Trump lleva al extremo la "teoría del hombre loco"
La batidora geopolítica de Donald Trump está produciendo un brebaje que sus aliados ya no saben cómo tragar. El presidente estadounidense sigue apostando por gobernar a través de un caos calculado, el cual también aplica como estrategia para la política exterior de Washington, que a partir de ahora se basará en la nueva Doctrina Donroe, según explicó el magnate, refiriéndose a la táctica que, durante el siglo pasado, dictó el quehacer de Estados Unidos con respecto a sus vecinos próximos, y al resto del mundo. “Hoy declaramos oficialmente la Doctrina Donroe: América entera es nuestra prioridad. No aceptaremos amenazas a nuestra seguridad ni a nuestros intereses en ningún punto del hemisferio”, declaró el lunes.
La Doctrina Donroe no es original, sino una versión intervencionista basada en la vieja Doctrina Monroe, ante la que presenta diversas diferencias insalvables. La primera data de 1823 y se originó cuando las potencias europeas dominaban el mundo, y los países latinoamericanos empezaban a independizarse de la Corona española. La Monroe veía a América Latina como una esfera de influencia exclusiva de Washington, rechazaba la presencia estratégica de potencias de fuera del hemisferio y otorgaba el orden regional a Estados Unidos, así como, a largo plazo, buscaba construir su influencia global fijando unos límites geopolíticos claros para el resto de las naciones. Sin embargo, Trump busca reducir compromisos para obtener beneficios a corto plazo.
Después de casi dos siglos de política exterior estadounidense en sintonía con la primera doctrina, Trump ha roto con los pilares operativos de esta porque ha abandonado el liderazgo regional a través de la diplomacia, la cooperación y la ayuda. Así, el presidente ve al hemisferio occidental como un “problema migratorio”, más que un espacio geopolítico. Asimismo, la Doctrina Monroe implicaba cierto orden y previsibilidad basados en el poder, la atención y la voluntad política. Tres factores que el presidente cuestiona constantemente.
Saturar el sistema
La versión trumpista tiene como idea central saturar el sistema. La lógica del magnate neoyorkino parte de una intuición simple: si atacas simultáneamente en demasiados frentes, el adversario pierde su capacidad para una respuesta coherente. Esto no es una estrategia improvisada, sino una fórmula que, desde los años 80, Trump lleva aplicando en el mundo inmobiliario. “Mi estilo para negociar es bastante simple y directo. Apunto muy alto y luego sigo presionando y presionando y presionando”, según explica él mismo en El arte del trato (1987), el libro superventas que lo disecciona y establece su visión del mundo. Esta obra es clave para intentar prever los movimientos de un hombre ya de por sí imprevisible y caótico.
Ahí está la semilla de su estrategia geopolítica basada en la presión constante, ya sea en Groenlandia, Cuba, Ucrania, Irán, Israel o Venezuela, cuyo repentino éxito ha despertado el monstruo expansionista del presidente. Sobre la acción venezolana, el presidente llegó a decir que ha tenido "tanto éxito que quizá no se necesite otro ataque", según WIRED.
Trump gobierna como ha negociado siempre en sus empresas: crea múltiples crisis para forzar acuerdos parciales antes de que el sistema se estabilice. De esta manera, la Doctrina Donroe tiene como objetivo dominar y controlar el hemisferio occidental y sus recursos, así como sirve de palanca para redefinir el peso global de Washington. La reciente operación Resolución Absoluta para capturar al expresidente Nicolás Maduro es un primer paso en ese sentido. Sin embargo, como indica el economista y profesor estadounidense Jeffrey Sachs: "Si Estados Unidos intenta dominar las Américas, resultará en mucha violencia. La ley internacional y la soberanía de los países están siendo violadas", indicó a Global Times.
La imprevisibilidad como arma
Las ansias expansionistas de Trump, que no se detendrán en Venezuela y ya tienen en la mirilla a Groenlandia, entre otros territorios, defienden la imprevisibilidad como una virtud estratégica; una idea que tampoco es del presidente, quien es un especialista en reciclar, apropiarse y adaptar para sí las ideas de otros; en este caso, la vieja teoría del polémico expresidente Richard Nixon, el único mandatario estadounidense que fue descabalgado por un proceso de impeachment, conocida como “la teoría del hombre loco”, la cual cree en la imprevisibilidad política no solo frente a los enemigos, sino también frente a los aliados, sean o no próximos.
Sin embargo, Trump la ha llevado más lejos. “Ser impredecible es algo necesario y bueno”, explicó durante la campaña presidencial de 2016. Desde entonces, así es como se ha conducido políticamente, sobre todo desde que inició su segundo mandato en la Casa Blanca. Por otro lado, la imprevisibilidad casa a la perfección con la Doctrina Donroe porque ayuda, y mucho, a actuar simultáneamente en varios planos con el objetivo de crear una sensación de crisis permanente. Así, el monstruo expansionista no solo busca ganar acuerdos, sino forzar renegociaciones en cascada, como ya demostró durante la reciente crisis de los aranceles con China, la Unión Europea, Canadá y México, entre otros países, con los que negoció al mismo tiempo.
Lo que suceda con la serie de alianzas que Estados Unidos ha ido creando desde el fin de la Segunda Guerra Mundial le importa más bien poco. Por ejemplo, ahí está su insistencia en que “la OTAN está obsoleta”, así como los ataques injustificados contra las democracias europeas, a las que ha aplicado la misma táctica de “presión máxima”, según la define él, que a su archienemigo: Irán. Aplicado a la Doctrina Donroe, esto significa que no se debe apostar por el gradualismo para presionar a un país, sino provocar un choque simultáneo que obligue a los interlocutores a negociar bajo estrés y cometer errores. En palabras de Trump: “la presión extrema revela las debilidades”.
El magnate es muy consciente de los beneficios que puede obtener: eleva los costes si su interlocutor se niega, fuerza decisiones rápidas y rompe los consensos internos del adversario. O, lo que es lo mismo y aplicado a la Doctrina Donroe, sirve para dividir bloques, romper posiciones comunes y negociar bilateralmente desde una posición de fuerza. Steve Bannon, el escudero ideológico de Trump, ya lo expresó durante la campaña de 2016: “el partido de la oposición son los medios de comunicación. Y los medios solo pueden centrarse en una cosa a la vez. Solo tenemos que inundar la zona.”
Es decir, utilizar políticamente el caos como método y no como accidente. Un caos instrumental que es el sello con el que Donald Trump ha asegurado que “no retrocedemos. Si las amenazas a los intereses americanos persisten, la Doctrina Donroe guiará nuestra respuesta”. Así, el nuevo concepto estratégico trumpista busca legitimar la intervención directa, el control de los recursos a nivel global, y la primacía hemisférica sin limitaciones políticas o legales. Los riesgos: que cree un problema estructural que sature a su Administración, reduzca la confianza popular en el sistema e incentive a otros actores a crear alternativas permanentes como la desdolarización de China, o que la Unión Europea cree una autonomía estratégica dándole la espalda a lo que quede de la democracia estadounidense