Volver al prestigio hurtadoDe este modo, una de las principales empresas de Vital, doctora en Historia por la Universidad de Salamanca, ha sido devolverle a Urraca ese prestigio hurtado por los cronistas: «Su memoria se construyó sobre un juicio previo ligado a su condición de mujer», apunta de lo que considera «una de las figuras más fascinantes –y, sin embargo, menos conocidas para el gran público– de nuestra historia». «Las crónicas coetáneas recurrían constantemente a la idea de que ella no estaba capacitada para gobernar. Con el tiempo, esa percepción se fue cargando de elementos peyorativos, fruto de un juicio moral que reforzaba la visión de la reina como débil, incapaz, de mala reputación e incluso deshonesta, despojándola de toda agencia política», explica la historiadora.
Los conflictos producidos durante su reinado se atribuían de «manera desproporcionada a su sexo, borrando deliberadamente su papel como gobernante activa», denuncia Vital de una visión que «no surgió de la nada», sino de que la Edad Media heredó el pensamiento clásico, de la tradición bíblica y de los escritos de los padres de la Iglesia, de la mujer como «inferior, débil y proclive al pecado», enumera.
En el siglo XII, esta concepción se reforzó en el mundo feudal, donde la jerarquía masculina se veía como natural y quedaba equiparada a la relación señor-vasallo, y en la Iglesia, que con su reforma promovía una sociedad jerarquizada y regulada, asignando a la mujer un papel subordinado y asociado a lo profano.
Bajo la tutela de un hombre (otra vez)
En 1109, tras la muerte de su padre, Alfonso VI, Urraca accedió al trono de León y Castilla como reina titular y soberana por derecho propio, una posición inédita que tuvo que proteger desde el primer momento pues se le impuso un matrimonio con Alfonso I de Aragón y Pamplona, lo cual la sometía de nuevo a una tutela masculina y limitaba su poder.
Su condición femenina acabó eclipsando su papel político. Las críticas de los clérigos del siglo XII fueron amplificadas por cronistas del XIII, fijando una memoria que la presentó como «una reina débil, incapaz y de mala reputación y que borró su agencia como gobernante», se explica en la biografía. «Consciente de los límites que su condición femenina imponía a su reinado, Urraca los superó mediante estrategias de legitimación, negociación y alianzas, manteniéndose en el poder sin someterse a tutela masculina».
Lejos de lecturas de género, Urraca tomó el mando por su «firme voluntad de ejercer el poder de manera efectiva» en mitad de un ecosistema que esperaba de ella la cesión del protagonismo político. «Su reinado revela una clara agencia política, visible en su resistencia a ceder poder, en su capacidad de negociación con los sectores de poder y en la construcción de un modelo de realeza femenina sin precedentes», defiende el libro. Porque el «verdadero hito» de esta mujer no fue su título de reina ni lemas reduccionistas, «sino el ejercicio mismo del poder regio», sentencia la doctora en Historia.
La académica no duda de su «habilidad política» en mitad de lo que denomina «un terreno complejo, basado en equilibrios frágiles y alianzas inestables, que exigía una negociación constante. En ese momento se inicia un largo recorrido en el que Urraca logró mantener el poder, pero no sin conflictos: tuvo que negociar, enfrentarse a sus adversarios, a veces por medio de las armas, y desplegar toda una serie de estrategias para defender su autoridad y su lugar en el trono».
Vital señala cómo la ausencia de referentes femeninos obligó a la monarca «a construirse como reina reinante, forjando y reforzando de manera constante su propia imagen soberana, lo que evidencia su habilidad política y su destreza en el ejercicio del poder». Urraca ejerció un poder «plenamente soberano» que no se ajustó al papel tradicional de reina consorte ni actuó como figura secundaria: «Tras su separación de Alfonso I de Aragón y Pamplona, gobernó en solitario, con autoridad, asumiendo tanto funciones habitualmente atribuidas al rey como aquellas tradicionalmente vinculadas a la reina. Actuó en primera persona en todos los ámbitos del poder monárquico y se mantuvo, hasta su muerte, en el trono durante 17 años».
Más que un simple eslabón
«Urraca. Una reina en el trono de un rey» insiste en la necesidad de integrar su gobierno de manera plena en la historia política de la península ibérica. Porque, como destaca la autora, «no fue un simple eslabón entre Alfonso VI y Alfonso VII, como terminaron por fijar las crónicas posteriores: su hijo no heredó el reino directamente de su abuelo, sino de su madre. Ese proceso se desarrolló, además, en un escenario marcado por dos cambios dinásticos y por las profundas reconfiguraciones de los equilibrios de poder que eso suponía. Entre ambos reinados no hubo una mera transmisión de la autoridad, sino el resultado de un prolongado proceso de afirmación del poder regio, de construcción consciente del poder real por parte de la reina y de una agencia política que no puede, ni debe, subestimarse».
La monarca desarrolló una estrategia de autorrepresentación muy cuidada: «Sin renunciar a su condición femenina, adoptó los símbolos y las formas tradicionales de la soberanía. Un testimonio excepcional de esta estrategia lo ofrece la acuñación de moneda, una prerrogativa regia de enorme fuerza simbólica –argumenta Vital–. A través de las monedas, Urraca difundió su imagen y su nombre por todo el reino, presentándose como la figura central del orden político y afirmando públicamente su legitimidad. En especial, las emisiones figurativas con su efigie se convirtieron en una poderosa herramienta para hacer visible el poder que ejercía y para proyectar con claridad cómo quería ser reconocida y recordada por sus súbditos».
UNA RELACIÓN MADRE-HIJO NO TAN MALA
Tradicionalmente se ha presentado como la relación de Urraca con su hijo, el futuro Alfonso VII el Emperador como «conflictiva». Y si así ha sido, es, en gran medida, por la influencia del relato de la «Historia Compostelana», en la que se dibuja a una madre enfrentada a su hijo y a un obispo, Diego Gelmírez, actuando como mediador constante. «Con el paso del tiempo, esta imagen se reforzó hasta consolidar la idea de que Urraca habría antepuesto la conservación de su poder a los derechos sucesorios del infante», explica Vital Fernández: «Sin embargo, la documentación ofrece una lectura distinta. Cuando Urraca decidió gobernar en solitario, la presencia de su hijo a su lado en los documentos tenía un claro valor político: reforzaba su legitimidad y garantizaba la continuidad dinástica».
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