Viejo universalismo
El liberalismo político es una corriente que se impuso adelgazando lo común. Pero, desatada esa suerte de liposucción, el paciente corre el riesgo de desangrarse en la camilla.
Y no parece que haya médicos a izquierda o derecha capaces de insuflarle oxígeno. Desde hace años, se insiste en el fin de las propuestas liberales y, a pesar de que no hemos hallado todavía ninguna sistema de recambio, hay pocos dispuestos a suscribir que no hace falta parches o reformas.
Omri Boehm, profesor de filosofía americano, acaba de publicar un ensayo titulado Radical Universalism. Y da en el clavo con su diagnóstico: a su juicio, lo que falta es una visión más integradora y universalista de lo político, que sitúa a la humanidad en un camino compartido.
Camino, claro está, porque no se trata de liquidar lo que nos diferencia y en una senda, amplia y aseada, cabemos más o menos todos. Según Boehm, es esto lo que ni la derecha ni la izquierda atisban. Preferir lo propio a lo ajeno es lógico, puesto que, si no tuviéramos motivos para elegirlo, ¿por qué adherirnos a algo?
“Lo que falta es una visión más integradora y universalista de lo político, que sitúa a la humanidad en un camino compartido”
Pero una cosa es defender nuestros puntos de vista y otra mucha el radicalismo. No es radical quien ve el mundo a su manera, sino el que no comprende la eventual riqueza de que otros existan o es incapaz de separar las opiniones de las personas. Por eso, como dicen los americanos, tira al niño con el agua del baño.
Radical Universalism es, genéticamente, americano. Allí están dando vueltas entre Trump y Mamdani, más cercanos de lo que parece, teniendo en cuenta esa sabiduría popular que sugiere que los extremos se tocan. Para desenredar la madeja de la confrontación, Boehm vuelve a la Declaración de Independencia y a los Padres Fundadores.
Cabe cuestionar ese movimiento, a tenor de lo que aquellos entendían por sujeto de derechos, ya que ni negros ni indios habían sido integrados desde inicio en el proyecto de país. Ahora bien, lo cierto es que ya en sí misma la Declaración tenía una pretensión más amplia y los textos constitucionales, cuando son buenos, son análogos a cauce extenso del que hablamos.
Boehm se inspira en Kant para cuestionar tanto a las derechas como a las izquierdas. Cree que la derecha es particularista porque está cegada por valores reaccionarios; la izquierda, en su opinión, ha perdido el norte con su promiscuidad identitaria. ¿Acaso está la salvación en el centro? Tampoco, señala, ya que, a fin de separarse de un lado y de otro, ha descafeinado tanto el discurso que no tiene nada que proponer.
El libro de Boehm no es muy concreto a la hora de determinar qué es lo universal. Sí que advierte de que la política ha quedado bastante reducida al centrarse únicamente en los derechos, lo cual es una clara consecuencia del individualismo. Entre sus propuestas, recalca la necesidad de asumir nuestros deberes.
Y en esto hemos de volver la mirada de nuevo a Kant. Con su moral abstracta, al menos este filósofo puntual y escrupuloso nos enseñó a poner por encima de nuestras idiosincrasias, simpatías e intereses las exigencias del humanismo: no tratar a los demás como meros medios o reafirmar el valor universal de las normas de acción.
“La cultura más universalista e integradora es la occidental, con todas las vetas y simientes que tiene”
Como punto de partida es interesante, pero el universalismo kantiano sigue estando vacío. Los seres humanos necesitamos contexto, formas de vida ancladas en la comunidad y en la tradición. Aun sabiendo que Boehm no estaría de acuerdo, la cultura más universalista e integradora es la occidental, con todas las vetas y simientes que tiene.
¿No es razonable pensar que el radicalismo particularista que nos separa de nuestros semejantes nace precisamente en el momento en que nuestras tradiciones y la querencia por nuestro propio ADN simbólico retroceden o quedan destruidos de modo consciente?
Veamos, para mostrarlo, lo que ocurre en ese cosmos humano en miniatura que es la universidad. Pongamos como ejemplo Harvard, campus donde en los últimos años no ha cesado la pugna intelectual y el extremismo. Su programa de estudios está lleno de tópicos queer y woke, tópicos que poco a poco han ido comiendo el terreno de la tradición universalista e integradora.
Uno de los pocos profesores que quedaban de historia clásica, James Hankins, se acaba de marchar a la Universidad de Florida, en busca de refugio. En una entrevista, comenta que la escasa formación de los jóvenes en las fuentes intelectuales y religiosas de su propia cultura impide una adecuada socialización.
“Cuando no se enseña a los jóvenes lo que es la civilización, la sociedad se vuelve incivilizada”, añade. Si queremos poner fin a este irrespirable clima de confrontación, el camino más viable es redescubrir quiénes somos.