Trump tiene un mensaje con su intervención en Venezuela y el destinatario es China
La intervención estadounidense en Venezuela no es un problema en sí mismo para Pekín, sino por lo que simboliza: los intentos decididos de Estados Unidos de expulsar a China de la región
La carrera por suceder a Maduro: cómo es la batalla interna del chavismo por el poder en Venezuela
La intervención de Estados Unidos en Venezuela, si bien más limitada que otras realizadas en distintos lugares y en épocas pasadas, refleja las transformaciones que está atravesando el sistema internacional.
La Administración de Donald Trump, en su intento de reforzar o recuperar su primacía en el hemisferio occidental, ha dejado claro que puede recurrir al uso de la fuerza, además de a otras herramientas como la presión diplomática, los aranceles o las sanciones, para alcanzar sus objetivos sin atender a las consecuencias que sus acciones puedan tener sobre el orden internacional.
Venezuela ha sido un campo de prueba de esta nueva mentalidad estadounidense y un mensaje claro dirigido al resto del mundo: Washington no permitirá que potencias extrarregionales adquieran una influencia significativa en el hemisferio occidental en general, y en América Latina en particular. El destinatario principal de este mensaje es, como no, China, su gran adversario estratégico.
En lo inmediato, a falta de ver cuáles serán exactamente las ramificaciones regionales, la intervención en Venezuela pone en jaque los intereses chinos en el país latinoamericano. La potencia asiática ha reaccionado con cautela, limitándose por ahora al plano discusivo. Ha denunciado el “uso de la fuerza contra un Estado soberano”, calificando el acto de “unilateral, ilegal y abusivo” que, además, vulnera el “derecho internacional y los principios de la Carta de las Naciones Unidas”.
De puertas para adentro, en Pekín ya analizan cómo va a afectar todo esto a sus vínculos con Venezuela, unos lazos que se remontan a 1974, pero que se profundizaron especialmente tras la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999.
Claves de una relación
Las ideas políticas del chavismo y su crítica frontal al “imperialismo” de Estados Unidos fomentaron la sintonía entre Caracas y Pekín e integraron a Venezuela en un bloque –no oficial– de países que respaldaban la visión defendida por China de avanzar hacia un mundo multipolar y reformar el orden internacional.
Sin embargo, la relación era asimétrica. Mientras Chávez veía en China a un aliado que le permitía mitigar la presión de Washington, Pekín evitaba sumarse a la retórica antiestadounidense del líder venezolano para preservar la estabilidad de su relación con la potencia norteamericana. Aun así, esto no impidió que los vínculos económicos y financieros entre ambos se profundizaran.
Según datos del Inter-American Dialogue y de Boston University, entre 2007 y 2016 China proporcionó más de 60.000 millones de dólares en financiación a Venezuela. Si se amplía el periodo del 2000 a 2023, la cifra asciende a 106.000 millones de dólares, conforme a los registros de AidData, lo que convierte a Venezuela en el mayor receptor de préstamos chinos de la región.
La relación económica entre Venezuela y China comenzó a enfriarse tras la muerte de Hugo Chávez y la llegada al poder de Maduro en 2013
Gran parte de ese capital se destinó a proyectos de telecomunicaciones, infraestructuras y energía. Estos pasaron a integrarse en la Nueva Ruta de la Seda, una de las iniciativas más emblemáticas del presidente Xi Jinping, cuando Venezuela se incorporó formalmente en 2018, ya bajo mandato de Nicolás Maduro.
No obstante, la relación económica comenzó a enfriarse tras la muerte de Hugo Chávez y la llegada al poder de Maduro en 2013. Tres factores explican esta dinámica. En primer lugar, el entorno político venezolano, cada vez más polarizado, con importantes crisis como la autoproclamación de Juan Guaidó en 2019.
En segundo lugar, las sanciones adoptadas por Estados Unidos. Con la llegada de Maduro al Palacio de Miraflores, Washington introdujo un paquete de sanciones económicas, financieras y sectoriales contra Caracas, lo que generó un entorno empresarial menos estable y dificultó que los inversores extranjeros llevaran a cabo proyectos en el país.
En tercer lugar, la reevaluación de la política china motivada por los problemas domésticos. Los elevados niveles de préstamos a Venezuela coincidieron con la capacidad y la voluntad de los actores chinos de enviar capital al exterior para resolver el problema de la sobreacumulación. Sin embargo, este fenómeno se fue moderando de forma notable, especialmente desde la pandemia, ya que las dificultades internas han obligado a replantear las prioridades de inversión a proyectos más seguros.
En este contexto, la inversión extranjera directa (IED) china en Venezuela en 2024 fue de apenas 318 millones de dólares, una décima parte de la cantidad registrada en 2014. El comercio bilateral, por su parte, aunque ha crecido en los últimos años, se sitúa muy lejos de los niveles de 2012, cuando superó los 20.000 millones de dólares, impulsado sobre todo por la venta de petróleo en un contexto de precios elevados.
Cómo afecta la intervención a China
Pese a la pérdida del interés económico, Venezuela seguía siendo una pieza importante en el esquema de China en América Latina, máxime teniendo en cuenta las derrotas electorales que la izquierda latinoamericana, generalmente más partidaria de reforzar los vínculos con Pekín, está sufriendo en países como Perú, Chile, Honduras o Argentina. De hecho, ambos elevaron su relación a una “asociación estratégica a toda prueba y todo tiempo” en 2023, cuando Maduro viajó a Pekín en una visita oficial.
Así pues, la operación estadounidense apunta a la pérdida de un eslabón discursivo, político y simbólico relevante en la región, ya que Washington ha declarado abiertamente que administrará Venezuela el tiempo que sea necesario e impondrá su criterio en cuestiones estratégicas, entre ellas la política exterior y la relación con China.
Esto tendrá un impacto más allá de las fronteras venezolanas, pues Donald Trump utilizará la intervención para presionar a otras capitales a fin de que reduzcan sus compromisos con la potencia asiática.
Asimismo, en el plano más estrictamente comercial y bilateral, Pekín afronta un problema importante: la deuda. Hasta ahora, Venezuela empleaba su crudo para saldar las deudas contraídas con China, que, según algunas estimaciones, alcanzan los 20.000 millones de dólares.
Y, aunque Donald Trump aseguró que Pekín podría seguir adquiriendo el “oro negro” venezolano, medios estadounidenses informan de que Washington ha exigido a la administración de Delcy Rodríguez “expulsar” a China, entre otros países, “cortar lazos económicos” y “asociarse exclusivamente con Estados Unidos en la producción de petróleo” y su posterior exportación.
No sería extraño, por tanto, que China deje de importar petróleo venezolano o, en caso de hacerlo, lo hiciera en volúmenes inferiores –en la actualidad, alrededor de 400.000 barriles diarios–, siempre bajo gestión absoluta de la Administración republicana y sin participar en otros segmentos de la industria, como la explotación o la extracción. En este contexto, sin esa fuente de pago, la deuda se mantiene, los inversores chinos se impacientan y Pekín podría exigir responsabilidades.
Si esta dinámica se consolida en los próximos meses y tiene éxito, la potencia asiática podría ver afectados sus importantes activos en América Latina y se encontraría ante un serio dilema sobre cómo actuar y reaccionar
Esto puede extrapolarse a otros sectores, como el de las telecomunicaciones, donde empresas chinas como Huawei y ZTE han ejercido durante años una influencia notable. Con un gobierno dirigido desde Washington, Caracas podría verse obligado a desmantelar la presencia china, alegando, por ejemplo, motivos de “seguridad nacional”.
En suma, la intervención estadounidense en Venezuela no es un problema en sí mismo para Pekín, sino por lo que simboliza: los intentos decididos de Estados Unidos de expulsar a China de la región.
Si esta dinámica se consolida en los próximos meses y tiene éxito, la potencia asiática podría ver afectados sus importantes activos en América Latina y se encontraría ante un serio dilema sobre cómo actuar y reaccionar. Ya no se trataría solo de unos pocos proyectos y de la cuestión de la deuda, como en Venezuela, sino de proyectos y vínculos comerciales valorados en decenas de miles de millones de dólares. Por ponerlo en perspectiva, el comercio entre América Latina y el Caribe y China rondó en 2024 los 500.000 millones de dólares.