Aplausos como pétalos de flores
Un silencio respetuoso dominaba el portalón inmenso de la sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Casi podía sentirse el sonido de las miradas que iban de los familiares de los 32 combatientes caídos en Venezuela, que acaban de situarse frente a altos mandos militares, dirigentes de la Revolución y líderes de organizaciones sociales, al Monumento al Apóstol de la Plaza de la Revolución, que en la imponente solemnidad de este día parecía llevar un ramo de rosas blancas…
Cuadros del Partido y oficiales de las FAR prodigaban atenciones a las familias, con una ternura como de hijos: butacas para los más ancianos, apoyo sentimental a quienes el dolor les arrancaba sollozos, explicación minuciosa de cómo serían las honras a esos seres queridos devenidos en los nuevos Caupolicanes de su pueblo. ¿Cómo llamar a quienes llevan sobre sus hombros los grados de toda su dignidad?
El sonido de las sirenas por la Avenida Independencia —que este día más que un nombre parecía un símbolo por la multitudinaria concurrencia—, anuncia que se acercan los armones militares en que se desplazan los restos de los combatientes. La cercanía despierta el desgarramiento… Crece, de momento, el sonido punzante del llanto, que va despertando las fibras más íntimas de todos los presentes. Pero un eco en la distancia comienza a apagarlo…
Es como una sinfonía sublime. Primero muy tenue, después galopante como caballo mambí, de palmadas aisladas a aplausos, cerrados, macizos, rotundos, estremecedores… Vuelan sobre los restos bajo las banderas como pétalos de flores. Algo pasa muy dentro, algún resorte misterioso del alma se despierta, cuando el impulso natural a la veneración y al silencio de una multitud conmovida comienza a tabletear así, como fuego de Patria.