Salmantica non praestat
Como en este país somos tan raros, no se está hablando mucho de un acontecimiento trascendental: el V centenario de la Escuela de Salamanca. Aunque es difícil precisar el momento exacto en que nace una corriente de pensamiento o un movimiento cultural, está claro que la llegada de Francisco de Vitoria a la cátedra de teología de una de las primeras universidades del mundo fue decisiva para todo lo que vino después.
Con el catetismo que disfrutamos quizá no se sepa que España ha tenido buenos filósofos. Y modernos. Antes de Paul B. Preciado, la discípula de Judith Butler nacida en Burgos, y una de las principales representantes del pensamiento queer, estaban los teólogos y humanistas de Salamanca. O el gran Francisco Suárez, que transformó -antes que Kant- la filosofía moderna.
“En el contexto del descubrimiento de América, lo que dijeron fue determinante para que naciera el derecho internacional, que es algo que, por fortuna, se suele recordar”
Los economistas de la Escuela Austríaca, además, redescubrieron las aportaciones a la economía de pensadores más o menos próximos a Vitoria, Soto o Cano. En el contexto del descubrimiento de América, lo que dijeron fue determinante para que naciera el derecho internacional, que es algo que, por fortuna, se suele recordar.
La Escuela de Salamanca no entronca con el tomismo directamente y es bastante heterogénea, como ha mostrado en su monumental estudio Juan Belda Plans. Las lecciones magistrales impartidas por Vitoria han quedado como un monumento de precisión escolástica, riguroso, en el que no hay espacio para concesiones estilísticas. Se trata de sacar hasta las últimas consecuencias los corolarios de la razón y de la lógica.
Por aquella época, había reyes que acudían a los teólogos no solo para confesarse, sino para recibir consejo; con la formación que contaban, sabían que la virtud propia del político era la prudencia y que el primer acto de esta es recabar la ayuda de consejeros, para hacerse una buena imagen de las cosas.
Pero si los gobernantes de entonces era distintos a los de ahora, también los asesores. Seguramente habría palmeros y pelotas, individuos deseosos de medrar y de derramar alabanzas en los cuidados oídos del monarca. Pero muchos eran honestos y sabían que, de cara a la ética -y a la salvación-, era mucho más seguro cumplir con su deber, aconsejando lo que estimaran conveniente, que confirmar en su opinión al jefe para no llevarle la contraria.
“Además de ahondar en la legitimidad democrática de un modo talentoso, sin necesidad de recurrir a ese invento raro que es el contrato social, Vitoria y los que continuaron su estela también reflexionaron sobre la guerra justa”
A Felipe II, al parecer, no le gustaba mucho que Vitoria reflexionara sobre el origen del poder. Según el dominico, el poder, primero, era de Dios, pero lo depositaba en la comunidad, que consideraba oportuno transferirlo a su vez, con lo que nacían los diversos regímenes de gobierno. Esa concienciación democrática estaba en el caso del fraile unida a un profundo respeto por las instituciones.
A los indios Vitoria dedicó algunas conferencias, como llamaríamos hoy a sus relecciones. Decía cosas interesantes: que los indios tenían derechos, pues como seres humanos, contaban con esa sociabilidad que les permitía vivir en comunidades y, aunque rudimentaria, poseían cultura.
Por eso, entendía que no se podían esgrimir títulos válidos en el seno de la cristiandad, ya que no aceptaban ni conocían la revelación. De ahí para justificar el descubrimiento, no le bastara ni con las bulas, ni la conversión obligatoria ni el sometimiento por la fuerza. Los indios no eran objetos que pudieran poseerse.
Para Vitoria, la llegada a las tierras entrevistas por las empresas de Colón y tantos otros tenía tres legitimaciones. Por un lado, el derecho de comunicación: en segundo término, el derecho a predicar la fe -una libertad que, como vemos, está en el origen de la propia edad moderna y que el secularismo desea eliminar- y, finalmente, la lucha contra el tirano o la ayuda a quienes lo necesitan.
Cabría decir que la Escuela de Salamanca es el Renacimiento del Humanismo, pero en este caso en el ámbito de la teología, la filosofía o el derecho. Además de ahondar en la legitimidad democrática de un modo talentoso, sin necesidad de recurrir a ese invento raro que es el contrato social, Vitoria y los que continuaron su estela también reflexionaron sobre la guerra justa, dejando criterios bastantes claros y con un pragmatismo y unos ideales éticos que ya quisiéramos que orientaran nuestra diplomacia de hoy.
Si se suele datar la irrupción de la Escuela en 1526, se calcula que terminó con la muerte de Báñez, en 1604. Todavía hoy se pueden visitar sus tumbas en el Convento de San Esteban, en Salamanca. Si pasan por la ciudad, no dejen de rendir un homenaje a esos teólogos y filósofos sabios, honestos, que se tomaban la docencia y el asesoramiento tan seriamente como impartir los sacramentos.