La paradoja de Génova: quiere «soluciones» con Vox, pero no hay diálogo
Las elecciones del pasado domingo en Aragón marcan un antes y un después en la derecha española. El Partido Popular asume que es casi imposible reducir la dependencia de Vox –cuya subida va quedándole claro que no es flor de un día– y decide tenderle la alfombra para armar un frente común contra Pedro Sánchez. «La mayoría tiene que entenderse con responsabilidad», dijo el pasado lunes Alberto Núñez Feijóo.
Sin embargo, el entendimiento se antoja difícil cuando es precisamente en la confrontación contra el PP y el PSOE donde Vox logra hacerse fuerte. No quiere saber nada del sistema. Ni de los partidos que forman parte del sistema. Y la interlocución tampoco es que sea muy allá.
Desde hace tiempo, la persona designada por Génova para llevar los contactos con Vox es Miguel Tellado. Le echa un capote la portavoz en el Congreso de los Diputados, Ester Muñoz, que tiene buena relación con Abascal y con algunos de sus parlamentarios. Pero ahora, que toca sellar un acuerdo en Extremadura y, todo parece, también en Aragón, no hay ningún diálogo a nivel nacional entre ambos partidos.
Según confirman distintas fuentes a LA RAZÓN, en el caso extremeño es directamente la presidenta, María Guardiola, la que pilota las negociaciones con Vox. Sin la intervención de Tellado. En Aragón todavía es prematuro para saber cómo pretenden encarar el cortejo. Pero la realidad es que si la demoscopia acierta en Castilla y Léon, serán tres las comunidades autónomas donde el PP necesitará a Vox para sacar adelante la investidura. Por no hablar de las que dependen de sus votos para continuar con la legislatura: la Comunidad Valenciana, Región de Murcia y Baleares.
Abascal tiene la última palabra
A diferencia del PP, Vox sí negocia desde Madrid. Cierto es que permite a sus candidatos autonómicos sentarse en la mesa de negociación. Tan cierto como que la última palabra la tiene siempre Abascal, con el mando en remoto desde Bambú, sede nacional.
Es la paradoja de la situación política actual en nuestro país. El PP admite sin reservas que urge «buscar soluciones para gobernar», pero se resiste a entablar una relación fluida a nivel nacional. La última vez que Feijóo y Abascal se vieron las caras fue en junio del pasado año, con motivo del final del periodo de sesiones. Fue un encuentro informal, en el despacho del primero. Desde entonces, que se sepa, sólo han hablado por teléfono una vez: con motivo del relevo de Carlos Mazón en la Comunidad Valenciana. Y, de cuando en cuando, se cruzan mensajes por WhatsApp.
No consta que Feijóo, en primera persona, haya hablado con Abascal para pedirle que desbloquee la situación en Extremadura, donde la némesis con Guardiola complica –y mucho– que las conversaciones puedan llegar a buen puerto. Ayer, el presidente de la Asamblea extremeña confirmó de forma oficial la candidatura de Guardiola a la investidura. A riesgo de que no salga adelante. Porque Vox sigue en el «no». Y parece importarle bien poco que se repitan las elecciones. Abascal deja entrever que está en una posición de fuerza y que el electorado penalizaría al PP y no a Vox.
Desde las elecciones del pasado 21 de diciembre, PP y Vox se han visto en tres ocasiones. «Pocas», dijo hace unos días la aludida. Por más que intenta retomar los contactos, no hay manera. A modo de órdago, ha decidido dar un paso al frente. «Somos la primera fuerza política, con mucha distancia, y sumamos más que toda la izquierda. Me corresponde formar gobierno, ese es mi deber». Pero su contraparte, Óscar Fernández, le respondió en X un día antes, de forma preventiva: «A ver si se entiende: no vamos a dar ni un solo paso atrás». Es decir, que o el PP pasa por el aro, por mucho que se amplíe el diámetro, o no hay nada que hacer.
Y eso que Guardiola reivindica, mañana, tarde y noche, el sentido de la proporcionalidad para rubricar un pacto: «No puede ser que el PP, que ha ganado las elecciones con el 43,2% de la confianza de los extremeños tenga que travestirse de Vox. Porque yo respeto a los votantes de Vox, pero me he presentado bajo las listas del PP, y respeto a los votantes del PP».
Como publicó LA RAZÓN, hasta que no pasen las elecciones en Castilla y León, e incluso las andaluzas del mes de junio, no parece que Abascal tenga muchos incentivos para entrar en ningún gobierno autonómico, como pretende el PP. Salvo que firme un acuerdo que pueda rentabilizar él y nadie más que él. En su paso por la sede de este diario, Alfonso Fernández Mañueco, el siguiente en someterse al examen de las urnas, se mostró escéptico con que, en el fondo, Vox quiera gobernar: «¿Quiere entrar, tiene personas preparadas? Porque tuitear, las redes sociales, eso lo hace cualquiera».