La economía en el catalejo de la vida
Los números no lo son todo en economía, a veces describen con frialdad los contextos que atravesamos sin dejar más impronta que aquella que quisiéramos borrar con la facilidad de un plumazo. Las cifras económicas, sin embargo, están ahí, a plena luz, y, por mucho que nos urge cambiarlas, no es tan sencillo como algunos se empeñan en disertar.
Si lo fuera, Cuba viviera ahora otra situación, más cercana a proyectar completamente su desarrollo y no, en primera instancia, a pensar cómo salir de un hueco profundo donde impera, como madre de las urgencias, la recuperación progresiva de los indicadores macroeconómicos. Bajo ningún concepto sería voluntad de la Revolución poner en semejante nivel de tensión a su pueblo, menos cuando la luz de este proyecto siempre ha sido —y lo será— irradiar la justicia social.
En la ecuación cubana, todos lo conocemos bien a fondo porque lo sufrimos, hay elementos de peso que la mayoría de las naciones del mundo no padecen. La variable retorcida de siempre, la guerra económica, sigue sin despejarse en las últimas seis décadas y media y, cada año, se incrementa como una llave que estrangula y mata.
Quien ponga en duda ese factor de asedio y bloqueo, ya sea por cansancio legítimo o en nombre del bombardeo mediático, debería leer alguno de los mensajes recientes de los congresistas cubanoamericanos en la red social X, quienes han instado a que el Gobierno estadounidense tome medidas aún más severas con aquellos países que se «atreven» a venderle petróleo a Cuba.
Por supuesto que el bloqueo no es la justificación recurrente para cada problema que late en esta Isla, pero sí, tal vez, el que más cuchilladas inmorales provoca al saco económico de nuestra cotidianidad.
En cada cifra que percibimos hay mucho de objetivo y presión, mientras lo subjetivo recaba en los pesos, no tan silenciosos, de actitudes burocráticas, demoras y lentitudes inconcebibles cuando, en la práctica, se trata de reactivar lo antes posible un camino productivo en retroceso.
«Nadie en Cuba necesita que le expliquen que la economía está en tensión: se siente en las colas, en el bolsillo, en el apagón, en el transporte que no llega y en el plato de comida que se encarece». Así lo definió de forma tan exacta en el discurso de clausura del 6to. Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en su 10ma. Legislatura, el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez.
Límites que persisten
Los constantes decrecimientos del Producto Interno Bruto han generado males que desangran el bolsillo del cubano: alta inflación, desabastecimiento, crisis energética y caída de ingresos externos, por solo ejemplificar una parte de los azarosos fenómenos que confluyen y todos sentimos con la crudeza de la cotidianidad.
Fíjese si es así que en los 12 meses que cerraron, los limitados recursos financieros que el país dispuso se concentraron, sobre todo, en los pagos priorizados de alimentos, combustibles, sostenimiento, recuperación y creación de nuevas capacidades del Sistema Electroenergético Nacional, extremadamente complejo —por la insuficiencia— su gestión operativa.
Ninguna economía puede crecer o proyectar una mayor captación cuando su fuerza productiva (empresas, instituciones o centros generadores de bienes y servicios) permanecen la mayor parte del tiempo en la quietud de la penumbra, apagadas por una situación electroenergética que sacude, en cierta medida, hasta las voluntades.
Aún en las limitaciones y con un gran esfuerzo financiero, el país puso en funcionamiento 51 parques solares fotovoltaicos el pasado año, e incluso, logró recuperar importantes capacidades en la generación distribuida. ¿Dónde ha estado
el mayor desafío entonces? En los combustibles, ese «sagrado» líquido que, mientras se consigue o transporta en barco hasta la Isla, es perseguido con saña mediante el prismático de la inmoralidad.
Un país con tal nivel de ataduras debe zafarse por sus propios medios, sin esperar alguna tabla «milagrosa» de salvación, a base de eficiencia productiva. Se escucha y se lee muy bien al decirlo o ponerlo en estas líneas, pero la realidad nos sigue hablando sobre lo complejo que resulta ponerlo en práctica.
En medio de retadoras escaramuzas, el camino de las soluciones ha sido delineado por un Programa de Gobierno con directrices claras, metas y propósitos, aunque su interior carece —en distintos casos— de una interrogante medular: el cómo. Sin embargo, ese es el camino, la ruta a seguir reconocida por la propia población durante los debates generados en las últimas semanas.
Por mucho que este Plan se vaya implementando de manera gradual, las salidas a nuestros desafiantes entuertos económicos demoran. No hay otra forma más suave o ligera de explicarlo. Lo ha dicho con total franqueza y sin el pecado de crear falsas expectativas la máxima dirección del país.
La línea conductora de las transformaciones va hacia la estabilización progresiva, la cual no ocurre de un día para otro ni por efecto milagroso. El objetivo fundamental de un programa de estabilización es el de restaurar los equilibrios macroeconómicos, a fin de garantizar un entorno que propicie la recuperación de la economía.
Para ello, deben resolverse gradualmente, al menos, cuatro problemas fundamentales: el alto déficit fiscal, que conlleva una emisión monetaria sin respaldo productivo; la inconvertibilidad de la moneda nacional; la dolarización parcial de la economía, que limita las funciones de la moneda nacional; y los problemas asociados a las restricciones del sector externo, que traen como consecuencia una baja generación de ingresos y un alto endeudamiento en el país.
En la ruta correcta
Cuba no se quedó de brazos cruzados en 2025 observando el paisaje —poco vanidoso— de las limitaciones. Por el contrario. Se confirma una tendencia a la reducción de ese déficit fiscal, que se calcula en 14 021 millones de pesos (solo el 84 por ciento del previsto en el año).
Si partimos de la premisa de que hace 24 meses se proyectaba un insólito déficit fiscal superior a los 147 000 millones de pesos, y hoy el país se mueve en el entorno de los 74 000 millones, existe una contención significativa. Sin dudas, se ha trabajado fuerte en ese sentido y, de sostenerse o incrementarse las medidas en la captación, más allá de las políticas fiscales, pudiéramos estar hablando en los próximos años de cifras más cercanas a lo óptimo.
Dice un viejo refrán que: «quien no arriesga, no gana». Y eso aplica para todo, incluyendo una economía urgida como la nuestra. Desde hace varias semanas Cuba anunció un paso trascendente que se hizo esquivo —por determinadas razones— durante varios años: las nuevas medidas para incentivar la inversión extranjera. Con ellas se les da más confianza y posibilidades a quienes quieran invertir su dinero en la Isla, ya sea un cubano residente en el exterior como un empresario foráneo.
¿Qué esperar en el nuevo año?
Es la interrogante más abierta y difícil de responder, quizá, con total certeza. A corto plazo siempre se quieren medidas emergentes. Y claro, Cuba las necesita, pero también demanda acciones sustentables en el tiempo que creen las condiciones definitivas para despertar del letargo a una economía casi en pausa.
En la última sesión del Parlamento, el 18 de diciembre de 2025, el ministro de Economía y Planificación, Joaquín Alonso Vázquez, aseguró que «el Plan para 2026 es el posible en las condiciones del país y el escenario internacional actual, es un plan mínimo, que requiere movilizar todas las reservas internas».
En otras palabras, se infiere que volverán a ser 12 meses de tensiones, como las que venimos sintiendo en el último lustro. Particularmente, como reconociera Díaz-Canel, vivimos un momento en extremo complejo para la economía, que exige respuestas más profundas, rápidas y responsables.
Esas respuestas no podrán venir con el aroma ineficaz de las trabas burocráticas que seguimos sosteniendo, de los temores y la resistencia a determinados cambios. Hay medidas del Programa de Gobierno para corregir distorsiones y reimpulsar la economía que solo podrán aplicarse cuando las condiciones estén creadas. Y es algo lógico para un proyecto que pone en primera instancia la protección social.
Pero existe otro grupo de objetivos a los que, sin dudas, habrá que inclinar el foco de atención definitivamente. El asunto no va solo de escalar un monte desafiante, sino de hacerlo bien y no pisar en falso. Las escaramuzas de siempre seguirán ahí, en medio del camino, mientras el catalejo del tiempo observa fijamente un propósito: la recuperación indispensable que desea el cubano para sustentar la vida.