¿Y la empatía en tres ruedas?
«Oye, termina ya con esta vuelta… y el sábado vamos a hacer el pan, a lo grande, porque estará Ja Rulay en la Tropical, ya tú sabes…». Así le decía un hombre desde su triciclo eléctrico, mientras manejaba, a su colega en funciones idénticas en otro triciclo. Ambos transportaban pasajeros por la avenida 23, y esta «indicación» fue compartida en las cercanías de Coppelia, justo donde concluyen su ruta.
Hablo de triciclos de color azul o verde, gestión privada, que hasta el momento cobraban cien pesos desde ese punto del Vedado hasta la calle 26. Los de color amarillo, tengo entendido que, fruto de una alianza entre el sector estatal y el privado, pertenecen al proyecto Mitigación de los efectos del cambio climático, con el uso de triciclos eléctricos para la transportación de pasajeros en La Habana, auspiciado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en Cuba y el Programa de Pequeñas Donaciones del Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Estos mantienen el cobro de su pasaje en tarifas razonables, pero ante el abuso de otros, provocan asombro entre quienes logran, increíblemente, montarse en ellos.
¿Abuso? Sí, uso la palabra correcta. Me explico. En los últimos tiempos, las calles se han visto marcadas por la desesperación y la incertidumbre relacionadas con la transportación. ¿Cómo llego al trabajo?, ¿cómo llego a mi casa? Son las preocupaciones del momento, porque ya sabemos las circunstancias que padecemos ante la escasez —o ausencia— de combustible debido al recrudecido bloqueo estadounidense. Esta situación ha llevado a un aumento desmedido en el precio de los pasajes de transporte público, y no me refiero a los del sector estatal.
Sin embargo, los triciclos eléctricos se mantienen en la misma situación de antes, es decir, su «combustible» depende de poder cargar su batería. Y la corriente eléctrica, que ciertamente desaparece de nuestros hogares muchas horas y en varios momentos del día —producto de la misma crisis—, hasta donde yo sé, no ha aumentado su tarifa de consumo. Entonces, ante la poca presencia de los conocidos almendrones o carros de otro tipo que se dedican a hacer las rutas habituales de taxis, y la necesidad de las personas, han duplicado sus tarifas. Del Coppelia a 23 y 12 son 200 pesos, y el resto del camino ni pregunto el valor de cada kilómetro.
Esta alza no solo refleja la crisis del suministro energético, sino que también pone de manifiesto el delicado equilibrio entre la necesidad de movilidad de los ciudadanos y la ética del servicio que se ofrece.
Los triciclos eléctricos, que en tiempos más tranquilos representan una opción económica y accesible para muchos, se han convertido en un símbolo de las tensiones generadas por la escasez de recursos. En lugar de colaborar en la búsqueda de soluciones, algunos eligen aprovecharse de la desesperación de sus conciudadanos.
Mas si usted no usa ni gasolina ni diésel para trasladarse, y hace la misma distancia de antes, no puede abusar. Sé que es una especie de cadena en la que cada eslabón depende del otro, pero óigame, afloje.
Es vital recordar que, en tiempos de crisis, es cuando más necesitamos unirnos como comunidad. Hacer un llamado a la cordura y a la solidaridad es esencial. Un enfoque más compasivo podría incluir la posibilidad de fijar tarifas justas y razonables, que permitan tanto la sostenibilidad del negocio como el acceso asequible al transporte.
Ahora se pide un poco más de empatía, en tres o cuatro ruedas, pero que exista. Hoy por ti, mañana por mí. Nadie sabe.