Se retira Carolina Marín, la McEnroe del bádminton, la extraterrestre que pudo con un imperio
Carolina Marín nació en Huelva el 15 de junio de 1993, pero mucha gente se ha planteado si realmente su lugar de nacimiento fue Marte, porque es extraterrestre que una española conquistara el mundo jugando al bádminton, superando a los millones de jugadoras asiáticas que se dedican a este deporte de forma marcial. «En China hay cien millones de personas federadas. Aquí, en el momento en el que Carolina se inicia, pues había 4.000», dice Fernando Rivas, su entrenador toda la vida, el hombre con el que ha forjado una carrera que hasta ahora no tiene igual y que ha llegado a su fin. «Mi camino en el bádminton profesional ha terminado. No quiero poner en riesgo mi cuerpo», afirma Carolina en un vídeo que ha colgado en redes sociales. Quería despedirse dentro de una pista, además en casa, en el Europeo que se disputa en Huelva entre el 6 y el 12 de abril, pero no se ha podido recuperar de sus problemas de rodilla y estará, pero para recibir un homenaje, no para competir.
Han sido unos últimos meses duros después del golpe que sufrió Carolina Marín en los Juegos Olímpicos de París. En la capital de Francia, el fatídico 4 de agosto de 2024, su rodilla derecha volvió a ceder en las semifinales, en un partido que tenía ganado contra la china He Bing Jiao. Era la tercera rotura del ligamento cruzado anterior que sufría (dos en la diestra y una en la izquierda) y su llanto en La Chapelle Arena fue estremecedor. Primero el grito cuando la articulación cede, después el silencio del público y para acabar el estruendoso aplauso, con la española entre lágrimas, siendo consolada por su equipo y negándose a salir en silla de ruedas: se marchó al vestuario andando, coja. Antes, había intentado seguir en el partido.
Allí perdió una medalla, pero se ganó el respeto del mundo y se confirmó el que tenía de las rivales: He Bing Jiao, finalista por la lesión de la onubense, subió al podio con un pin de España. Hubo incluso movimientos para que le dieran un bronce, pero el Comité Olímpico Internacional (COI) lo denegó. No se había consultado con Carolina la petición. Después, ha reconocido que hubiera dicho que no. Las medallas se ganan y se pierden en la pista y las lesiones forman parte del deporte. La medalla que recibió ella, la enésima en su carrera, fue la del cariño de la afición.
Unos últimos meses complicados
Carolina Marín no quería que ese fuese el final del camino y siguió intentando regresar, pero los últimos meses las sensaciones no eran buenas. Tuvo que volver a ser intervenida y ya no es que tuviera problemas para entrenar, es que le impedía hacer una vida normal, una señal inequívoca a la que hizo caso. «El equipo estábamos al tanto de todo, hemos sido partícipes del proceso, hemos estado acompañándola y escuchándola todos estos meses y al final la decisión ha sido suya. Se ha retirado convencida de que es lo mejor para ella. Está en la flor de la vida, le queda mucho por delante, ha entendido que es mucho mejor tener una buena calidad de vida en todo lo que le queda y ha pensado en las cosas que podría perderse si esa rodilla no se recupera bien. Creo que es la decisión más sensata, más responsable», opina Fernando Rivas.
El agujero del que logró salir
La jugadora española tiene tatuada la palabra «resiliencia» y, entre otras cosas, la letra «G» al lado del símbolo del infinito, por su padre Gonzalo. Su piel también está marcada por las cicatrices de las operaciones. Todo está relacionado. En enero de 2019 sufrió la primera lesión grave de rodilla, un año y medio antes de los Juegos de Tokio, donde iba a defender su oro. Desde ahí comenzaron a sumarse fatalidades. En 2020 llegó la pandemia y el golpe más duro, el fallecimiento de su papá. Los Juegos en la capital de Japón se retrasaron finalmente un año por el covid, a 2021, y estaba en plena forma cuando dos meses antes de que empezaran, en un entrenamiento, se rompió la otra rodilla. Carolina admitió que entró en un agujero negro del que le costó salir... Pero lo hizo y en París otra vez se vio a la jugadora que atemorizaba a las rivales, hasta que llegó la desgracia definitiva.
Las lesiones han marcado la carrera de Carolina Marín, pero no son lo que define a una deportista con siete títulos de Campeona de Europa, en 2014, 2016, 2017, 2018, 2021, 2022 y 2024 (la única), con tres Mundiales, en 2014, 2015 y 2018 (la única), más una plata (2023); y campeona olímpica en Río 2016. Antes incluso de tener el reconocimiento que se merecía en España, ya era una estrella en Asia, en países en los que el bádminton es religión. Ahora mira con orgullo cómo los niños practican su deporte en los parques. Nadie en la historia tiene un palmarés así.
La McEnroe del bádminton
Pero volvamos al principio. Esa pequeña que nació el 15 de junio de 1993 en Huelva hacía flamenco hasta que una amiga le dijo que la acompañara a practicar un nuevo deporte. Pronto quedó fascinada por el volante, y encantada por poder jugar con otros niños y niñas. Sus padres le decían: «Pero Carito –así la llaman en familia–, hija, ¿qué es eso del bádminton?». Y esas primeras veces cuenta ella que no se le dio bien, pero la capacidad competitiva siempre la ha tenido. «Tenía unas cualidades físicas muy buenas para jugar y un temperamento fuerte. Era, como le decía su madre, la McEnroe del bádminton. Es verdad que al principio no se le daba bien. Hubo que desaprender lo que traía para volver a aprender cosas, e ir puliendo y puliendo, y sobre todo ir dándole herramientas diferentes en cada proceso de entrenamiento para mantener su competitividad», describe Rivas. Aprendió tanto que se convirtió en la mejor.