Languedoc: entre las esclusas del «chic» mediterráneo
Béziers se levanta sobre el sol que baña el Mediterráneo.
La vecina Playa de Valras, a 16 kilómetros, y la tranquila Plage
Richelieu, a menos de 30, no han sucumbido a las aglomeraciones, pero sí al
placer relajado de acompañar una copa de vino con la jugosidad de unas ostras
carnosas. Dicen que es la ciudad más antigua de Francia. De hecho,
en esta coqueta localidad cercana a los 80.000 habitantes, situada en el Languedoc-Roussillon
(región que junto a los Midi-Pyrénées conforma la Occitania), las
excavaciones arqueológicas desvelaron la existencia de la ciudad griega Rhòde:
entre la Rue de la République y la Place de la Madeleine, cerca
de 40 hectáreas escondían un latido clásico que databa del siglo VII a.C.
Bautizada por los romanos como Baeterrae, sus
habitantes no envidian los Campos Elíseos parisinos porque tienen su
propia alameda histórica. El paseo Paul Riquet, en honor a uno de sus
hijos más ilustres, amanece todos los viernes con un delicado olor a flores,
entre claveles del aire y los generosos bouquets de hortensias frescas y
azulonas que Monsieur Ginestais envuelve con una sonrisa. Aquí el pecado
capital sería perderse la vida apacible de sus días de labor, la feria de su 15
de agosto o el «Coque d’or», un brioche azucarado y madrugador que
dulcifica las vitrinas de Le Cristal y honra al patrón de la localidad, Saint-Aphrodise.
La Boulangerie-Pâtisserie se encuentra en el citado bulevar, que
delimita la frontera entre la ciudad antigua y la nueva. En esta, los vestigios
medievales armonizan con el retrogusto agradable de un pasado próspero,
fruto maduro de una viticultura que continúa en auge. Muy cerca queda el
Marché des Halles, laureado como el mercado más bonito de Francia en 2025.
Un título que se mima con puestos de productos locales y una estructura
armoniosa, estilo Baltard, que el sol acaricia sin pudor mientras el
paladar se rinde a una colección de tablas de quesos y delicatessen
mediterráneas.
Béziers no sería la ciudad encantadora del sur sin un paseo
veraniego por su Puente Viejo o la presencia altiva de la catedral de
San Nazario, levantada sobre las cenizas de un templo. También le restaría
encanto si alguien nos privara de una parada en alguno de los cafés cercanos al
Ayuntamiento, construido por los cónsules de Béziers, en el siglo
XIII, allí donde se ubicaba el antiguo foro. Y, por supuesto, sin la
gran obra del ingeniero Riquet, que materializó el sueño histórico (y
comercial) de unir el Mediterráneo y el Atlántico gracias a la conexión de su Canal
du Midi, Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1996, y el Canal
de la Garona. En la actualidad, las esclusas de Fonseranes
constituyen uno de los principales pretextos para viajar al
Languedoc-Roussillon: un desnivel construido entre 1676 y 1680 que salvó
una altura de 21,50 metros, a lo largo de 312 metros, e inspiró
futuros colosos de la ingeniería civil. El paseo a pie o en bicicleta
por los senderos botánicos circundantes es muy agradable cualquier época
del año, aunque el dorado que el otoño cálido desliza por sus aguas navegables
es inolvidable.
Otra versión del ingenio ha quedado inmortalizada en la ruta
de los trampantojos: 19 escenografías de artistas locales que rememoran,
desde 2014, acontecimientos y personajes relevantes. No faltan entre
estos engaños juguetones la música del compositor Camille Saint-Saëns o Le
Dépit amoureux, la obra que Molière estrenó en la localidad un
diciembre de 1656. Este arte en las fachadas es una «esclusa» más para
descubrir Béziers, el bastión cátaro que aún se recuerda.
La ilusión: châteaux entre viñedos
La elegancia de los châteaux Domaine & Demeure, edificios históricos restaurados, no son una ilusión óptica.
Y la tranquilidad que inspiran los viñedos «infinity» que se divisan desde sus habitaciones, y villas, tampoco. El Château Les Carrasses se encuentra a 18 km al oeste de Béziers y es un destino en sí mismo.
No obstante, si alguien
quisiera saborear los alrededores, la cercana Capestang contagia el «savoir-faire»
de la región. Por aquí pasa un tramo de los 240 km del Canal du Midi,
punto de partida de una ruta en bicicleta que transcurre entre un bosque
mediterráneo, olor a vendimia temprana, atardeceres de fuego y el sonido de
los pájaros entremezclado con el ruido de una cosechadora lejana. Parte
del pedaleo se cuela entre el bucólico entorno natural de Les Carrasses,
piedra angular de esta colección de alojamientos con gusto nacida en 2011
gracias al irlandandés Karl O’Hanlon (cautivo de la belleza de los
veranos de su infancia en el sur de Francia) y Anita Forte, su esposa.
En 2016, previa alianza con los viñedos de Bonfils, el Château
St Pierre de Serjac se incorporó a la filosofía de saborear estancias
impecables en castillos emblemáticos, donde el lujo se expresa, sin corsés,
entre candelabros art decó, sillas aterciopeladas estilo Luis XVI,
bañeras imperio y restaurantes muy «chic» y sostenibles: un km
0 auténtico fruto de sus huertos, donde abundan aromáticas y flores
comestibles.
Desde 2021, el Château Capitoul forma parte de
la colección Domaine & Demeure. Está enclavado al borde del macizo de La
Clape y sus 44 villas (algunas con piscina privada) observan el
despertar de flamencos y aves migratorias sobre la laguna. El mar
está próximo. Y Narbona, donde es posible acariciar las piedras
calcáreas de la Via Domitia y elevar los ojos hacia la Catedral de
San Justo y San Pastor. Se encuentra muy cerca de aquella obra colosal de Pierre-Paul
Riquel, en un ramal llamado Canal de la Robine. Y se quedó sin
terminar, ya que las obras catedralicias se paralizaron para no demoler las murallas
romanas. Al menos el tiempo de su nave central se quedó congelado en un
lugar excelso. El coro.