Ideologías: las tuyas, las mías, las nuestras
Con frecuencia escuchamos el término «ideología» en análisis políticos, en comentarios periodísticos, en discursos oficiales, en conversaciones y discusiones cotidianas. Por lo general su uso tiene un dejo despectivo y descalificante, que termina ahondando la polarización (intencionada o no) en una sociedad que lo que precisa es, por el contrario, el diálogo y la convivencia respetuosa entre quienes piensan distinto.
Antoine Destutt de Tracy, en su obra Éléments d’idéologie (1815), acuñó el término de ideología para nombrar una pretendida ciencia lógica dedicada a comprender cómo se forman las ideas en nuestra mente, una especie de anatomía del pensamiento; Napoleón Bonaparte, ante las críticas de intelectuales que le cuestionaban, entre los cuales estaba de Tracy, usó por primera vez el término de manera despectiva, refiriéndose a «los ideólogos» como personas que viven en las nubes, en sus especulaciones teóricas y alejados de la realidad.
A esta visión de la ideología se sumaron posteriormente Marx y Engels: «Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante» (La Ideología Alemana, 1846); la ideología comprendida como herramienta para el establecimiento de la hegemonía estructural. Sobre esa línea, Antonio Gramsci mostró que la disputa social es principalmente una disputa ideológica. Louis Althusser, entrado el siglo veinte, profundizará el tema distinguiendo los «aparatos represivos» de los «aparatos ideológicos del Estado», su omnipresencia e importancia capital a la hora de inocular creencias en las personas para sustentarse en el poder.
Ya en el presente siglo, Y. N. Harari ha mostrado cómo los constructos teóricos, las narraciones oficiales, los órdenes imaginarios en los que se sustentan los órdenes sociales, son moneda común en la historia de la humanidad. Los seres humanos necesitamos de una visión ideal, de una construcción teórica, que nos ayude a organizar / comprender la realidad y nos permita colaborar masivamente.
Sea una cosmovisión de izquierdas o de derechas, conservadora o progresista, endogenista o “magaista”, espiritual o materialista, “woke” o “NRx” (neoreacción), todas son construcciones teóricas, constructos de ideas, ideologías, comprensiones de la realidad sobre las que posteriormente, justificamos nuestra moral, nuestros valores y principios, nuestras decisiones y nuestras acciones. Todos tenemos una ideología, implícita o explícita, que nos permite entender el mundo y tener un relato lo más coherente posible de nosotros mismos. Todo gobierno se sustenta sobre una ideología que fundamenta sus discursos, sus decisiones y que busca imponer usando los medios de los que dispone. No existe la neutralidad ideológica, ni en economía, ni en lo cultural, ni en lo religioso, ni en la educación, ni en la prensa, mucho menos en política. Ello no es malo ni bueno, simplemente es; asumirlo, libera nuestras posturas de radicalidades, nos abre a la búsqueda de mayores niveles de comprensión de la realidad y nos evita mirar a quien no comparte nuestra ideología como un enemigo, como un rival, como alguien a quien hay que vencer y anular; guerras, asesinatos, persecuciones encuentran en ello sus causas más profundas.
El peligro no está en pensar distinto, en asumir determinada ideología, sino en absolutizarla, en negar la posibilidad de que mi comprensión del mundo, como las de los demás, es un posicionamiento personal ante la realidad que es perfectible; el peligro está en usar la «o» como filtro para el pensar y el actuar, en lugar de asumir la «y» como herramienta para aprehender la complejidad de la realidad y nuestras limitaciones cognitivas.
Usar el término «ideología» para descalificar es señal de falta de conocimiento y síntoma de fanatismo. Lo correcto es ser consciente de la ideología, del orden imaginario, que sostiene mi comprensión del mundo como base para el diálogo, el debate, con personas que sostienen un orden, también imaginario, distinto.
(*) Luis Fernando Carrión Justiniano es Ph.D., educador e investigador boliviano
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