Suzanne Vega, de ratas y ángeles
Han pasado más de 11 años desde su último material original y Suzanne Vega tenía muchas historias en el tintero. La estadounidense, que se hizo célebre a mediados de los 80 con éxitos como «My Name is Luka» y «Tom’s Diner», publicó el año pasado un trabajo, «Flying With Angels», que presenta en España los próximos 30 y 31 de marzo, en Pamplona y Madrid. «No era mi intención tardar tanto tiempo en publicar estas canciones, pero me involucré en el mundo del teatro, con diversos proyectos... y llegó el Covid y empecé de nuevo desde cero porque el mundo cambió y yo quería canciones que hablasen de la realidad. La verdad es que el tiempo pasa volando», dice la estadounidense al otro lado de una videollamada.
El disco está construido desde su experiencia en los últimos cinco años. «El desastre que supuso la pandemia y los tiempos no menos complicados que estamos viviendo después de aquello. Creo que captura ese sentimiento de emergencia, la tensión del escenario político, por supuesto. Yo me quedé atrapada en Nueva York cuando llegó el confinamiento y empecé a tomar notas. De ese cuaderno salen las canciones del disco no se trata de viejos recortes que haya desempolvado del cajón», explica la intérprete. Cuando mira alrededor, en su país, ¿qué ve? «Creo que estamos haciendo frente a una enorme cantidad de problemas en mi país y me gustaría ver una solución rápida, aunque no la veo. En todo caso, no creo, o no quiero creer, que esto sea el fin del mundo o de la democracia, pero me parece que tenemos que hacer fuerza en la misma dirección si no queremos que esto termine mal. Va a costar limpiar este desastre», asegura. No es un disco pesimista, desde luego. «No lo creo. Pero conseguí que no lo fuera disfrutando musicalmente y dándole a cada canción su sabor». Hay, como dice Vega, un tema punk, otro folk, uno soul y, por supuesto, alguna hermosa balada. Hace falta mucho talento para hacer todas esas cosas tan distintas tan bien. «Te digo la verdad: esas canciones llegaron del aire, como todas la buenas», apunta, como buena tahúr, sin revelar su mano.
El Nueva York perdido
El trabajo mira la realidad a pie de calle. «Mis canciones hablan de ángeles, como se dice en el título, y de ratas, y de todo lo que hay en medio –sonríe–. Es un álbum muy humano que contiene muchas heridas». En «Rats», Vega narra cómo era el Nueva York de comienzos de los 80, cuando ella buscaba el reflejo de los Ramones y Lou Reed, pero ya no frecuentaban el CBGB ni el Max’s Kansas City. «Yo era una chica con su guitarra acústica que estaba en el mundo del folk. La verdad es que llegué tarde, pero pude conocer a algunos, como Joey Ramone y a los Birthday Party. Les admiré mucho por la manera de escribir, esa economía del lenguaje, esa manera natural de contar las cosas. Y por la forma de vestirse, con esas chaquetas de cuero y las zapatillas sucias. De todas maneras, me enamoré de ellos enseguida». Ahora dicen que Nueva York no es más que un decorado que ha sido vaciado de gente real para montar Starbucks para turistas. «Bueno, eso no es exacto. Hay todavía vecinos de siempre o al menos su hijos. Sigue habiendo la mezcla entre los muy ricos y la gente humilde, aunque cada vez haya menos espacio para estos últimos». Vega, criada en el Spanish Harlem, se confiesa inspirada por la figura de Bad Bunny. «Creo que su discurso en los Grammy y su actuación en la Superbowl fueron históricas. No digo que estén a la misma relevancia, pero me recordó a Martin Luther King cuando señaló que solo el amor puede vencer al odio. Eso ya se ha dicho antes pero hacía falta repetirlo. Me emocionó escucharle», explica la cantante. Uno de sus primeros recuerdos musicales «es un disco de flamenco. No recuerdo cuál, ni de quién, pero sí la portada y los olés del público en la grabación. Me conmovió, la verdad, me hizo sentir unas frecuencias de emoción que no son nada habituales en la música pop», explica.
Vega se convirtió en superestrella cuando la música era un negocio solo de hombres. «Tuve mis luchas, la verdad. Pero nunca pensé que tuviera que pelear más por el hecho de ser mujer, sino porque estar en el negocio era como nadar en una pecera con tiburones. En mi caso, pasé de no ser nadie a vender dos millones de discos en el plazo de dos años», recuerda. De algo se muestra más orgullosa: «De mi manera de interpretar, en directo. Cuando tuve éxito por primera vez, me vi superada por la repercusión. Me sentía avergonzada y tímida para moverme por el escenario. Pero ahora ya he encontrado quién quiero ser, cómo relacionarme con el público. Me siento libre y fuerte y es tan liberador...».