Hay espectáculos que prometen una cosa y luego entregan otra, como esos menús del día que anuncian «paella» y te sirven un arroz amarillo con nostalgia de marisco. Y luego está Mi vida en el arte, el último invento escénico de Rafael Álvarez, El Brujo, que llega a Toledo con la solemnidad del verso clásico… y la picardía de quien sabe que, al final, el público ha venido a verle a él, no a Lope ni a Shakespeare, por muy ilustres que sean. El propio Brujo, en un texto que abre el programa —y que uno imagina escrito con pluma de ganso y un leve temblor místico— proclama que el verso «rompe el tiempo» y se alía con ese espíritu de fiesta que siempre tuvo el teatro del Siglo de Oro. Y tiene razón: el verso, cuando se dice bien, ilumina. Cuando se dice mal, también ilumina, pero de otra manera. En cualquier caso, él lo dice bien, con esa voz suya que a algunos les parece un bálsamo y a otros una trompeta apocalíptica, pero que siempre, siempre, es reconocible. Y eso, en tiempos de voces intercambiables, ya es un mérito. El Brujo asegura que este espectáculo es su asignatura pendiente con el verso. Que ha recogido los mejores que ha dicho en su vida y los ha puesto en fila india para que desfilen ante el público. Y sí, recita a San Juan de la Cruz, a Lope, a Quevedo, incluso a Shakespeare, que pasaba por allí. Lo hace con dignidad, con oficio y con esa gestualidad suya que parece inventada por un monje zen después de tres cafés. Pero —y aquí viene el giro— Mi vida en el arte no va realmente de versos. O no solo. O no del todo. O quizá sí, pero no como uno espera. Porque en cuanto el Brujo empieza a hablar de sí mismo, de sus matrimonios, de los huevos fritos de Cai, de su retiro espiritual en Silos, de su padre, de los políticos de turno o de la metafísica de la diferente altura de los cojones, el verso queda en segundo plano, como un invitado tímido en una fiesta donde el anfitrión acapara la conversación. Y el público, lejos de molestarse, se relaja, se ríe, se deja llevar. Porque para eso ha venido: para que El Brujo sea El Brujo. Su teatro es así: un plato de lentejas. Si quieres, las comes; si no, las dejas. Pero si lo comes, repites. Porque tiene ese sabor entre antiguo y moderno, entre taberna y biblioteca, entre misa mayor y chascarrillo de barra. Es un teatro que parece siempre el mismo y siempre distinto, como esas rayuelas que dibujábamos de niños y que nos obligaban a saltar de casilla en casilla sin saber muy bien por qué. En su monólogo- puzle, las ideas saltan de lo profundo a lo superficial, de lo serio a lo bufo, del ser a la nada y de la nada a un chiste sobre la actualidad política. Y todo encaja, aunque no sepamos cómo. La puesta en escena es mínima: una silla, un atril que apenas usa, una iluminación que no pretende epatar y un violín —el de Javier Alejano—, que subraya momentos de emoción, es suficiente. El Brujo entra en escena y se pasea por un rectángulo que hace de escenario dentro del escenario, como si fuera un círculo de tiza caucasiano o un cuadrilátero donde va a librar un combate dialéctico consigo mismo. Y desde ese momento, la palabra fluye. Flu-ye. Como si tuviera vida propia. El título Mi vida en el arte se entiende enseguida. No es una metáfora: es literal. El espectáculo es él. Su vida, su memoria, sus lecturas, sus obsesiones, sus bromas, sus duelos y quebrantos. Es un collage cubista, un Picasso teatral donde cada espectador mira el plano que más le gusta: el solemne, el humorístico, el filosófico, el autobiográfico. Y todos conviven sin pelearse, como buenos vecinos de escalera. El espectador entra pensando que va a ver versos. Sale sin saber muy bien qué ha visto. Pero sale contento. Porque lo que ha visto es al Brujo. Y el Brujo, como Paganini según Goethe, tiene «un poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica». Si fuera flamenco —y algo tiene de eso, porque es andaluz y el duende se le escapa por las mangas— diríamos que posee duende. Y no nos equivocaríamos. Con gracia y con duende, con versos del Siglo de Oro y comentarios que parecen ocurrencias pero que esconden una inteligencia afilada, El Brujo conquista al público. Incluso cuando se pierde en vericuetos narrativos, incluso cuando dice «médulas» en vez de «medulas» en un soneto de Quevedo. Da igual. El público le perdona todo. Porque lo que importa no es lo que dice, sino cómo lo dice. Y él lo dice con una mezcla de sabiduría y travesura que desarma. La escenografía, ya lo hemos dicho, es simbólica: una silla, un atril, un violín. Y él. Sobre todo, él. Como pez en el agua, como brujo en su cueva, como actor en su templo. Los aplausos finales no son cortesía: son reconocimiento. Los toledanos lo sienten como uno de los suyos, aunque venga de Lucena. Y él, que lo sabe, les devuelve el cariño con ese humor suyo que parece improvisado pero que está medido al milímetro. Para quienes quieran disfrutarlo —o repetir, que también los hay—, Mi vida en el arte puede verse este sábado y domingo en la sala Thalía del Polígono de Santa María de Benquerencia. Y conviene ir sin prejuicios, sin expectativas rígidas, sin necesidad de entenderlo todo. Basta con dejarse llevar. Porque el Brujo no se explica: se vive. Y, como él mismo diría, «lo demás son pamplinas». Título: Mi vida en el arte . Compañía, texto, dirección e interpretación: Rafael Álvarez «El Brujo» . Música: Javier Alejano . Escenografía: Equipo escenográfico PEB . Iluminación: Miguel Ángel Camacho . Lugar: Sala Thalía en Santa María de Benquerencia. Toledo.