Carlos V e Isabel de Portugal, quinientos años de la boda que cambió la la historia
El casamiento entre el emperador y la infanta no fue solo un acontecimiento cortesano de la mayor fastuosidad, epítome de las celebraciones renacentistas, sino también, sobre todo, una operación política y económica de gran trascendencia para el devenir de ambas coronas, una que, a la postre, y más allá de lo previsto por quienes lo organizaron, condujo a la formación en 1580 del mayor imperio que el mundo había conocido hasta entonces. En la alta política de la época, los intereses de la corona estaban por encima de los deseos de los infantes.
Aunque no era su propósito inicial, el mayor logro de esta boda fue la unión ibérica
Desde su niñez, según las circunstancias políticas, se había buscado sellar el compromiso de Carlos con distintas infantas, como Claudia de Francia –que acabaría casándose con el rival por excelencia del futuro césar, Francisco I– o María de Inglaterra –que contraería nupcias con Luis XII de Francia–. En la adultez, ya en 1522, cobró fuerza la opción de María Tudor, pero a la postre el emperador acabó decantándose por Isabel, hermana de Juan III de Portugal. Y es que María no llegaba a los diez años de edad –se casaría con Felipe II en 1554– y al césar le urgía procrear un heredero. El propio[[LINK:TAG|||tag|||6336163c87d98e3342b26daf||| Carlos]] explicó los motivos a Agostino Grimaldi, obispo de Grasse y regente de Mónaco, en una carta fechada el 30 de noviembre de 1525. «Además del natural deseo de dejar descendencia» y de «las dotes y virtudes» de la infanta, mencionó «el consentimiento unánime del pueblo español, quien, con frecuentes ruegos y peticiones, nos impulsa a que optemos por dicha esposa».
La nobleza castellana
En efecto, en varias ocasiones, la última de ellas ese mismo año, las Cortes de Castilla habían instado al rey a realizar la boda portuguesa, una opción que conjugaba tanto los deseos de la nobleza castellana de un heredero nacido y criado en la península como las necesidades pecuniarias del emperador, que esperaba recibir por el compromiso una dote muy sustanciosa. En ese momento, tras la espectacular victoria de su ejército en la batalla de Pavía y la captura de Francisco I de Francia, al que tenía cautivo en Madrid, Carlos planeaba viajar a Italia para que el papa Clemente VII lo coronase como emperador, lo que supondría su victoria definitiva en la pugna con Francia por la hegemonía. Sin embargo, sus arcas estaban vacías, y además no tenía una persona de confianza y suficiente estatus a quien dejar como regente en los reinos españoles durante su ausencia.
De los 13 años del matrimonio, solo estuvieron juntos dos por las guerras que reclamaban a Carlos
El casamiento con Isabel de Portugal solventaría ambas cuestiones. Una vez soslayado un obstáculo de naturaleza política –la cuestión de las islas de las Especias, que no se resolvería hasta la firma del Tratado de Zaragoza en 1529–, y solventado un obstáculo de tipo religioso –hubo que pedir una dispensa pontificia, pues Carlos e Isabel eran primos hermanos–, se celebró el enlace por poderes. En la corte portuguesa se representó para la ocasión la comedia Don Duardos de Gil Vicente, cuyo tema central es el amor. A finales de enero de 1526, Isabel se puso en camino desde Lisboa. La aguardaba en la raya, entre Elvas y Badajoz, una comitiva que presidían el duque de Calabria, el duque de Béjar y el arzobispo de Toledo. Desde allí viajó la infanta hacia Sevilla acompañada de un nutrido séquito de señores y caballeros españoles y portugueses. El camino los condujo por Badajoz, Talavera la Real, Almendralejo, Llerena, Guadalcanal, Cazalla, El Pedroso, Cantillana y San Jerónimo. A su paso se sucedieron recepciones solemnes, entretenimientos y juegos, ningunos, eso sí, tan suntuosos como los que aguardaban en Sevilla, entonces la urbe más rica y poblada de España, puerta de entrada del comercio y las riquezas de las Indias.
El emperador y la infanta debían entrar juntos en Sevilla, pero Carlos se retrasó una semana, pues ciertas gestiones con Francisco I de Francia, que seguía cautivo en Madrid y con quien había firmado la paz unas semanas antes, exigieron su demora. Así, Isabel arribó a la ciudad el 3 de marzo, mientras que Carlos hizo su entrada el 10, motivo más que de sobra para celebrar sendos recibimientos con todo el aparato y la pompa previstas. Las calles de la metrópoli hispalense estaban adornadas con siete arcos triunfales de arquitectura efímera, tapices y representaciones que conformaban un verdadero teatro urbano. El encuentro entre el césar y su mujer, así como los esponsales, se celebraron en el Real Alcázar en la intimidad cortesana. Los casó en persona el cardenal Salviati, legado del papa Clemente VII, y estuvieron juntos hasta tarde, pues se celebró primero un baile y el arzobispo de Toledo ofició misa para ellos a las doce de la noche en la cámara de la emperatriz. Después, en palabras del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo: «En tanto que el emperador estaba en su cámara, se acostó la emperatriz, y desque fue acostada, pasó el emperador a consumar el matrimonio como católico príncipe».
Guerras constantes
La sintonía entre los jóvenes cónyuges fue inmediata. Escribió el embajador portugués Azevedo Coutinho que «entre los novios hay mucho contentamiento, a lo que parece, porque están en la cama hasta las diez y las once, y en cuanto están juntos, aunque todo el mundo esté presente, no ven a nadie; ambos hablan y ríen que nunca hacen otra cosa». Los festejos por el enlace fueron fastuosos: se corrieron toros, hubo juegos de cañas y sortijas, y varias justas, en una de las cuales intervino el emperador en persona. El 13 de mayo, los novios y su séquito se despidieron de Sevilla y emprendieron el camino a Granada sin que la ternura aminorase. Fue allí precisamente, en la Alhambra, donde concibieron al esperado heredero, el futuro Felipe II. También allí, empero, llegaron nuevas sobre la derrota y muerte de Luis II de Hungría ante los turcos en Mohács y de la traición de Francisco I y la formación de la Liga de Coñac contra el emperador, ideada por el papa.
De los trece años que duró el matrimonio entre Carlos e Isabel, solamente estuvieron juntos dos. Las guerras incesantes contra Francia, el Imperio otomano y los príncipes alemanes protestantes tuvieron al emperador continuamente ocupado y de viaje fuera de España. Entre tanto, Isabel ejerció de regente de los reinos españoles. La emperatriz falleció el 1 de mayo de 1539 de resultas de las complicaciones de un parto prematuro. Carlos, desconsolado, no volvió a contraer nupcias y, si exceptuamos el breve romance con Bárbara Blomberg –del que nació don Juan de Austria–, no volvió a mantener una relación amorosa. Prueba del amor y la veneración que el césar profesó a su mujer es que, poco antes de fallecer en el monasterio de Yuste en septiembre de 1558, pidió contemplar el retrato que de ella pintó [[LINK:TAG|||tag|||63361a4e87d98e3342b2749b|||Tiziano]] –hoy conservado en el Museo del Prado–. Este cuadro, por cierto, lo pintó el maestro por encargo del emperador en 1543, es decir, tras la defunción de la emperatriz, y, aunque para ello se basó en retratos preexistentes, Carlos no quedó satisfecho y le pidió cambios en el rostro, del que prefería conservar una visión idealizada.
Un conjunto de casualidades convirtió el matrimonio entre Carlos e Isabel en un episodio de la máxima trascendencia histórica. Si en el momento del enlace la sucesión de la casa de Avis en Portugal parecía más que asegurada –Juan III era joven y contaba con muchos hermanos–, para cuando Carlos murió, el rey era un niño de cuatro años, Sebastián I –nieto de Juan– y su heredero era el cardenal Enrique, su tío abuelo, un hombre ya maduro. La muerte sin descendencia de Sebastián en la batalla de Alcazarquivir en 1578, seguida dos años después del fallecimiento de su tío abuelo, que pidió sin éxito al papa Gregorio XIII que le dispensase de sus votos para poder casarse y tratar de salvar la dinastía, propició la subida al trono portugués del primogénito de Carlos e Isabel, Felipe II. Aunque no había sido el propósito de la boda, su mayor logró fue, irónicamente, la unión ibérica.