El espejo electoral refleja el país que seremos
Las elecciones son el espejo de un país. En ellas proyectamos valores, expectativas y sueños sobre los candidatos, sus trayectorias y programas de gobierno. Y esta vez, el espejo no solo puede mostrarnos quiénes somos, sino en qué estamos a punto de convertirnos.
La razón es clara: la mayoría de los candidatos adolece de una visión de futuro que trascienda el corto plazo de cuatro años. La idea de país se diluye entre promesas inmediatas y la atención fragmentada a los problemas más urgentes. Caemos en una visión de túnel que nos hace perder perspectiva y, en cierto modo, el sentido de realidad.
Costa Rica dejó hace tiempo de generar oportunidades para las grandes mayorías. La educación no ha logrado salir de un apagón que ya es en sí un agujero negro. La corrupción ha sido acumulativa. Hemos perdido la capacidad de escandalizarnos ante conductas violentas y autoritarias que hoy no solo se normalizan, sino que incluso se idealizan y se presentan como ejemplares. Los ideales de libertad, bienestar, oportunidades, seguridad y educación se han distorsionado, mientras el poder tiende a concentrarse en pocos actores. Los mecanismos de control y equilibrio institucional han sido llevados al límite. ¿Resistirán otros cuatro años? ¿O el país optará por una senda de autoritarismo con tintes teocráticos y ultraconservadores, que abra la puerta a la venta de activos del Estado no en nombre de la eficiencia, sino para favorecer a los financistas de turno, ya sin las trabas del control institucional?
¿Mostraremos como sociedad madurez democrática, o daremos marcha atrás (con sorprendente miopía y amnesia colectiva) a décadas de conquistas generacionales que, hoy, una narrativa oficial se apresura a calificar de “dictadura de 70 años”?
La democracia costarricense podría salir erosionada de esta contienda, posiblemente la más relevante en décadas. Pero estas elecciones también podrían ser una oportunidad para cambiar los actuales niveles de desigualdad y falta de inversión social. Se requiere un cambio positivo. Sin embargo, la contradicción entre la necesidad de transformación y el ruido del discurso oficial ha dejado a más de uno intoxicado, y ha reducido el debate a sentimientos de venganza, consignas vacías y el eco de un jaguar enfermo.
La historia demuestra que concentrar el poder como mecanismo para resolver problemas complejos y entregarlo al mesías de turno nunca ha sido una fórmula exitosa. En Latinoamérica, sobran los ejemplos de caudillos que llegaron, mediante el voto, a cambiar la Constitución para entronizarse sin trabas legales. Lo que se necesita es un gobierno de consenso y de ideas que impulse al país hacia adelante, que no polarice, sino que una. Se requiere una visión de largo plazo, capaz de proyectar a Costa Rica al menos 20 años hacia el futuro.
Somos un país sin recursos estratégicos abundantes y con una población pequeña. Sin embargo, hemos sido privilegiados con una extraordinaria concentración de biodiversidad. Allí podría residir nuestro mayor potencial: en la innovación científica basada en el uso sostenible de esa biodiversidad y en políticas de conservación creativas que equilibren el desarrollo económico con la protección de la naturaleza. En ese ámbito podríamos ser una potencia. Pero para lograrlo, es indispensable diversificar y fortalecer la educación y la generación de empleo.
Y es aquí donde el espejo deja de ser metáfora y se convierte en decisión. Persistir en la visión de túnel, en la política de corto plazo y en la concentración del poder y el culto a la personalidad nos conducirá inevitablemente a un país más desigual, más frágil y dividido.
La alternativa exige un cambio profundo: recuperar una visión de país solidario, con educación que abra oportunidades reales, empleo digno, acceso universal a la salud y a la cultura, y un Estado capaz de equilibrar desarrollo y conservación. ¿Seguiremos votando por la inmediatez y la concentración del poder, la asignación de culpas y el espectáculo mediático, o apostaremos por el país solidario, educado y democrático que sabemos que es posible?
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Gerardo Ávalos Rodríguez es catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR).