La violencia antifascista que viene
Vivimos tiempos de violencia política. No deberíamos aceptar con naturalidad que Donald Trump haya sufrido dos atentados durante la última campaña electoral. Tampoco que se asesine a uno de sus colaboradores más cercanos, el joven Charlie Kirk, responsable de mover el voto universitario del país hacia la derecha con su eficaz organización Turning Point USA (como han señalado varios líderes conservadores, Kirk tenía un prometedor futuro como candidato a la Casa Blanca).
Deberíamos rebelarnos ante las imágenes del linchamiento de Quentin Deranque, cuya cabeza fue reventada a patadas por hordas ‘antifa’, respaldadas luego por simpatizantes que justificaron y hasta celebraron su muerte. Los lazos de algún implicado en este homicidio con el partido de Jean-Luc Melènchon, La Francia Insumisa, han sacudido el país vecino. En España hemos sufrido un goteo de agresiones y boicots a Vox, tanto en sus puestos de información electoral como en sus actos en universidades de Cataluña y País Vasco. ¿Irá a más esta oleada de violencia izquierdista?
Una de las películas más debatidas de la pasada temporada fue Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson, que cuenta con un reparto de lujo encabezado por Leonardo Di Caprio, Sean Penn y Benicio del Toro. La historia está vagamente basada en la novela Vineland (1990), del prestigioso Thomas Pynchon, aunque casi todo el mundo la ha interpretado como una fábula contra la América de Donald Trump. La historia es una especie de pornografía para progresistas, que disfrutarán viendo en pantalla cómo se combate contra la derecha del país tirando de explosivos. A ratos, la película parece una terapia catártica para que los votantes demócratas superen el hecho de que Trump les ha ganado las elecciones y, por lo tanto, está legitimado para aplicar redadas contra la inmigración ilegal como las de la milicia ICE.
El punto de partida de la película es la necesidad de que vuelva a la actividad el grupo terrorista French 75, inactivo desde los años setenta. Alguna reseña ha descrito la cinta como una apología de los atentados, “perfecta para que los ‘antifas’ disfruten desde sus celdas”. Otros han sabido condensar el problema en una frase: “Cuando el siempre sudoroso Di Caprio grita ‘¡Viva la revolución!’ mientras pulsa el detonador de bombas se espera que la audiencia lo celebre, y si usted no lo celebra es que las bombas van dirigidas hacia su persona”, escribe Peter Gietl en Blaze magazine. ¿Estamos ante una glamurización del terrorismo progresista?
La perspectiva de la película es más pija que proletaria, como explica el ensayista Matt Fenney en la revista digital Unherd: “El filme trata sobre un grupo de izquierdistas que planean un cambio revolucionario para la América fascista, pero la revolución que intentan organizar es en nombre de las nimiedades morales y el estilo de vida típico de los liberales burgueses (…) Maximizar la libre circulación de familias a través de la frontera entre Estados Unidos y México para que las empresas estadounidenses puedan contar con una mayor oferta de mano de obra mal pagada no es precisamente un objetivo tradicional de la izquierda radical, ni de la clase trabajadora. Es, más bien, una obsesión política de progresistas universitarios que, inquietos por la realidad humana de la aplicación de la ley migratoria, también obtienen sustanciales beneficios en su estilo de vida al tener a todos esos migrantes cerca para recoger sus verduras, procesar sus carnes industriales, cuidar de sus hijos y prepararles deliciosos burritos”, señala.
Estamos ante un activismo de clase alta, dirigido contra un movimiento político —el MAGA trumpista— que apoyan sobre todo los estadounidenses con rentas más bajas, esos a los que Hillary Clinton llegó a llamar ‘deplorables’ en su fallida campaña electoral de 2016. Quienes patearon la cabeza de Quentin Deranque hasta la muerte eran alumnos de exclusiva universidad Science Po de París, dominada por el marxismo y las doctrinas woke. También eran pijos parisinos los que llenaron la Plaza de la República de París el 7 de enero de 2025, la noche de la muerte del líder derechista Jean-Marie Le Pen, para cubrir los monumentos de insultos y amenazas, entre ellas “Marine, Marion: lapidación”, sentencia dirigida a las dos mujeres de la familia Le Pen que decidieron dedicarse a la política.
En España, el pendulazo de los jóvenes hacia la derecha ya no puede ser ignorado por las series de ficción, aunque se les representa de manera esperpéntica. El ejemplo más claro es Salvador, protagonizada por Luis Tosar, que interpreta a un conductor de ambulancia con un historial del alcoholismo, que trata de rescatar a su hija de ambientes neofascistas. La serie peca de estereotipada, con cabezas rapadas “capaces de cruzarse andando medio Madrid, del Bernabéu al puente de Arganzuela, con bengalas y bates (¿quién no tiene un bate de béisbol en Madrid?) sin que ningún miembro de los cuerpos de seguridad les intercepte”, destaca la columnista Rebeca Argudo. Son cuatro kilómetros sin ley, como si la capital de España fuese un parque temático de la violencia ultra.
Miquel Ramos, más conocido como el tertuliano antifascista de La Sexta, tampoco recomienda la serie, por motivos muy distintos. “Uno de los principales problemas a la hora de tratar el tema de la extrema derecha es que las explicaciones que dan los nazis para justificar su odio y su racismo no son confrontadas”, lamenta en una reseña para Público. Es como si esperase que, tras cada frase de los neofascistas, apareciese en pantalla un sociólogo de izquierda para desmontarla. Se queja de que en la trama los militantes ‘antifa’ son violentos e incluso de que aparecen gays con rasgos negativos, entregados a las drogas o dispuestos a robar. Los analistas culturales como Ramos son en realidad comisarios políticos, que no toleran que un joven de derechas pueda tener razón en algo o que un homosexual pueda ser también un delincuente. ¿Se acuerdan ustedes de cuando estaba mal visto construir las películas acumulando clichés y personajes planos?
Aquí debemos comentar algunas verdades incómodas sobre el actual movimiento antifascista, que pretende hacernos creer que seguimos en los años treinta del siglo pasado. Esta tribu está formada, en muchos casos, por universitarios progresistas —periodistas, filósofos, músicos— que no han cuestionado nunca sus propios privilegios de clase. En nuestras radios y televisiones no encontramos expertos para explicar la violencia de extrema izquierda, ni el aumento de la criminalidad que ha traído la emigración masiva, ni el empobrecimiento de los españoles en los barrios populares. Son asuntos políticamente incómodos que se tratan de evitar. Solo hay dinero para antifascismo, que se ha convertido en un pequeño nicho de negocio. Incluso en una causa chic, ondeada por el propio ministro de Cultura.
El gran intelectual Pier Paolo Pasolini lo dejó claro en su texto “El fascismo de los antifascistas”, cada vez más citado: “La responsabilidad es nuestra…No hicimos nada para que los fascistas no lo sean. Sólo los condenamos gratificando nuestra conciencia con nuestra indignación. Y cuanto más fuerte y petulante era nuestra indignación, más tranquila nuestra conciencia”, denunciaba. Conocido por su capacidad profética, Pasolini anticipó que “para protegerse, la burguesía inventará un antifascismo contra un fascismo que ya no existe”.