Groenlandia e Islandia: una historia de nombres engañosos
Cuando era niña, en el Colegio Montessori aprendíamos geografía con unos grandes mapas de madera, divididos por continentes, cuyas piezas podían quitarse y volver a colocarse en su sitio. No sé por qué, pero yo tenía una fijación especial con Groenlandia, ese territorio inmenso, remoto y, para mí, profundamente misterioso. Hoy, cuando su nombre aparece con frecuencia en las noticias, y a la luz de su historia —en especial la que se teje alrededor del bacalao y del Atlántico Norte—, recuerdo aquellos años que, desde entonces, no ha dejado de intrigarme.
Islandia es verde; Groenlandia, blanca. Al menos durante buena parte del año. Sin embargo, sus nombres dicen lo contrario. Esa paradoja no es un error geográfico, sino una pista temprana de la historia de astucia, supervivencia y comercio que los vikingos tejieron en el Atlántico Norte. En el centro de todo, silencioso pero decisivo, estuvo el bacalao.
Cuando los navegantes nórdicos comenzaron a internarse en el Atlántico, entre los siglos IX y X, no lo hicieron por espíritu romántico ni por simple afán de aventura. Buscaban tierras habitables, rutas comerciales y, sobre todo, recursos. El mar era su carretera y su despensa. Y pocas especies fueron tan importantes para su expansión como el bacalao del Atlántico.
Islandia fue colonizada alrededor del año 874, principalmente por noruegos que huían de conflictos políticos y de la concentración de poder en Escandinavia. Al llegar, encontraron una isla volcánica, con inviernos duros y poca madera, pero con algo extraordinario, mares rebosantes de peces.
El nombre Ísland —tierra de hielo— no era del todo engañoso, pero tampoco definía su verdadero valor. Aunque su suelo era limitado para la agricultura, el océano que la rodeaba era uno de los caladeros más ricos del mundo. El bacalao se reproducía en enormes cantidades cerca de sus costas y podía capturarse con relativa facilidad.
Pronto, los islandeses desarrollaron técnicas para secarlo al aire frío y al viento, produciendo lo que hoy conocemos como stockfish, un término de origen nórdico para la técnica del bacalao seco sin sal. Ligero, duradero y nutritivo, se convirtió en un alimento ideal para sobrevivir al invierno y, más importante aún, en una mercancía perfecta para el comercio a larga distancia.
A finales del siglo X, Erik el Rojo fue desterrado de Islandia y navegó aún más al oeste. Llegó a una tierra mayormente cubierta de hielo, pero con algunos fiordos habitables en la costa sur. Para atraer colonos, la llamó Grœnland: tierra verde. El nombre era, en parte, propaganda.
Groenlandia nunca fue realmente verde en el sentido agrícola, pero sí ofrecía acceso a rutas estratégicas y a recursos valiosos: marfil de morsa, pieles… y bacalao. Aunque las colonias groenlandesas fueron siempre frágiles y terminaron desapareciendo siglos después, su existencia solo fue posible gracias al mar.
El bacalao no solo alimentaba a los colonos, sino que conectaba Groenlandia con Islandia, Noruega y más allá. Sin él, esos asentamientos aislados no habrían sobrevivido.
Los vikingos no eran solo guerreros; eran comerciantes, exploradores y navegantes expertos. Sus barcos, ligeros y resistentes, les permitían cruzar mares abiertos siguiendo rutas de pesca. El bacalao fue, en muchos sentidos, una brújula económica.
Sabían que donde había bacalao, había vida posible. El pez marcaba rutas, estaciones y asentamientos. Islandia se convirtió en un punto clave del Atlántico Norte, y desde allí se trazaron los caminos hacia Groenlandia y, brevemente, hacia América del Norte, en lo que conocemos como Vinland (parte de Terranova en Canada).
El bacalao seco podía viajar meses sin estropearse. Se intercambiaba por grano, madera, telas y metales. Alimentó tripulaciones enteras y sostuvo economías locales. Mucho antes de que existiera la globalización, ya era un producto transoceánico.
Con el paso de los siglos, el bacalao siguió definiendo la historia de estas islas. En Islandia, se convirtió en la base de su economía durante la Edad Media y la era moderna. Su comercio atrajo a mercaderes ingleses, alemanes y, más tarde, daneses. Las disputas por sus aguas pesqueras llegarían incluso al siglo XX, en las llamadas “Guerras del Bacalao” – conflictos diplomáticos y navales -
Groenlandia, por su parte, nunca logró una economía tan estable, pero el pescado siguió siendo fundamental para las comunidades inuit que habitaron la isla tras la desaparición de los asentamientos nórdicos. El bacalao, una vez más, fue puente entre culturas y épocas.
Islandia y Groenlandia no se llaman así por casualidad. Sus nombres hablan de expectativas, de estrategias de colonización y de la necesidad de atraer gente a territorios extremos. Pero su verdadera historia no está escrita solo en la tierra, sino en el mar.
El bacalao permitió a los vikingos imaginar un Atlántico habitable. Les dio alimento, comercio y razones para avanzar siempre un poco más lejos. Hoy, cuando lo vemos en un plato —fresco, seco o salado— rara vez pensamos que ese pez ayudó a dibujar el mapa del norte del mundo.
A veces, la historia no la cambian los reyes ni las batallas, sino algo tan humilde como un pez blanco nadando en aguas frías.