Ni águila ni imperios trasnochados
Vivimos una hora crucial y desafiante; la de los hornos, en la que, como nos advirtió Martí, no se ha de ver más que la luz. Es un momento de definiciones por Cuba, nuestra América y la humanidad toda; por la salvación de la especie, por el cada vez más vacilante y dudoso equilibrio del mundo, por un orden económico, político, social y cultural que no ponga por delante del sentimiento la utilidad, que respete el derecho ajeno para así garantizar la paz.
Las ansias de justicia siguen vivas y llameantes; y es preciso levantar con todas las manos dignas las banderas del Socialismo, de la plena independencia de los pueblos, de la salvaguarda de la soberanía y autodeterminación de las naciones, de la unidad como garantía de victoria ante la escalada imperialista del gobierno fascista de los Estados Unidos.
La lucha antimperialista se enardece en estos días convulsos y sísmicos. Nuestro pueblo ha dado, como históricamente lo ha hecho, muestras de firmeza ideológica y convicción profunda frente a las amenazas provenientes del gigante de las siete leguas, cuyo propósito no es otro que destruir la Revolución Cubana, socavar sus bases más genuinas, la conciencia antimperialista del pueblo, el ideal de patria, los principios por los cuales tanta sangre se ha derramado.
El pueblo digno y heroico ha sido consecuente con su historia, con los años de cruenta batalla por la libertad plena de la nación. La expresión actual del antimperialismo nos lleva de la mano a hechos trascendentales que han marcado la historia de esta estirpe patriótica y revolucionaria.
Hace 65 años, por acuerdo del Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario, que contó con un rotundo respaldo popular por la victoria tras la invasión mercenaria de Estados Unidos por Playa Girón, se retira del Monumento a las víctimas del Maine, el águila imperial, que significaba la dominación imperialista, la opresión que nuestro pueblo vivía bajo el yugo de los sucesivos Gobiernos estadounidenses que siempre nos despreciaron y desdeñaron como hasta hoy.
El águila imperial era el símbolo del Goliat americano, era la muestra del poderío rapaz, como el ave que lo representaba, era la imposición de la fuerza, la injerencia, las prácticas genocidas, agresoras, criminales de un imperio que miente y manipula, que odia y destruye, que vulnera el Derecho Internacional, viola flagrantemente los derechos humanos y de la humanidad, destila un veneno terrible que asfixia y fractura las culturas autóctonas, la identidad de las naciones hermanas, el corazón de los pueblos que luchan por un mundo mejor.
El pueblo cubano, después del triunfo revolucionario, fue protagonista entonces del cumplimiento del programa de la Revolución (el programa del Moncada); y con el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz al frente, en la hora de la victoria, fue instaurando un sistema opuesto a los intereses, hábitos, prácticas del capitalismo impuesto a Cuba, del insostenible modelo que sometía y humillaba a nuestro pueblo.
Era imprescindible despojarnos de tal yugo y derribar, con las armas del juicio, con las ideas antimperialistas, en la Revolución de la reflexión y no de la ira; de la determinación a ser libres o mártires; las bases y mecanismos de dominación imperialista en Cuba. Y la batalla es también simbólica; de ahí la necesidad de que fuera suprimida, hace 65 años, el águila imperial que coronaba el monumento erigido a las víctimas de aquella explosión del acorazado Maine, pretexto utilizado por su perpetrador, el Gobierno de Estados Unidos, para intervenir en la guerra que heroicamente librábamos contra el colonialismo español.
Era el 15 de febrero de 1898 cuando la explosión del Maine en la bahía habanera invoca el apetito imperial para entrar en Cuba con su fuerza militar y obstaculizar la casi lograda victoria de los mambises cubanos frente al ejército español. Esa ha sido la práctica de los Estados Unidos, fabricar mentiras, pretextos, supuestos atentados contra su seguridad nacional; para destruir a los pueblos y robarles sus riquezas, sus recursos naturales, mancillar sus símbolos, su historia, su cultura.
El acuerdo del Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario del 18 de enero de 1961, que incluía, además, la eliminación de los bustos de bronce de tres políticos norteamericanos que representaban muy bien los intereses dominadores del imperio: William Mc. Kinley, Teodoro Roosevelt y Leonardo Wood; se consumó el 1ro. de mayo del propio año, durante la celebración del Día Internacional de los Trabajadores. Se retiraba así el águila imperial en el malecón habanero.
Para no olvidar la historia, el sentimiento antimperialista de nuestro pueblo, la fortaleza ideológica que nos mantiene firmes ante el embate enemigo, ella representa la vencida dominación imperialista en Cuba; y observarla provoca que la sangre se inflame y el corazón presida la lucha de los pueblos por mantener viva su independencia y soberanía, por impedir la expansión del norte revuelto y brutal, por detener la masacre que hace al mundo el gobierno estadounidense.
Es el no a la política imperialista (ya sea el gran garrote o la falsa buena vecindad), de cualquier forma, es el imperio, es Goliat, es el abuso y la discriminación, es el neofascismo y la colonización cultural, es la guerra psicológica, cognitiva, de símbolos que pretende enajenar y dominar las mentes de los seres humanos.
Es el no a la agresión del pasado 3 de enero por parte del gobierno de turno del imperio a la hermana República Bolivariana de Venezuela y el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro Modo y su esposa, primera combatiente Cilia Flores, donde cayeron heroicamente 32 cubano cumpliendo con su deber.
Es el no a las amenazas que hace descarnadamente el gobierno de Trump a los pueblos de nuestra América y del mundo. Es el no al imperialismo, al fascismo, al neocolonialismo, a la aplicación hoy de la Doctrina Monroe, de una política fracasada y humillante.
Es la expresión del legado ético, humanista y antimperialista de José Martí, Simón Bolívar, Sandino, Hugo Chávez, Salvador Allende, Ernesto Guevara y Fidel Castro. Por ese legado, en la hora actual de Cuba, nuestra América y el mundo volvemos a Martí y aquella expresión lapidaria: «Me parece que veo cruzar, pasando lista, una sombra colérica y sublime, la sombra de la estrella en el sombrero; y mi deber, mientras me queden pies, y el deber de todos nosotros, mientras nos queden pies, es ponernos en pie y decir presente».