Intervencionismo militar de Trump ¿a México?
El ataque contra Irán disparó alarmantemente el precio del petróleo —incumpliendo una bandera electoral central de los republicanos—, por lo que Trump tuvo que declarar el fin de la guerra. Hoy, sabemos que menos del 30 por ciento de los norteamericanos apoyan este movimiento militar.
Días después, con popularidad desgastada, Trump lanzó el “Escudo de las Américas”, como una nueva alianza hemisférica para combatir a los cárteles de la droga; otra bandera electoral.
Solo que lo hemisférico se redujo a gobiernos aliados o de derecha y excluyó, entre otros, a México, Colombia y Brasil.
Al excluirnos y mencionarnos como el epicentro de la violencia y del narcotráfico en la región, muchas voces han cuestionado si el “Escudo” será la pieza faltante para legitimar una intervención militar en México.
Irresponsablemente, esta narrativa está siendo arropada y difundida por distintos sectores.
En términos objetivos, a Trump le sobran intenciones para meter mano militar en nuestro país, mas no necesariamente razones.
Cierto que él mismo ha demostrado que no las necesita para consumar estrategias, pero tampoco apoyo o alianzas externas. Así como —por lo menos con Venezuela e Irán—, no anticipa y simplemente ejecuta.
Pero supongamos que existe un cambio de lógica y ahora necesita aliados. Si el objetivo real del “Escudo de las Américas” fuera construir una verdadera coalición operativa contra los cárteles, sería un error de diseño gravísimo excluir a México, Brasil y Colombia, pues son en donde se produce, transita y combate la mayor parte del mercado de drogas del hemisferio.
Las organizaciones criminales transnacionales no se desmantelan mediante alianzas simbólicas, intervenciones militares externas u operativos aislados.
El combate efectivo contra el narcotráfico, y Trump lo sabe, depende de inteligencia financiera, cooperación judicial y fortalecimiento institucional.
Nada de eso se construye excluyendo a los actores centrales del problema. Por ello, pienso que la exclusión no es un defecto del proyecto, sino su esencia.
Así, el Escudo de las Américas es una arquitectura de presión y una bandera política de fortaleza regional.
No es un acuerdo entre países, es símbolo de músculo sobre países como bandera electoral interna.
El nombramiento de Kristi Noem lo confirma. Noem fue removida de la Secretaría de Seguridad Nacional, uno de los puestos más sensibles de seguridad interna, tras una mala gestión.
Designarla después como rostro de seguridad hemisférica nos habla de la verdadera naturaleza política de la misma.
Nadie puede negar que México enfrenta una presión sostenida de Washington en materia de seguridad, extradiciones y control migratorio.
A ello, el gobierno de México ha respondido con resultados medibles en decomisos, detenciones y extradiciones. ¿Qué no hemos hecho? Permitir que Estados Unidos ejecute operaciones militares en nuestro territorio, ni lo debemos permitir.
Por eso México no está dentro de la alianza, pero tampoco es que esta sea en contra nuestra.
Además, la integración económica de México y Estados Unidos hace incosteable cualquier conflicto bilateral, por lo que esta teoría de posible intervención cae económicamente por sí sola.
Por supuesto, no es una buena idea para México, pero tampoco es sostenible electoralmente para Estados Unidos.
El verdadero desafío para México se traduce entonces en fiscalías con capacidad real de investigación; personas juzgadoras que puedan sancionar eficazmente a estructuras criminales complejas; e instituciones que no sean permeables a la corrupción.
Y justo ahí es donde la cooperación internacional puede ser genuinamente útil y cuyo ejemplo se demostró con el operativo de “El Mencho”.
El Escudo de las Américas no es una estrategia de intervención militar, es una jugada política con ropaje de estrategia.
Entender que hay muchos resultados pendientes por parte de México, pero aceptar que es insostenible que los haga alguien más, es nuestro punto de encuentro.