque este tratamiento suele funcionar durante 18 ó 20 meses y yo he pasado cuatro años sin que progrese mi cáncer. Acaban de decirme que ha empezado a fallar, pero sabía que podía pasar en cualquier momento y ahora me toca pasar a una segunda línea de tratamiento», admite optimista la paciente. En España se viene haciendo desde hace años un gran trabajo de investigación clínica oncológica, la que se lleva a cabo con los propios pacientes de cáncer. José Carlos Benítez, oncólogo del Hospital Virgen de la Victoria e investigador del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga (IBIMA), es, como Jesús Corral, uno de esos investigadores. Además de pasar consulta, emplean un tiempo extra en recoger y analizar datos del funcionamiento real de los tratamientos que salen al mercado después de pasar los ensayos clínicos, como el que ha permitido a Leles y a tantos otros pacientes ralentizar la progresión de su cáncer. «El tratamiento de EGFR con el medicamento oral osimertinib empezó a usarse en 2017 y marcó un antes y un después en el cáncer por esta mutación. El 30% de los pacientes responden bien pero, en otros, el tumor sigue avanzando rápido y necesitan combinarlo con otros fármacos o quimioterapia, con efectos secundarios más agresivos. Para saber de antemano qué tipo de paciente necesita cada terapia, acabamos de publicar un primer estudio observacional, en hospitales de Andalucía, donde identificamos tres tipos de respuestas al osimertinib a través de pruebas muy sencillas. Si logramos verificarlo a nivel nacional y europeo en un estudio en marcha, cualquier médico podrá adaptar mejor el tratamiento al tipo de paciente», resume Benítez. El avance en terapia dirigida se ha producido gracias a muchos ensayos clínicos e investigación en población no fumadora, un ámbito en el que España está a la cabeza en Europa, destacan estos investigadores. «Hasta ahora, los grandes resultados que estamos consiguiendo en Andalucía no han tenido mucha repercusión mediática. En gran medida, se deben al esfuerzo personal de quienes hemos salido para formarnos, hemos regresado y apostamos por la investigación. A menudo se hace sin apoyo, aunque existen becas, como la de la Asociación Española Contra el Cáncer que acabo de recibir, que me permitirá desempeñar este papel de médico investigador los próximos cuatro años», cuenta Benítez. Jesús Corral explica que una de los principales problemas en España es que «no se hacen cribados de detección temprana, por lo que, en general, el cáncer de pulmón se detecta en más del 70% de los casos en situación no curable, con metástasis». Para diseñar estos cribados, primero habría que definir las características de las personas no fumadoras a las que incluir en ellos, lo cual no es sencillo. Pensando en posibles criterios, el oncólogo señala la exposición al radón por encima de cierto límite o la predisposición genética en familias donde ya se haya detectado alguna mutación. Mientras no haya cribados, urge reducir el tiempo que hoy se tarda en detectar los tumores a quienes llegan a consulta con ciertas señales. «Quizá los oncólogos no hemos sabido darle visibilidad, porque ni siquiera el sector médico sospecha de cáncer de pulmón en una persona no fumadora que presenta los típicos síntomas iniciales. Una tos persistente, disnea leve o cansancio se confunden con resfriado o neumonía, y administran antibióticos o demoran otras pruebas, retrasando el diagnóstico», lamenta Corral. «Los medios de comunicación también se han centrado más en el binomio tabaco y cáncer de pulmón. Es hora de resaltar que este problema existe en no fumadores, que es más femenino que masculino y tiene un pronóstico y opciones de tratamiento diferentes, que les permiten convivir mucho tiempo con la enfermedad si se detecta temprano», subraya el oncólogo. Las terapias dirigidas ya han transformado el pronóstico de muchos pacientes con cáncer de pulmón, aunque el acceso a estos tratamientos sigue siendo una tarea pendiente en nuestro país.