Helga de Alvear baja la persiana
La muerte de Helga de Alvear el pasado 2 de febrero de 2025 dejó una certeza y una incertidumbre: la certeza no era otro que el museo que alberga su espléndida colección, y que ha convertido a Caceres en uno de los «hot spot» del arte contemporáneo en España; la incertidumbre reside en su galería, uno de los santuarios artísticos de la madrileña calle del Dr. Fourquet, que, poco después del fallecimiento de su fundadora, cesó la actividad y entró en un limbo que se ha prolongado hasta la entrada en 2026. Es ahora cuando los herederos han anunciado el cierre definitivo y la subasta de parte de su inventario. La combinación de tensiones familiares y la incapacidad para acordar una dirección sostenida para la galería han precipitado su final. A esta falta de consenso de las herederas, se suma el abandono de algunos de los artistas que representaba esta marca galerística –como, por ejemplo, y entre los casos más reseñables, Ángela de la Cruz y Santiago Sierra–.
En realidad, este motivo de cierre de la Galería Helga de Alvear reproduce –con sus particularidades– la causa de desaparición de otros grandes establecimientos españoles, los cuales no sobrevivieron a la retirada de sus figuras fundadoras. Recuérdese, a este respecto, el caso de la Galería Soledad Lorenzo, que cerró definitivamente en diciembre de 2012, tras la decisión personal de su creadora de retirarse tras una larga carrera. Soledad Lorenzo optó por poner fin al proyecto porque consideró que, a los 75 años, ya no podía dedicarse –con la intensidad y el compromiso requeridos– a la gestión de una galería de arte contemporáneo de alto nivel. En términos semejantes se explica el cierre definitivo de la Galería Juana de Aizpuru, en 2023, principalmente por la edad y problemas de salud. Como es posible advertir, en estos tres casos –Helga de Alvear, Soledad Lorenzo y Juana de Aizpuru– se advierten factores comunes que permiten comprender parte de la idiosincrasia del mercado del arte español. Uno de ellos es el carácter unipersonal de muchos de los grandes proyectos galerísticos emprendidos durante el periodo democrático. El éxito de tales galerías no debe ser interpretado, en este sentido, tanto como un síntoma de un tejido empresarial consolidado cuanto como una excepción. Desde la década de 1980, el mercado del arte autóctono ha sido la suma de liderazgos fuertes e irrepetibles más que el resultado de una estructura económica sólida. De hecho, incluso en estos casos concretos de liderazgo empresarial y cultural se aprecia una fragilidad estructural del legado –o lo que es igual: una incapacidad para mantener el espíritu y la ambición del proyecto más allá de su figura fundadora–. Como sucede en otros ámbitos de este sector, el arte contemporáneo español es más una cuestión de nombres que de dinámicas. La escasa porosidad del ecosistema artístico para traducir los casos de éxito individual en vectores de crecimiento colectivo constituye, en suma, y sin ninguna duda, una de sus grandes debilidades. A este paradigma del éxito unipersonal y no trascendente, hay que sumar otro aspecto privativo del mundo del arte en España: las grandes marcas galerísticas que han jalonado su historia reciente son obras de mujeres.
Feminización del galerismo
A los casos ya mencionados de Soledad Lorenzo, Juana de Aizpuru y Helga de Alvear, habría que mencionar los de Nieves Fernández y Elvira Fernández –la última de las «clásicas» que continúa al pie del cañón–. Esta especificidad a contracorriente permitiría hablar de una «feminización carismática del galerismo español». Este término subraya que muchas de nuestras grandes galerías no se construyeron como estructuras empresariales transmisibles, sino como proyectos sostenidos por una figura singular cuyo capital principal era simbólico, relacional e intelectual más que corporativo. El problema, en estos casos, es que el liderazgo femenino no se ha visto acompañado por políticas de continuidad ni por una institucionalización del saber acumulado. El sistema del arte español ha fomentado que mujeres excepcionales sostuvieran proyectos ambiciosos son que dicho sistema garantizara su transmisión –es decir: se ha celebrado a la mujer fuerte, pero no se han construido condiciones para su relevo–. Aizpuru, Lorenzo o Helga de Alvear constituyen, por tanto, figuras centrales, indiscutidas, pero sin descendencia estructural. Y esto es así no porque ellas no quisieran, sino porque el ecosistema no estaba pensado para que estas genealogías femeninas se consolidaran.
Pese a ello, con la desaparición o retirada de estos liderazgos femeninos, no debemos caer en el pensamiento trágico de un «blackout» absoluto. Soledad Lorenzo y Margarita de Aizpuru donaron parte de su colección al Museo Reina Sofía, mientras que Helga de Alvear deja como esplendoroso legado ese Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear de Cáceres, que ha cerrado el año 2025 con más de 200.000 visitas, y cuyo papel se verá reforzado con el cierre de la galería madrileña. A falta de la continuidad de esta, la institución extremeña robustece su posición como el espacio central del legado de la galerista y coleccionista. El traslado de obras y la reorganización de la colección permitirán al museo programar nuevas exposiciones y reforzar su papel en la difusión de artistas nacionales e internacionales.