Dictadura de la demografía: el poder silencioso que define nuestro futuro
Mientras que el debate público suele centrarse en cuestiones relacionadas con la economía y la política, hay un problema mucho más profundo y silencioso que está transformando el mundo y, por tanto, también nuestro país. Vamos encaminados a una sociedad donde habrá más jubilados que trabajadores (el 30% de los españoles tiene más de 60 años), y la natalidad ha disminuido por debajo del nivel necesario para mantener estable el número de habitantes. En España es algo dramático que provoca que el «estado de bienestar» se tambalee severamente.
La demografía se convierte en un problema grave cuando el ritmo y características del cambio poblacional superan la capacidad de adaptación que tiene una sociedad. Como decíamos, la demografía estudia la dinámica de las poblaciones humanas; así como su tamaño, estructura, distribución y evolución.
Pero la demografía no es solo una estadística, es el predictor más fiable del futuro social y económico de todo un país, y la necesidad de medir siempre con ítems fiables supone una obligación.
Hemos escrito en varias ocasiones y desde distintos puestos institucionales (cátedra, universidad, Senado, cabildo, ayuntamiento) para advertir de que la demografía de nuestro país es negativa, esto es: hay más defunciones que nacimientos. Y eso supone siempre un problema político (no ideológico) que se puede perfectamente prevenir. Los especialistas en el tema coinciden en que es el predictor más fiable del futuro económico y social de un territorio, como ya habíamos mencionado.
Es verdad que la demografía como cuestión problemática también se ve afectada por otras causas, entre las que se encuentran: el envejecimiento poblacional, el aumento de la esperanza de vida, el descenso del número de personas que se encuentran en edad activa, la menor producción que esto supone...
En este sentido, usamos el término «dictadura» porque la no corrección (con criterios de evidencia científica) de tal problema puede llegar a estrangular a un país: disminución de la población, escasez de jóvenes trabajadores, riesgo de contracción económica, colapso sanitario y, en definitiva, muchas dificultades para ser capaces de mantener los sistemas de protección y estructura social necesarios que se han creado a lo largo de mucho tiempo. España no debe ni puede continuar por sexto año consecutivo con el menor número de nacimientos, con un descenso que alcanza la cifra de 18,3%. Por esto, claramente, se convierte en una dictadura.
Un crecimiento es siempre buen augurio en la medida en que, como dicen muchos especialistas, los gobiernos consigan preventivamente el equilibrio, la sostenibilidad y, principalmente, el mantenimiento de las pensiones, que es un derecho que tiene que ser intocable. Todo esto, de manera inevitable, pasa por ir aparejados con un incremento de la población, con un número mayor de nacimientos que garanticen las adecuadas provisiones de fondos al Estado, que es de todos. A día de hoy, si el núcleo social más importante (que es la familia) no hubiera resistido la crisis demográfica que venimos experimentando, estaríamos hablando de una catástrofe social de primer orden. Por todo ello, debemos (y deben) proteger y «mimar» a este núcleo social básico (la unidad de medida social) que, desde el punto de vista poblacional, precisa su fomento para la continuidad de estas medidas.
Lo primero que se tiene que tener en cuenta es el diagnóstico precoz de las posibles crisis demográficas y conseguir el aumento de medidas efectivas de la natalidad. Y cómo no, establecer la protección decidida a «todas las edades del hombre (humanidad)». También es importante no dedicarse solamente a manejar la inercia, sino cambiar las reglas del juego. El derecho a jubilarse es intocable pero la obligación no lo hace ningún país socialmente serio.
No se puede jubilar al talento por obligación y más en un momento en donde le hemos ganado a la vida, en los últimos cuarenta años, diecisiete. Todo un logro social de primer orden que ha hecho que nuestro país tenga, junto con Japón, a las mujeres más longevas del mundo (86,23 años de media).
Hoy la edad es un ítem que mide poco, de lo que hay que hablar es de «fragilidad», que es un coeficiente calculado en el que la edad es uno de los cuatro ítems a medir. Se pueden tener, por ejemplo, 80 años y sentir menos fragilidad que una persona de 40.
En definitiva, mañana es tarde y se tienen que realizar las correcciones oportunas que estén sustentadas en la evidencia científica, porque su efectividad tarda más de cinco años en hacerse notar. Hay que decir no al edadismo, no a la obligación de jubilarse, y sí al fomento de la natalidad y a la protección de esta.
A por todas, basta ya.