Cuando cambia la rutina más allá del aula
Apenas dos semanas atrás, Yoel González Brito, estudiante de 4to. año de Telecomunicaciones en la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría (Cujae), concluyó sus prácticas laborales y esperaba reincorporarse al nuevo semestre. Entonces llegó la decisión de pasar las universidades a la semipresencialidad, y eso lo llevó de regreso a casa, obligándolo a reorganizar su rutina académica.
Hasta ahora, no le han indicado la incorporación a ningún centro para continuar trabajando. Sin embargo, a través de la plataforma Moodle, la institución escolar se encarga de socializar las informaciones y los contenidos correspondientes a las diferentes asignaturas.
Explica que su Facultad dispone también de Teleportal, un espacio exclusivo de su carrera en el que tienen una comunicación más cercana a sus objetivos escolares.
La comunicación con los profesores se ha mantenido constante a través de WhatsApp, dice. Los mismos docentes han alentado la creación de grupos de estudio entre los estudiantes que viven cerca, una práctica que, según Yoel, ha servido para compartir dudas y avanzar en conjunto.
Este tiempo, reconoce, le ha permitido concentrarse en la investigación y escritura de su tesis de licenciatura. Algo similar ocurre con Jesica López, educadora de Primera Infancia, quien vive esta etapa como un período de ajuste cotidiano y personal.
«La filial universitaria, por su parte, informó que no habrá presencialidad hasta que se emitan nuevas orientaciones. En consecuencia, las dos tardes de clases que antes se dedicaban a la asistencia al aula ahora están reservadas para el estudio independiente», admite. No obstante, su formación no ha sido interrumpida.
«Nos reasignaron a círculos infantiles, escuelas y casas de cultura cercanos a nuestros hogares para evitar traslados largos», explica, consciente de que la medida busca reducir las dificultades de transporte en medio de la coyuntura actual. «Desde allí apoyamos cada jornada en la organización de juegos didácticos, pero también fomentando hábitos de higiene en cada infante con paciencia», reconoce.
Las limitaciones energéticas, la escasez de combustible y las medidas del bloqueo estadounidense han obligado a reconfigurar la vida académica. Pero lejos de paralizarse, los estudiantes, y principalmente los jóvenes universitarios, han encontrado distintas maneras de seguir adelante.
«La vida se ha reorganizado de una forma extraordinaria», asegura Luis Yoel González Méndez, estudiante de 1er. año de Derecho en la Universidad de La Habana. Para él, la transición hacia la modalidad a distancia no ha sido sencilla. Dejar la presencialidad por una etapa cuyo final no se conoce, y asumir el reto de que las clases pasen de un momento a otro a distancia ha implicado un esfuerzo colectivo, refiere.
En ese camino, él prefiere ver las medidas como una oportunidad. Esta etapa «es un momento de autopreparación, de
poner el plus que hace falta para seguir teniendo buenos resultados académicos», declara.
Más allá del aula
En medio de esta nueva dinámica, la FEU ha jugado un papel clave. Luis Yoel destaca que sí ha existido un movimiento de atención hacia los estudiantes para buscar alternativas. Lejos de detenerse, la organización y los profesores han encontrado formas de mantener su presencia.
Por su parte, Daniela Pérez Rodríguez, estudiante de Comunicación Social, comenta que sigue vinculada con el centro donde realizaba sus prácticas laborales. «Aunque no de forma presencial, continúan orientando tareas, con la idea de mantener la relación con la práctica profesional y aplicar lo aprendido en un contexto real», explica.
En su caso, esa dinámica se complementa con su trabajo como community manager en un emprendimiento. «Es una oportunidad para poner en práctica lo que he aprendido en la carrera, pero también para ganar experiencia en un entorno laboral distinto», asegura.
Una opinión similar es la aportada por José Enrique de la Cruz Pérez, estudiante del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI) y dirigente de la FEU en el centro, donde muchos de sus compañeros fueron trasladados hacia sus provincias y las becas cerraron como parte de la semipresencialidad.
«Esta situación también nos brinda la oportunidad de ver a muchos muchachos que están en total disposición de
seguir estudiando, de continuar sus investigaciones a distancia y mantener su vínculo docente a la vez que se vuelven un apoyo en su localidad», afirma José Enrique.
Desde el ISRI se ha fortalecido el sistema de «coordinaciones en las provincias con sus estudiantes, que son los encargados de acompañar a quienes atraviesan distintos niveles de vulnerabilidad en estos momentos», explica. El acompañamiento incluye apoyo en el proceso docente, que hoy se sostiene mediante plataformas digitales y la autopreparación de cada uno luego de recibir los materiales bibliográficos, tanto impresos como en formato digital, agrega.
Solidaridad en tiempos de escasez
La reconfiguración no es solo académica, también es social. Uno de los rasgos más conmovedores de esta etapa es la solidaridad entre los propios estudiantes. Desde Villa Clara, el universitario José Miguel García Hernández coincide en que «la vida universitaria en Cuba se ha reconfigurado hacia un modelo de mayor relación con la sociedad y las necesidades del país».
Él destaca cómo, ante las limitaciones económicas y de recursos, los estudiantes se han integrado a labores docentes como ayudantes de profesores, y participan en actividades productivas como la agricultura urbana y suburbana, al apoyar la producción de alimentos.
Igualmente, Luis Yoel cuenta cómo «hay cosas que nos caracterizan a los cubanos, pero la mejor es saber que en los momentos más difíciles nunca nos va a faltar la mano amiga para ayudar a todo el que lo necesite». La atención a ancianos, niños sin cuidado parental, embarazadas, habitantes de calle, y la vinculación con combinados deportivos y casas de cultura, son algunas de las tareas en que se han involucrado los jóvenes en esta etapa.
A nivel local, son muchos los gestos cotidianos que hoy protagonizan los universitarios. El objetivo, dice, es que «cada quien desde su pedacito aporte algo que sea útil», buscando «la resolución de ese determinado problema en la localidad».
Él mismo lleva tiempo al tanto de la tarea Educando por amor, impartiendo cultura política desde la enseñanza media. «Ha sido positivo poder fomentar el interés entre mis compañeros ante la necesidad creciente que hay de que estudiantes universitarios emprendan nuevas labores con voluntariedad», opina.
En el caso de los estudiantes de Ciencias Médicas, están haciendo guardias, pesquisas activas, vacunación y atención primaria en las comunidades, que corresponden a su formación, ayudando en consultorios y policlínicos. Muchos aseguran que esa experiencia los va a llenar de humanismo y de sentido de la vocación al nivel más amplio, que tiene que ver con la solidaridad y entrega al pueblo.
José Enrique se refiere al compromiso de su generación, y asegura que, desde distintos frentes, los jóvenes cubanos «escriben todos los días una historia de valor, y esos son los jóvenes que nos representan».
Esa capacidad de sobreponerse y continuar formando profesionales útiles a la sociedad es una muestra de la madurez y fortaleza del proyecto educativo cubano. Y es que, al final, de eso se trata, de no detenerse, de buscar alternativas, de seguir siendo útiles a Cuba. Con todos y a pesar de todo.