Un Diocleciano Trump 2.0
La comparación y analogía con el Imperio Romano ha sido uno de los mitos políticos por excelencia en la historia de Occidente y sus periferias. La primera renovación imperial la ensayó Justiniano I en el siglo VI. Más tarde, bajo el concepto de restauración, fue el turno de Carlomagno y de Otón en la baja Edad Media.
Los símbolos de los césares se trasladaron a Rusia con la coronación de un zar, a la Francia Napoleónica y después a la Alemania del Kaiser, perviviendo en la Italia Fascista. También el almirante estadounidense Alfred T. Mahan promovió en 1890 la idea del Caribe y el Pacífico Oriental como Mare Nostrum de Estados Unidos.
Sin embargo, toda asociación de un gobernante con un emperador suele ser imprecisa. Pero si hablamos de una figura que responde a una crisis epocal mediante la reorganización autocrática del poder (El Dominado), desdeñando al legislativo a favor del brazo ejecutor, sin admitir disidencias y aplicando una estricta fijación de precios como política anti-inflacionaria; entonces podemos decir que Diocleciano parece reencarnarse en la Casa Blanca.
Como a fines del siglo III, el mundo actual experimenta una doble transición internacional y doméstica. Si el Irán Sasánida le recordó al Imperator que la hegemonía absoluta había terminado, hoy los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái constituyen desafíos reales para el águila estadounidense.
A partir de Diocleciano, la respuesta del poder fue divinizar la autoridad en desmedro de la representación, lo que se tradujo en un despotismo marcial. Hoy, en cambio, se aprecia una completa prescindencia de cualquier factor regulador internacional, sumada a la proliferación de órdenes ejecutivas y acciones militares sin autorización del Capitolio, lo que define la “Presidencia Imperial”.
Si en el bajo imperio la ficción de autoridad universal permeaba el protocolo palatino, hoy la representación del poderío irriga las redes sociales y memes que muestran a antiguos aliados como subordinados. La saturación comunicacional amplifica el rango de lo impredecible.
Los aranceles han operado como mecanismo para re-equilibrar déficits comerciales, pero también como amenaza para forzar negociaciones en condiciones ventajosas, consolidando el neoproteccionismo.
Estas tendencias plantean la duda de si la democracia más antigua vigente no estará comenzando un proceso de hibridación hacia otro tipo de régimen. La respuesta estará en las elecciones de medio término. Mientras tanto, seguirá el déjà vu bajo-imperial.
Fuente: Clarín.com