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El placer de cotillear casas, de entretenimiento a síntoma: “No te lo puedes permitir ni en sueños, pero lo consumes igual"

Mirar casas es, en este contexto, una forma de sustitución simbólica: un modo de imaginar aquello que no se tiene y que se ha vuelto inalcanzable. A través de la pantalla del teléfono proyectamos otra domesticidad

Contra el virus de los bloques cebra: manual de buena arquitectura para nuestras casas

“Hola, soy Juan Travesedo de Juvilma Inmobiliaria y hoy vamos a ver un piso de 160 m² en pleno cogollo del barrio de Salamanca por tan solo 2.199.000 €”. Ya sea por el precio desorbitado, por la palabra cogollo fuera de contexto, por la gestualidad histriónica de Travesedo, por sus pantalones pitillo con mocasines, por su voz ronca y dicción ondulante, por la curiosidad de ver cómo luce un casoplón de más de dos millones de euros, o por una mezcla de todo ello, es muy probable que mantengamos la atención y sigamos viendo qué nos depara uno de sus nuevos house tour.

Las redes se han inundado de este formato de viaje guiado por espacios domésticos, con un narrador itinerante que conduce la mirada ajena por salones, cocinas y dormitorios fuera del alcance económico del espectador medio. Un formato tan popular que recientemente ha sido encarnado incluso por el propio presidente del Gobierno: Pedro Sánchez mostró en TikTok una de las estancias de La Moncloa (la Sala del Reloj) donde, según explicó, se celebraron los consejos de ministros durante los primeros años de la democracia, en lo que él mismo definió como un momento “muy Isabel Preysler”.

Cotillear casas: del entretenimiento al síntoma

Este tipo de contenido audiovisual forma ya parte del catálogo indispensable de todas las plataformas. Existe un interés evidente, casi compulsivo, por asomarse al interior de pisos y casas ajenas, ya sea por su sofisticación, singularidad, lujo o justo por lo contrario: precariedad, decadencia, chapuza y tomadura de pelo.

Con anterioridad a estos vídeos ya eran famosos los reportajes en revistas donde los famosos de turno “nos abrían las puertas de sus casas”. La fascinación por meter la nariz en espacios que forman parte de la intimidad de otras personas —o que simplemente no son visibles desde la calle— ha existido siempre en este país de tradición católica, donde la preocupación por correr cortinas y bajar persianas para ocultarse de las miradas cotidianas es proporcional a la habilidad para hincar el ojo con disimulo y observar el comedor del vecino cuando sale por la puerta.

Una forma contemporánea de canalizar el deseo de hogar en un momento en el que hemos asumido todos que 'derecho a la vivienda' es un oxímoron

La pregunta legítima que cabe hacerse hoy es si el éxito actual de los house tours responde únicamente a una moda pasajera o si, por el contrario, está señalando algo más profundo: una forma contemporánea de canalizar el deseo de hogar en un momento en el que hemos asumido todos que “derecho a la vivienda” es un oxímoron y no el artículo 47 de la Constitución.

No parece descabellado relacionar el momento de máxima dificultad para acceder a una vivienda con el consumo creciente de contenidos vinculados a la arquitectura y lo inmobiliario. Cuando habitar se vuelve problemático, por precio, precariedad o inestabilidad, mirar se convierte en una alternativa accesible: se entra en Idealista “por deporte”, se consumen house tours en redes y en YouTube y se recorren interiores ajenos como quien hojea un catálogo de vidas posibles.

En este contexto de fragilidad habitacional, la casa se desplaza del ámbito de la experiencia al de la imagen: la arquitectura doméstica se convierte en contenido y el espectador en un voyeur cotidiano que recorre salones ajenos desde la pantalla del móvil, ya sea guiado por Juan Travesedo, un chaval que desde el primer día de trabajo no se ha deshecho el nudo de la corbata para no tener que volver a mirar un tutorial en YouTube, una voz de IA o a través de fotos de portales inmobiliarios, con un espíritu más contemplativo que resolutivo.

En este contexto de fragilidad habitacional, la casa se desplaza del ámbito de la experiencia al de la imagen: la arquitectura doméstica se convierte en contenido

Mirar casas es, en este contexto, una forma de sustitución simbólica: un modo de imaginar aquello que no se tiene y que se ha vuelto inalcanzable. A través de la pantalla del teléfono proyectamos otra domesticidad posible igual que una niña que juega con su casita de muñecas.

Aspiración y comparación

La fascinación por viviendas ajenas no es solo estética. No miramos únicamente por interés arquitectónico, sino también para medirnos: con el espacio, con el estilo de vida, con la clase social que ese interior representa. Ver casas bonitas, bien diseñadas y ubicadas es la forma más patente de evidenciar las divergencias domésticas según el poder adquisitivo.

Mientras que los ya conocidos indicadores populares que delatan la pertenencia a la clase media baja (el sofá pegado a la pared o la mesa de Navidad convertida en un popurrí de sillas), los house tours de las zonas adineradas muestran mármoles exóticos, molduras en los techos, armarios donde cabría un piso entero de protección oficial y baños en los que una familia entera puede lavarse los dientes a la vez. Esta opulencia de bien seguro atrapa al observador por puro efecto aspiracional. De hecho, esta lacra es sobre la que se sostiene todo el fenómeno influencer. 

Este mismo mecanismo macabro, no obstante, funciona también en sentido inverso. La exhibición de pisos minúsculos, mal resueltos, absurdamente caros o directamente indignos también despierta interés. La precariedad se vuelve espectáculo; la mala arquitectura, contenido viral. En ambos casos, el hogar se convierte en escenario de juicio.

Sabes que no te lo vas a poder permitir ni en sueños, pero lo consumes igual. La diferencia es que antes la gente veía casas imposibles teniendo la suya; ahora mucha gente los ve desde un piso de 30 metros cuadrados, sin cocina y con suerte

Laura Pato (@le_petit_patito) arquitecta

Es el caso de Laura Pato, arquitecta creadora del perfil de Instagram @le_petit_patito, desde donde denuncia con su humor particular la normalización de la infravivienda: “Ahora ver house tours es casi una forma de porno inmobiliario”, afirma. “Sabes que no te lo vas a poder permitir ni en sueños, pero lo consumes igual. La diferencia es que antes la gente veía casas imposibles teniendo la suya; ahora mucha gente los ve desde un piso de 30 metros cuadrados, sin cocina y con suerte”.

Pato explica que su mirada cambió cuando dejó de observar pisos aspiracionales para fijarse en aquello que el mercado presenta como aceptable: “Al principio también caí en mirar pisos que no me podía pagar, pero empecé a fijarme en los zulos y pensé: 'ahí hay algo que denunciar'. No se puede clasificar ni como arquitectura: es precariedad, es infravivienda blanqueada con marketing”.

El humor, en su caso, funciona como estrategia, escudo y reclamo: “Yo lo enfoco desde el humor porque es la única manera de que llegue a gente que piensa muy diferente a mí. Es una forma de hacer activismo disfrazado, y también de enseñar muchos dramas que se han normalizado en vivienda”. Lo que genera mayor incomodidad, explica, no es el precio en sí, sino señalar lo evidente: “Lo que más molesta no es que critique el alquiler, sino que diga en voz alta que eso no debería ser habitable”.

En este punto, el house tour deja de ser aspiración para convertirse en denuncia. Mirar ya no sirve para imaginar una vida mejor, sino para reconfortarse en cierta manera al ver la magnitud del desastre y darse cuenta de la gravedad del panorama actual.

Lo que más molesta no es que critique el alquiler, sino que diga en voz alta que eso no debería ser habitable

Laura Pato (@le_petit_patito) arquitecta

Entrar donde normalmente no se puede: el fenómeno Open House

Este impulso por mirar interiores no se limita al entorno digital. También se manifiesta en experiencias presenciales como Open House, el festival internacional que abre al público edificios y viviendas que habitualmente permanecen cerrados. Nacido en Londres en 1992, Open House se ha extendido a decenas de ciudades del mundo. Durante un fin de semana, la arquitectura se ofrece como bien común: casas privadas, edificios institucionales, oficinas, espacios singulares… Se entra, se recorren, se miran, se explican y, sobre todo, se comparte una experiencia colectiva de acceso a lo que normalmente no se ve.

En València, por ejemplo, el festival se ha consolidado como una cita masiva. En la última edición, Open House València reunió a cerca de 23.000 participantes, movilizó a casi 400 voluntarios y desplegó su programación a lo largo de varios meses, incorporando además municipios invitados como Xàtiva, Cocentaina, Llíria o Manises. Un crecimiento sostenido que contrasta con los 8.000 asistentes de hace apenas tres años y que, en palabras de su directora, la arquitecta Sara Portela, tiene que ver con algo que va más allá del mero interés profesional: “Al principio era algo más conocido dentro del sector de la arquitectura, pero hoy en día la mayor parte de la población ya conoce el festival. Cada año me sorprende la cantidad de gente que participa y la avidez con la que esperan la siguiente edición”. Lejos de tratarse de una curiosidad marginal, Open House revela un interés amplio y transversal por la arquitectura y por los espacios donde se desarrolla la vida cotidiana que normalmente están ocultos al público general.

Interés arquitectónico vs cotilleo

Uno de los prejuicios habituales alrededor de este tipo de iniciativas es la idea de que el público puede “cotillear” casas ajenas. Sin embargo, la experiencia de Portela apunta en otra dirección: “Muchos propietarios se sorprenden porque esperan que la gente venga a cotillear, pero lo que se encuentran es un interés real por el diseño, por entender cómo están pensados los espacios”.

Open House funciona así como una forma de voyeurismo culturalmente legitimado. Mirar no es aquí un acto furtivo, sino una práctica colectiva, consentida y educativa. No se trata solo de ver cómo vive otro, sino de comprender cómo la arquitectura condiciona formas de vida.

“La arquitectura es el marco donde desarrollamos nuestra vida: la casa, el trabajo, los museos. Está en todas partes. Lo que hacemos desde el festival es generar experiencias que van mucho más allá de una simple visita”. Mirar arquitectura se convierte, entonces, en una experiencia mucho más compleja que ver las entrañas de la casa del vecino: descubrimos rasgos propios de nuestra cultura, de nuestra manera de habitar y del patrimonio que atesoran ciudades milenarias.

Intimidad, cultura y la paradoja española

La popularidad de Open House y de los house tours digitales resulta especialmente reveladora en un país como España, donde la tradición doméstica ha tendido históricamente al ocultamiento: persianas bajadas, cortinas corridas, patios interiores, fachadas opacas. La casa como refugio, como espacio protegido de la calle, que es donde transcurre la escena social.

Frente a culturas protestantes como la holandesa o la danesa, donde los interiores —con un gusto estético remarcable— se muestran sin pudor a través de grandes ventanales, el contexto español plantea una paradoja muy definitoria de nuestra sociedad: ocultamos el interior de nuestras casas, pero nos encanta ver las de los demás. Open House funciona precisamente porque tensiona esa contradicción y la convierte en experiencia pública, aunque solo sea durante unas horas.

“Pese a que es evidente que existe cierta pulsión cotilla, festivales como el Open House València manifiestan el interés genuino por la arquitectura. A través de las visitas a los espacios que abrimos, la gente se enriquece culturalmente y conoce la historia de su ciudad. Muchos privados que abren sus casas para recibir centenares de visitantes, destacan la buena educación, el respeto y la gratitud que se les retorna”, expone Sara Portela que, pese a sus años de experiencia, aún se sorprende del buen funcionamiento que tienen todas las ediciones del Open House que organiza.

A través de las visitas a los espacios que abrimos, la gente se enriquece culturalmente y conoce la historia de su ciudad

Sara Portela arquitecta y directora de Open House

Por su parte, los house tours, aunque sea de forma virtual, operan en el mismo registro: nos permiten entrometenernos en la intimidad del prójimo desde el confort del anonimato: “Durante un tiempo trabajé como arquitecta haciendo certificados energéticos y me encantaba entrar en las casas de la gente; creo que hay algo profundamente cultural en esa curiosidad. Me ocurre lo mismo con Idealista: lo tengo tan integrado en mi rutina que, aunque ya tenga resuelta mi situación personal con la vivienda, sigo ojeando otros pisos”, confiesa Laura Pato.

Entre persianas bajadas y pantallas encendidas, la casa ha dejado de ser únicamente un espacio vivido para convertirse también en un objeto observado. Miramos interiores ajenos para aprender, para aspirar, por el placer hipnótico del scroll o para apaciguar la frustración que deja la dificultad creciente de acceder a una vivienda digna. En ese tránsito, personajes como Juan Travesedo o “La Pato” actúan como mediadores de una intimidad ajena convertida en relato: guías de un voyeurismo cotidiano compartido. Son, salvando las distancias, una versión contemporánea y desdramatizada de aquel oficial de la Stasi en La vida de los otros que pasaba sus días inmiscuido en las escenas domésticas de sus sospechosos.

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