El estreno soñado de Marta Mora-Figueroa en La Zarzuela
"Nunca me habría imaginado debutar y pasar por ganadores", confiesa todavía con asombro a La RAZÓN Marta Mora-Figueroa. Y, sin embargo, nada en su historia es improvisado.
Nació en una familia profundamente vinculada al mundo del caballo. “He tenido muchísima suerte de nacer en una familia que vive el caballo en todas sus formas, no solo carreras o polo”, explica. Desde pequeña creció rodeada de cuadras, monturas y pistas. Sus primeros contactos fueron con los caballos de polo de su padre, aunque nunca terminó de sentirse cómoda en esa disciplina. “Me parecía un deporte muy bruto, muy masculino. No era lo mío", admite.
El verdadero punto de inflexión llegó con el Salto de Obstáculos. En Sotogrande descubrió una equitación distinta, más técnica y elegante. “Veía montar y pensaba: yo quiero hacerlo así”, recuerda. Hubo alegrías, pero también caídas y sustos, y pese a todo, la decisión fue firme: aprender a montar bien, en serio. Marta se formó con buenos entrenadores, aprendió a trabajar a los caballos en plano y se enamoró de ese mundo. El Andalucía Sunshine Tour se convirtió en su gran referencia. “Es mi sitio favorito del mundo”, afirma.
Vivió esa etapa intensamente, aunque con una limitación importante: Madrid, mientras que sus instalaciones ecuestres estaban -y están- en Sotogrande. “Mis padres nunca quisieron traer los caballos a la capital, así que montaba unos meses al año y el resto del tiempo me consumía por dentro”, explica a este rotativo. Esa sensación de querer montar y no poder fue acumulándose con el tiempo.
La llamada de la velocidad
El cambio llegó en 2023, cuando su familia tuvo una yegua de carreras entrenando en La Zarzuela. Empezó a ir al hipódromo, primero como espectadora, observando los entrenamientos. “Me empezó a picar el gusanillo. La velocidad, la adrenalina, todo era muy intenso”, recuerda. Aun así, no se atrevía a dar el paso. “Entiendo perfectamente que a los padres les dé miedo. Vas muy corto, muy rápido, con mucha gente”, reconoce.
En 2024 ya no pudo más. Necesitaba montar en Madrid. Empezó a ir al hipódromo primero algún sábado y luego cada vez con más frecuencia. Recuerda con especial claridad su primer entrenamiento de madrugada. “Ver Madrid apagado, montar tan temprano… sentí algo muy fuerte. Me encantó”, cuenta. Aquella sensación fue definitiva. Desde ese septiembre empezó a ir tres o cuatro días por semana. Sin carnet de conducir al principio, tirando de Uber o de la ayuda del equipo. Se organizaba para montar antes de ir a la universidad. Cuando consiguió el carnet, su rutina se volvió todavía más exigente: entrenamientos, clases y gimnasio. “El físico es clave en este deporte”, subraya.
Compaginar estudios y carreras no es sencillo. Ha habido momentos en los que ha tenido que dejar de montar por los exámenes y, cuando ha vuelto, se encontró fuera de forma. “Lo pasé fatal. Me prometí no volver a parar nunca del todo”, recuerda. Desde entonces, ha ido aprendiendo a organizarse mejor y a no renunciar ni a los estudios ni al hipódromo.
Desde entonces, ha ido entrenando, trabajando y montando todo lo que ha podido. En septiembre de 2025 volvió con más constancia y empezó a plantearse seriamente el debut. Hubo varias opciones que no salieron y diciembre pasó sin que llegara ese momento. Después vinieron los exámenes y el ritmo bajó un poco.
4 de enero 2026
No era fácil. Estaba con su familia en el sur, pero decidió volver a Madrid para prepararse. La semana previa entrenó como pudo, incluso montando un caballo de polo “en corto” para no perder sensaciones. “Sabía que dos semanas sin montar se notan muchísimo”, explica.
El caballo de su debut fue "Flaming Glass", propiedad de Javier Andreu. Marta no escatima en agradecimientos. “Es un caballo buenísimo, muy fácil, que me cuidó muchísimo. Le estaré eternamente agradecida por dejármelo”, afirma. También fue especial debutar con Álvaro Soto, su entrenador. “Él me ha enseñado absolutamente todo lo que sé de caballos de carreras”, reconoce.
El día de la carrera estaba sorprendentemente tranquila. “No me puse nada nerviosa”, dice. La salida no fue buena y se quedó atrás, pero supo mantener la calma. Poco a poco fue recuperando posiciones, encontró huecos y, aunque en la recta final las piernas ya no respondían, lo dio todo.
Y ganó.