Por qué no deberías nunca soltar una araña fuera de tu casa, según los expertos
Encontrarse una araña en una pared o en una esquina del techo suele activar dos reacciones opuestas: quien quiere aplastarla de inmediato y quien prefiere coger un vaso y soltarla en el jardín. Esta segunda opción parece, a simple vista, la más respetuosa con la naturaleza. Sin embargo, los expertos llevan años señalando que no siempre es la mejor decisión y que, en muchos casos, conviene replantearse qué hacer con estos inquilinos inesperados.
Las arañas como aliadas invisibles del hogar
Antes de decidir qué hacer con una araña, conviene entender su función. Las arañas son depredadores naturales de numerosos insectos que sí resultan molestos o potencialmente dañinos para las personas, como mosquitos, moscas o polillas. En interiores, ayudan a mantener bajo control estas poblaciones sin necesidad de insecticidas.
Muchas de las arañas que encontramos en casa se han adaptado a vivir en ese entorno concreto. Rincones secos, temperaturas estables y una fuente constante de presas hacen que las viviendas sean, para algunas especies, un hábitat óptimo. Sacarlas de golpe al exterior puede equivaler a expulsarlas a un entorno para el que no están preparadas.
El riesgo de soltar arañas domésticas en el exterior
Uno de los principales argumentos de los expertos para no liberar arañas fuera de casa es que no todas son especies autóctonas del entorno exterior inmediato. Algunas llegan a los hogares de forma accidental, transportadas en cajas, muebles o plantas, y han desarrollado su ciclo de vida en interiores.
Al soltarlas en el jardín o en la calle, se enfrentan a varios peligros: depredadores naturales, cambios bruscos de temperatura, lluvia, pesticidas y falta de refugio. En muchos casos, estas arañas no sobreviven. Además, si la especie no es nativa, puede competir con las arañas locales por alimento y espacio, alterando el equilibrio del ecosistema.
Los especialistas distinguen entre arañas autóctonas, que forman parte del ecosistema local, y aquellas que se han adaptado principalmente a ambientes humanos. Las primeras suelen encontrarse en jardines, campos o bosques y están mejor preparadas para sobrevivir al aire libre. Las segundas, en cambio, dependen de las condiciones que ofrece una vivienda.
Identificar la diferencia no siempre es sencillo para un ojo no experto, pero hay pistas: la localización (interiores estables frente a exteriores), la época del año y la frecuencia con la que aparecen pueden ofrecer indicios. Por ejemplo, algunas arañas presentan movimientos estacionales y se vuelven más visibles en determinadas épocas, lo que no siempre implica que deban ser expulsadas.
Las arañas desempeñan un papel clave en la cadena alimentaria. Al alimentarse de insectos, contribuyen a regular poblaciones que, de otro modo, podrían dispararse. Alterar su ubicación sin criterio puede tener efectos indirectos en ese equilibrio.
Además, introducir una araña no nativa en el exterior, aunque sea de forma puntual, puede favorecer la expansión de especies invasoras. Este fenómeno, bien documentado en otros grupos animales, es una de las principales preocupaciones de los expertos en conservación.
¿Qué hacer entonces si no quieres arañas en casa?
No todo el mundo se siente cómodo compartiendo espacio con arácnidos, y eso es comprensible. La clave está en actuar de forma informada y no impulsiva. Si la araña no molesta y se encuentra en un rincón discreto, dejarla tranquila suele ser la opción más sencilla y beneficiosa.
Si es necesario retirarla, los expertos recomiendan trasladarla a otra zona de la casa menos transitada, como un garaje, un trastero o un sótano. También es útil sellar grietas, mejorar la ventilación y reducir la presencia de insectos para que el hogar resulte menos atractivo para ellas.
En el caso de estar seguros de que se trata de una especie autóctona acostumbrada al exterior, puede liberarse con cuidado en un entorno cercano, evitando hacerlo en la calle o en lugares hostiles.
El rechazo a las arañas no siempre es racional. La aracnofobia es una de las fobias más comunes y puede generar reacciones intensas. Los psicólogos recuerdan que este miedo puede trabajarse y reducirse, lo que facilita una convivencia más tranquila con estos animales. Entender que no son agresivas, que rara vez suponen un peligro y que cumplen una función ecológica importante ayuda a cambiar la percepción.