Ya no estamos en Kansas - Una visión macro de geopolítica
Muchas publicaciones de reconocido prestigio han recogido en los últimos días análisis de la situación en Venezuela. Para empezar, la detención de Nicolás Maduro es una señal a los autócratas de que la rendición de cuentas sigue existiendo. Maduro fue un usurpador; estaba al frente de un régimen criminal, culpable de tortura sistemática y asesinatos. Si alguien quiere discutir la legitimidad de su arresto, le exijo que primero pase una noche en el Helicoide.
Pero quizás la conclusión más sorprendente a la que han llegado algunos analistas, y también más equivocada, es que el arresto del dictador y usurpador es la puntilla al orden mundial liberal basado en ciertas normas y consensos en torno al derecho internacional. Partiendo de la base de que el derecho internacional es, y ha sido siempre, un oxímoron, el pretender que existía todavía un orden liberal es cuanto menos ingenuo, pero más probablemente embustero y mentiroso.
La realidad es que ésta se venía desmantelando desde hace casi dos décadas y lo que nos encontramos no es la causa del fin del orden mundial como lo conocíamos, más bien una reacción de la, hasta ahora, única superpotencia global. Estados Unidos ha aceptado las nuevas reglas y esto ha pillado desprevenidos a muchos que veían en la emergencia de un mundo multipolar la debilidad de Washington.
Este texto sostiene cuatro argumentos. Primero, que el orden mundial liberal empezó a desmoronarse mucho antes de la llegada de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos. Segundo, Trump sería pues un síntoma y no la causa (quizás sí la confirmación) de que “ya no estamos en Kansas” y que efectivamente nos encontramos ante un nuevo orden mundial. Tercero, Washington ha aceptado las nuevas normas del juego y se ha echado en brazos de la más pura realpolitik, algo que asusta a aquellos que confundieron contención y control con debilidad. Cuarto, para el resto del mundo que no somos ni potencia global, ni siquiera regional, el mundo se vuelve más peligroso.
Bien, empecemos por una clarificación de terminología. Por orden mundial liberal entendemos el sistema liderado (tanto por consenso como por imposición) por Estados Unidos que combinaba el comercio internacional abierto, la libertad de navegación, arbitraje institucional multilateral, garantías de seguridad basadas en alianzas, y lo más importante, un tabú sobre la idea de conquista por la fuerza. Este sistema, algunas veces llamado “de reglas” (rules-based order en inglés) nunca lo fue tal ya que se había aplicado de forma selectiva y se basaba en el respaldo de un único actor poderoso.
El caso es que funcionaba ya que la mayor parte actores, incluso aquellos con aspiraciones de grandeza, se comportaban en base a ciertos acuerdos institucionalizados sobre la conducta general de los estados. Principalmente funcionó en gran medida porque Estados Unidos estuvo dispuesto a asumir los costes tanto políticos como militares de hacer cumplir el orden con la suficiente frecuencia como para que ésta pareciera real.
Si bien este espejismo de orden se ha mantenido hasta nuestros días, la realidad es que el desmantelamiento comenzó en 2008 con la invasión rusa de Georgia y el fracaso total de Occidente a la hora de reaccionar. Este fue el primer disparo a la línea de flotación de este orden aparente, ya que el mensaje era alto y claro: las reglas eran negociables, las consecuencias para su violación variables. A partir de ese momento nos encontramos con el resurgimiento de las potencias revisionistas que vieron en este tropiezo el primer signo de debilidad occidental (o debiéramos decir estadounidense), dando por comenzado el camino hacia una reestructuración, o más bien reconstrucción, de un orden global que se ajustara mejor a sus intereses.
Vemos entonces una proliferación de las acciones rusas en el exterior en la denominada como zona gris (operaciones cibernéticas, desinformación, injerencia política, despliegues de los denominados hombrecillos verdes y una violencia calibrada por debajo del tradicional umbral de conflicto) en Europa, Iberoamérica, África y Oriente Medio. Entre tanto se produjeron las denominadas primaveras árabes en 2011 (con una respuesta occidental desequilibrada, hipócrita, y tibia), la anexión de Crimea y la guerra en el Donbás en 2014. El año siguiente trajo la guerra en Siria y las intervenciones turcas, rusas y estadounidenses.
En 2020 se produjo una rara avis de la geopolítica del siglo XXI hasta ese momento: una guerra interestatal, es decir entre dos estados soberanos, por el control de territorio cuando Azerbaiyán arrebató el Nagorno-Karabaj a Armenia (con el apoyo de Turquía y ante el vergonzoso silencio de toda la comunidad internacional). Finalmente, la invasión en 2022 que dio comienzo a la guerra de Ucrania terminaba con cualquier pretensión de que existía ningún tipo de orden basado en reglas.
Mientras tanto, China no se limitó a ascender, sino que llevó a cabo una agenda a largo plazo orientada a alcanzar la primacía global hacia el 2050. Ésta se asentó sobre una estrategia basada en hechos consumados coercitivos en el mar de China Meridional y la instrumentalización estratégica de las cadenas de suministro (las tierras raras y las dependencias industriales como palanca de presión geopolítica). Si a eso se suma la fragmentación interna de las sociedades occidentales (polarización, desconfianza, fatiga institucional) se obtienen las condiciones perfectas para una transición dura. Ucrania no fue el comienzo sino el momento en que la erosión se volvió innegable.
Como vemos pues, el más que justificado y necesario arresto de Nicolás Maduro no supuso el fin de este orden mundial. Estados Unidos, sin embargo, sí que parece haber reconocido esta nueva realidad equivocadamente asumiendo que su papel en este nuevo orden es el del llanero solitario. El antagonismo de los MAGA contra Europa amenaza con crear un verdadero cisma en un momento de máxima tensión. Cabría quizás recordarles que su mayor ventaja en anteriores contiendas era justamente su red de alianzas, y que, mejor que el llanero solitario habrían de fijarse más bien en Wyatt Earp quien no hubiera salido victorioso de su histórica pelea del O.K. Corral sin el apoyo de sus hermanos y del legendario Doc Holliday. Las últimas insistencias de Trump sobre Groenlandia no hacen más que reafirmar esta nueva antagonización, poniendo en peligro la unidad occidental en el momento de mayor necesidad. Ya saben aquello que leemos en la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides: “los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”.
Una línea roja que nunca deberíamos cruzar, o permitir que cruzaran, es la del cambio de fronteras impuesto por la fuerza. Trump se podría ver capacitado para ello ya que Rusia y Azerbaiyán ya rompieron el tabú. Pero es que, si las grandes potencias normalizan la revisión de fronteras por la fuerza o por coerción, desaparecería el último bastión de defensa contra las guerras de agresión que han plagado la historia del globo. Cualquier proyecto revisionista regional quedaría vindicado. Por eso, si las potencias aceptan que las fronteras puedan cambiarse por la fuerza, it’s game over.
El caso es que en este mar en rabia muchos hacen una lectura equivocada de Tucídides. Aquello de que “los fuertes hacen…” no es una defensa de un mundo basado en el poder, sino un aviso a navegantes sobre los peligros de la sobreexpansión y mal uso de ese tan ansiado poder, siendo más bien la frase una defensa del buen gobierno de un imperio poderoso y una crítica a las políticas atenienses basadas en la razón del poder por el poder. Y es que estamos realmente ante el retorno a la geopolítica clásica: esferas de influencia, palancas, poder y realpolitik. En este contexto, cobra sentido también el por qué de las acciones en Venezuela. Desde el punto de vista de Washington, si el mundo ha regresado a un estado de naturaleza, es coherente actuar en base a ese viejo dicho de Flavio Vegecio Renato: si vis pacem para bellum. Y si esto fuera así, el hemisferio occidental habría de reafirmarse como esfera estadounidense, y Europa y el hemisferio Occidental debieran de formar juntos, no como vasallos, pero como amigos, aliados e iguales.
Mucho se ha escrito sobre el petróleo venezolano. Dejemos claro una cosa: Estados Unidos no necesita de Venezuela para abastecerse de crudo, ya que no solamente es independiente en materia energética, sino que es uno de los principales exportadores de petróleo en el mundo. Poner en valor una producción venezolana infraexplotada, con el tiempo, aumentaría la oferta global, bajando precios, y reduciendo la capacidad de la OPEP de mover el mercado. Un aumento de la oferta mundial de petróleo no es, aun así, necesariamente beneficioso para Estados Unidos desde un punto de vista puramente
económico. Una parte significativa de la producción estadounidense proviene del shale (petróleo de esquisto), que requiere precios relativamente altos para seguir siendo rentable. Unos precios más bajos perjudicarían a este sector.
Esto subraya un punto clave… esto no va “de petróleo” en el sentido en que lo están diciendo algunos, al menos no en el caso de Estados Unidos.
La realidad es que es un activo estratégico que en un contexto de reordenamiento global ha de ser negado al rival. Por tanto, el petróleo de Venezuela debe permanecer bajo control occidental ante la posibilidad de (o justamente para evitar) una confrontación seria con China, no porque Estados Unidos necesite petróleo, sino porque la energía es palanca. Y es que Pekín es absolutamente vulnerable en cuanto a su dependencia energética del exterior. Una parte decisiva de petróleo y gas que consume procede del exterior y, de ese flujo, una proporción enorme (un 80% de sus necesidades, o lo que es equivalente a unos 312.000 millones de dólares) pasa por el estrecho de Malaca de camino a China. Sin estas fuentes de energía importadas, China no puede sostener una guerra prolongada, pero tampoco puede mantener su economía en funcionamiento: no puede alimentar sus cadenas industriales, no puede mantener el ritmo de producción de sus fábricas y, en términos muy simples, ni siquiera puede garantizar el suministro eléctrico con normalidad.
Además, siguiendo esta lógica, un aumento a medio plazo del suministro del crudo mundial (y por tanto una bajada de precio del mismo) al reacondicionar la destartalada infraestructura petrolífera venezolana serviría para golpear a Rusia, que depende de precios altos para sostener su guerra en Ucrania. La idea central es que esto no es Irak 2.0. Por eso, en un mundo de competición entre grandes potencias, la energía no es un debate contable sobre barriles, sino una cuestión estratégica sobre rutas, cuellos de botella y capacidad de negar al rival el recurso imprescindible para operar.
No es por el petróleo en el sentido simplista. Se trata del control geopolítico, se trata del dominio del mercado y del uso de los precios como herramienta contra rivales: un Novus Ordo Seclorum en el sentido literal.
Irán forma parte del mismo mapa estratégico, pero Estados Unidos no debería intervenir en este caso. Me atrevería a decir que no hay en la tierra pueblo más orgulloso que el iraní, y una intervención exterior a favor de los héroes que se rebelan en las calles les haría más daño que beneficio. En parte, las intervenciones exteriores de los últimos años y la incapacidad del régimen en dar una respuesta adecuada a las mismas dan aire al fuego de resistencia que estos días consume la mayor parte de las ciudades de Irán.
Haríamos bien en dejar que el régimen se cociera en su propia salsa para evitar así un efecto rebote. La presión y las dinámicas internas, con la movilización monárquica y las fracturas de élites como catalizadores, podrán, con suerte, obrar lo que una ocupación o una intervención externa nunca podrían.
En cuanto a Europa tiene que dejar de ir sonámbula, porque los precedentes se contagian. Y en cuanto a nuestro país en particular la posición de España es
particularmente preocupante. En un mundo donde Washington rompe tabúes en cuanto a Groenlandia (no olvidemos tampoco el absurdo debate de hacer de Canadá el Estado número 51), y donde Pekín y Moscú puedan hacer avanzar sus posiciones de grandes potencias, abrirá, sin duda, camino a otros actores menores que puedan buscar un ajuste de cuentas.
España afronta un flanco especialmente vulnerable en este nuevo contexto porque Marruecos no es solo un vecino difícil, sino un actor revisionista con una estrategia sostenida y con apoyos externos que pueden volverse determinantes. Ceuta y Melilla, y en menor medida Canarias, no son únicamente cuestiones simbólicas o identitarias, sino activos geopolíticos que se insertan en un tablero más amplio donde pesan la seguridad del Estrecho, las rutas atlánticas, la migración como herramienta de presión, la inteligencia y la cooperación antiterrorista, y la proyección hacia el Sahel.
Y es que, en ese escenario, Rabat puede calcular que una escalada controlada, híbrida o graduada, le pueda permitir ganar hechos consumados sin cruzar de golpe un umbral que obligue a una respuesta contundente, mientras trabaja el terreno diplomático con el relato de “descolonización” con el apoyo de Washington en contra de las posiciones europeas. El caso es que, en un contexto de máxima irrelevancia de Europa, o si me apuran incluso de la OTAN, y en un mundo en reordenamiento podemos encontrarnos con un enemigo anclado en posiciones bien fuertes. Marruecos se ha convertido en una pieza fundamental dentro de una arquitectura geopolítica a futuro de Estados Unidos en la que la normalización con Israel no es un gesto simbólico, sino un mecanismo de integración basado en la cooperación en inteligencia, seguridad, tecnología dentro del ecosistema político que sostiene los Acuerdos de Abraham.
Cabe pues hacerse la pregunta: ¿de qué lado caerá Washington en caso de contienda? La respuesta parece bien clara. Como conclusión permítanme una reflexión. Habría quien se pueda imaginar que este artículo fuera un defensa de este nuevo orden mundial. Nada más lejos de eso. Se trata de un análisis desde un punto de vista de “helicóptero”, desde arriba, intentando poner en contexto diversos elementos interconectados. La realidad es que no existe para los europeos un panorama más peligroso y complicado que un mundo basado en esferas de influencia, palancas, poder y realpolitik. La única defensa real, por imperfecta que sea, es la de una unión europea, que no esta Unión Europea, que nos permita, por lo menos, mantenernos a flote en este mar embravecido y furioso que amenaza con llevarnos a
pique. Lástima que a los mandos tengamos a unos grumetes barbilampiños, líderes de un motín malintencionado, aconsejados y guiados por unos piratas demasiado apegados al barril y al cofre, incapaces de fijar el rumbo hacia buen puerto.