Sueldos y políticos
La clase política vuelve a estar preocupada. No por la sanidad, ni por la educación, ni siquiera por el precio de la cesta de la compra: para ellos l:a gran tragedia nacional es otra, al parecer sus sueldos son insuficientes, y lo dicen con la misma seriedad con la que uno afirma que el agua moja o que los lunes son duros… especialmente cuando se cobran dietas. Según este relato heroico, nuestros representantes sobreviven con salarios casi monásticos, sacrificándose por el bien común mientras hacen malabares para pagar la hipoteca del tercer piso y el leasing del coche oficial. El problema es que, cuando uno rasca un poco, la historia empieza a parecerse más a una comedia que a un drama social. Porque el sueldo base es solo el tráiler. Luego vienen los extras: dietas por desplazamiento aunque vivan a diez minutos del parlamento, complementos varios, asesores, chóferes, teléfonos, comidas institucionales y una jubilación que muchos ciudadanos solo verán en documentales históricos. Todo muy austero, eso sí, pero pagado por nosotros, los pobrecitos contribuyentes. La falacia de que “no cobran lo suficiente” se sostiene sobre una comparación curiosa: no se miden con el salario medio del país que gobiernan, sino con altos cargos del sector privado. Es como si uno se quejara de que su bicicleta no corre como un Fórmula 1. Técnicamente cierto, conceptualmente irrelevante. Además, el argumento suele venir acompañado de una advertencia casi mística: si no les pagamos más, solo gobernarán los ricos. Una afirmación fascinante, teniendo en cuenta que muchos de los actuales gobernantes no parecen precisamente en riesgo de exclusión social. Al parecer, el altruismo empieza justo donde termina la nómina. Mientras tanto, el ciudadano medio escucha estas quejas camino al trabajo, después de ocho horas (o más) y sin dietas, sin coche ni vivienda oficial y con la certeza de que, si su rendimiento es mediocre, no será reelegido por sí mismo. Así que no, no es que los sueldos políticos sean insuficientes. Es que la desconexión con la realidad es generosamente remunerada. Y eso, más que una tragedia, es una comedia… aunque se paguen entradas muy caras para verla.