Sánchez sacude al PP con Aznar y la guerra de Irak para explicar su posición en la guerra de Irán, dos décadas después
El Congreso de los Diputados, a veces, funciona como una máquina del tiempo. Las Cortes son el teatro en el que la política española lleva décadas actuando. Y este miércoles ha viajado atrás en el tiempo 20 años. El presidente, Pedro Sánchez, ha sacudido al PP con el expresidente Aznar y la memoria de la guerra de Irak para explicar la posición su gabinete en la guerra de Irán.
Desde la tribuna del Congreso, el presidente ha vuelto a airear un mensaje cuidadosamente construido en la sala de estrategia de Moncloa: “no a la guerra, sí a la paz”. Pero no ha sido solo una consigna, sino un intento de refrescar la memoria colectiva de la izquierda española con un episodio que dividió al país en dos en 2003 y en 2004.
Sánchez ha evocado el 15 de febrero de 2003, aquella jornada en la que millones de ciudadanos salieron a la calle contra la guerra de Irak. Sánchez se ha situado a sí mismo en esa fotografía, a pie de calle, como uno más entre quienes rechazaron una intervención que hoy ha calificado de ilegal.
No ha sido un recuerdo inocente. Ha sido una forma de proyectar su pertenencia a una comunidad política que dio al PSOE la victoria hace dos décadas con una moralidad que cree intacta en la sociedad española para afrontar esta nueva crisis en Oriente Medio. “Como muchos otros conciudadanos, yo fui uno de ellos. Viví a pie de calle el orgullo y el coraje de una sociedad que se negó a renunciar a sus principios”, ha dicho.
El paralelismo ha sido explícito. Entonces, estuvieron George W. Bush y José María Aznar. Hoy, el tablero lo ocupan Donald Trump, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal. Y el escenario, ha advertido, es todavía más peligroso: Irán no es Irak. Tiene más población, más peso económico y, por tanto, mayor capacidad de desestabilización global, ha advertido Sánchez: “No estamos ante el mismo escenario… estamos ante algo mucho peor”
A partir de ahí, el presidente ha desplegado un relato de alto impacto. En apenas un mes de conflicto, el balance que ha presentado ha sido el de una guerra que ya ha desbordado lo militar: cerca de 2.000 muertos confirmados, millones de desplazados entre Irán y Líbano y una escalada regional que amenaza con cronificarse.
El líder socialista ha señalado directamente al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, por su estrategia en la zona, al tiempo que también ha condenado la respuesta del régimen iraní por “cruel e ilegal”: “Las bombas han alcanzado ya más de 3.000 objetivos… pero también, por desgracia, viviendas, hospitales, escuelas”, ha lamentado.
Pero el núcleo del discurso no ha estado solo en lo humanitario. Sánchez ha puesto el foco en las consecuencias económicas, un terreno donde el Gobierno ha buscado trasladar la guerra al bolsillo de los ciudadanos para erigirse en protector. Ese Estado como leviatán del cuidado.
Sánchez ha hablado de un golpe global al comercio, al turismo y al tráfico aéreo, del encarecimiento de materias primas clave y de un impacto directo sobre la economía española cifrado en más de 100.000 millones de euros en pérdidas en menos de un mes. “Cada bomba que cae en Oriente Medio acaba golpeando el bolsillo de nuestras familias”, ha zanjado.
Con esos datos, el presidente ha construido su tesis central: la guerra no solo es injusta, sino también inútil. Según su relato, lejos de estabilizar la región, ha debilitado la legalidad internacional, ha reactivado conflictos latentes en Oriente Medio y ha reforzado indirectamente a actores como Rusia, que se ha beneficiado del alza de los precios energéticos. Incluso ha alertado de un efecto dominó en la proliferación nuclear, mencionando a Pakistán y Corea del Norte. “Resumiendo… esto es un desastre absoluto”
En paralelo, el jefe del Ejecutivo ha querido trasladar la idea de que el Gobierno no solo ha diagnosticado el problema, sino que ha actuado. Ha reivindicado cinco grandes frentes de actuación con los que el Ejecutivo ha tratado de marcar perfil propio en la crisis. En primer lugar, ha subrayado la negativa a permitir a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón para la operación militar. “Somos un país soberano que no quiere participar en guerras ilegales”
Pero Sánchez no se ha quedado ahí. También ha defendido la evacuación de 8.000 españoles atrapados en la zona, el envío de ayuda humanitaria y el refuerzo del flanco europeo con el despliegue de una fragata -la Cristóbal Colón- en el Mediterráneo oriental para la defensa de Chipre, amenazado por Irán. A ello ha sumado la aprobación del Plan de Respuesta a la Guerra de Oriente Medio, que el Gobierno ha presentado como el mayor escudo social y económico de la Unión Europea, y cuya convalidación queda pendiente del aval del Congreso este mismo jueves.
El jefe del Ejecutivo también ha asegurado haber acelerado la transición energética para reducir la dependencia exterior y ha intensificado la diplomacia. Sánchez ha destacado que España ha sido de los primeros países en alzar la voz en la UE y que ha mantenido contactos con una treintena de líderes internacionales para tratar de frenar la escalada. “El derecho internacional, el multilateralismo y la diplomacia son las mejores herramientas”
Ese despliegue ha servido al presidente para reforzar su marco político: España, según su relato, se ha situado como referencia en la defensa del derecho internacional frente a una guerra que ha calificado de “ilegal, absurda y cruel”. Y ha introducido un concepto con carga interna: el patriotismo, entendido no como alineamiento automático con los aliados, sino como la capacidad de plantarse cuando se vulneran los principios que rigen el orden internacional. “Patriotismo es oponerse a una guerra ilegal”
El cierre de su intervención ha sido abiertamente político. Sánchez ha dirigido sus críticas al Partido Popular y a Vox, a quienes ha acusado de avalar la guerra “por acción o por silencio”. Ha introducido así una línea de confrontación nítida: frente a quienes, a su juicio, han repetido los errores de Irak, el Gobierno se ha presentado como dique de contención. De nuevo, el muro interno. “Callar ante una guerra injusta… es un acto de cobardía y de complicidad”
La idea que ha querido fijar en el hemiciclo ha sido clara: callar ante una guerra injusta no ha sido neutralidad, sino complicidad. Y ha ido un paso más allá al advertir de que España no ha sido ni va a ser cómplice “de agresiones ilegales ni de mentiras disfrazadas de libertad”. “España no va a ser cómplice… no, esta vez no”.