Nuestra Patria es la humanidad
En ese torrente de sentimientos que es nuestra Revolución, el cubano se encontró a sí mismo; se expandió de tal modo en su luminosidad que desarrolló, ya para siempre, el poder de mirar al alma de sus semejantes. La revelación fue tan hermosa y definitoria, que para él las fronteras son solo trámites fríos, líneas oficiosas que pretenden distanciar a un grupo de seres humanos de los llamados «distintos».
Fidel, discípulo perfecto de Martí, vivió inmerso en la certeza de que Patria es humanidad. Y ese espíritu contagió a millones de sus compatriotas: los hijos de la Revolución triunfante fueron a rincones diversos del planeta para ayudar a ese que llamamos otro y que —en esta Isla lo sabemos bien— es el que siempre nos salva.
Es que la Revolución bebió del legado de mujeres y hombres inmensos, que supieron prodigarse por los demás en otras latitudes: Pablo de la Torriente Brau, con su verbo temperamental y bello, y con su vida llena de energías, es un ejemplo hermoso. Después, una vez que la emancipación tomó cuerpo en la suerte de millones, los cubanos fueron con sus saberes hasta África; hasta Argelia, por ejemplo, para ayudar como profesionales de la Salud —todavía, con la Revolución naciente, no teníamos el ejército de batas blancas con que contamos hoy, y sin embargo supimos extender la mano generosa.
En África, ese continente tan sufrido a pesar de ser cuna de la humanidad, estuvieron y están los cubanos; y en el transcurso del pasado siglo dieron una lucha tan brava, que las ondas expansivas llegaron a desconfigurar esa hoja bochornosa de la historia llamada Apartheid. En Nuestra América, a principios del siglo XXI, millones de seres humanos aprendieron a leer y escribir, y otros muchos —gracias a la Operación Milagro— pudieron volver a tener luz en sus miradas, pudieron contemplar felices la belleza de un árbol o la inmensidad del mar. Detrás de toda esa felicidad estaban el amor y el desprendimiento de los hijos de Cuba.
Sobran los ejemplos. Y tal vez uno de los episodios de mayor arrojo y empatía sea el de la lucha contra el virus del ébola en África. Cuando tantos en otras latitudes temblaban de pavor, el cubano —forrado de trajes adecuados, y también de sumo coraje— acudió para atender a las víctimas de una dolencia fulminante y altamente contagiosa. No reparó en riesgos —casi nunca lo hace porque su naturaleza, su impulso, es el de ayudar y poner a salvo al hermano que sufre.
Los hijos de Cuba no son seres fríos que gustan de invadir realidades extrañas: ellos entran por el corazón de quienes los acogen; ellos se adaptan, enseñan y maravillan a quienes reciben ayuda; ellos tocan al otro, no creen en prejuicios ni en contagios. Y eso explica que sean sencillamente inolvidables.
En estas horas tristes la Isla ha perdido a 32 de sus valiosos hijos. En la hermana República Bolivariana de Venezuela ellos cayeron en combate, defendiendo una causa de honor como quien lo hace en suelo propio. Es que para el cubano lo esencial no es el lugar a donde se ha llegado como internacionalista, sino la causa que vale la pena defender. Y así es que este jueves hemos vivido, desde el dolor y el orgullo, la llegada de los restos mortales de la treintena de mártires resguardados, uno a uno, por la sagrada bandera tricolor.
El enemigo imperial —que no avizoró el agujero que los 32 combatientes harían en lo material y en la autoestima de ellos— ha cometido el cinismo de calificarnos como gente estupenda. Lo que en verdad ha sucedido es que el cubano no teme ni se somete, y no deja otra opción que inspirar admiración total. Este episodio es nuestra hoja más reciente y cristalina del internacionalismo proletario. El dolor es hondo, pero, en medio de las lágrimas, crece como árbol frondoso el orgullo por sabernos dar al otro que habla el lenguaje verdaderamente universal: el humano.