Ahí, en esas lágrimas que no pudo contener, con esa rodilla que no pudo sostener, en mitad de la pista del pabellón de La Chapelle de París, en aquel 4 de agosto de 2024, resumió Carolina Marín todo lo que era y todo lo que deja en su retirada: el esfuerzo de los cuatro años, la constancia para ser cada día mejor, la resiliencia para superar todos los baches, la superioridad sobre sus rivales, la concentración en el objetivo, la progresión de su carrera, la maestría en este deporte, el convencimiento de quien sabe que es suyo el oro (y esto era solo la semifinal), la entereza de aceptar la realidad, la bravura de despedirse en pie. Un momento, una imagen, un segundo que define a una jugadora superlativa que marca sin duda una época en la historia del deporte español. Se une a otros grandes nombres que hicieron por su deporte mucho más que sumar medallas a la vitrina. Lilí Álvarez nunca ganó Wimbledon, pero amaestró la hierba para que lo lograran primero Conchita Martínez (1994) y después Garbiñe Muguruza casi un siglo después. Conchi Sánchez Freire, conocida como Conchi Amancio, dio los primeros pases de un fútbol y una selección española a la que Aitana y Alexia han sacado brillo en los últimos años. La aragonesa Carmen Valero se puso los tacos de las zapatillas en las que ahora vuela María Pérez. Mari Paz Corominas desplegó las brazadas que llevarían a Mireia Belmonte a conquistar los podios olímpicos. Ana María Martínez Sagi puso el listón para que Ruth Beitia lo superara hacia el oro. Y Carolina Marín... «El bádminton ha crecido de la mano de Carolina Marín. Hoy, todas las niñas y los niños que hacen este deporte es gracias a ella. Con su entrenador han estudiado este deporte, lo han perfeccionado, lo han hecho grande, han conseguido hitos espectaculares. Y las generaciones venideras podrán decir: 'he ganado este partido porque vi jugar a Carolina Marín'», expresa Amaya Valdemoro, también en la categoría de grande del deporte español, pionera en la conquista de territorios tan ajenos hasta que llegó ella como la NBA estadounidense. ¿Es Carolina Marín la mejor deportista española de todos los tiempos? Su éxito es incomparable y a la vez complementario de las proezas que desarrolló sobre la pista Arantxa Sánchez Vicario . Era un deporte ya conocido, pero con tesón y disciplina doblegó a torres más altas como Steffi Graf, Mary Pierce y Mónica Seles en una consecución de éxitos en los años 80 y 90: tres títulos en Roland Garros y uno en el US Open, y dos platas y dos bronces olímpicos. Entre otros logros que también traspasaron la vitrina y se calaron en el imaginario colectivo nacional en disciplinas con muchos practicantes, los de Mireia Belmonte . Esa carrera infinita hacia el oro en 200 mariposa en Río 2016 que la hacía única en el deporte español: primer oro de una nadadora (y nadador) formada en el país; y las platas de Londres 2012 en 200 mariposa y en 800 libres, y el bronce en 400 estilos de Tokio, que la subieron al destacado podio de todos los halagos y de la historia de la natación nacional. Sobre las aguas duplicó la hazaña Theresa Zabell , única española que navegó hacia los oros olímpicos de Barcelona 92 y Atlanta 96, además de tres mundiales y tres europeos. Balones de Oro, mundiales y eurocopas coleccionan Aitana Bonmatí y Alexia Putellas en el otro gran deporte colectivo nacional. Y lo que les queda. Juntas han hecho del fútbol un terreno accesible por fin para las mujeres del hoy y, sobre todo, del mañana. También rompió prejuicios y estereotipos Lydia Valentín , con el oro en Londres 2012, la plata de Pekín 2008 y el bronce de Río 2016; el oro mundial de 2017 y 2018 y los cuatro títulos europeos. Sobre dos ruedas reivindicó su lugar y el de todas sus compañeras Laia Sanz , veinte títulos entre enduro (6) y trial (14). Gemma Mengual, Andrea Fuentes y Ona Carbonell lanzaron a España al mundo en natación artística. Como Marín, en pugna absoluta con enormes potencias como China y Rusia. En el tartán, tan internacional como escurridizo Ruth Beitia convertía en oro su salto al infinito en Río 2016 de toda una vida en su busca, primera atleta nacional en subirse a lo más alto del podio, y en ganar la Diamond League. Hubo muchas más pioneras que están en la lista de las mejores de la historia. Miriam Blasco esculpió su nombre en el primer oro olímpico español en judo, primeras portadas enteras para una deportista. Unos meses antes, Blanca Fernández Ochoa desplegó sus alas sobre la nieve para dejar una huella imborrable en forma de bronce en Albertville 92 y una senda por la que creer que España volvería a triunfar de blanco: Ana Alonso lo convirtió en realidad en los pasados Juegos de Milán-Cortina, con dos bronces sobre los esquíes. También en la montaña Edurne Pasaban puso su nombre y la bandera española a todas las cumbres del planeta. Sandra Sánchez hizo suyo el tatami, con triunfos en todas las competiciones, en todos los países, imbatible en esa disciplina de cata: 53 medallas de oro, campeona olímpica sin discusión en Tokio 2020. María Pérez ya podría entrar en la pugna pero le queda todavía mucho recorrido para seguir ascendiendo en el medallero y en la historia. Se reúnen todos estos nombres y muchos que faltan en una lista imposible de completar después de batallar contra las dificultades, los cánones, las tradiciones. Y es Marín, precisamente, fruto de este avanzar de las mujeres en el deporte que tuvo su despegue definitivo a partir de los Juegos de Barcelona 92. Y es Marín, precisamente, parte de esa generación irrepetible que se levantaron de aquellas simientes hasta florecer en competiciones europeas, mundiales, olímpicas para darle la vuelta a la balanza tras un empujón de coraje, empeño y determinación. Tan difícil como inexacta es cualquier comparación entre disciplinas, trascendencia y épocas. Pero tiene algo Marín que eleva por encima de casi cualquier otro deportista español, incluidos también los hombres: conquistó el planeta bádminton, una modalidad que en España apenas existía, recluida como ejercicio en los programas de Educación Física de los institutos, aunque en rincones de la geografía nacional, como Huelva, lo eligieron como deporte rey. Ahora tienen su reina. Ha sido un poner un pie en la Luna, y de qué manera, que trasciende más allá de los éxitos deportivos, porque no solo son el oro olímpico, los tres mundiales, los siete europeos, el número 1, es alcanzar un imposible que solo ella vio posible: romper una frontera de 100.000 licencias en Dinamarca para sentarse en el trono europeo que dominaban las nórdicas; y derribar la Gran Muralla China, con 250 millones de practicantes y 100 millones de licencias para ser la mejor del mundo. En el palmarés olímpico está el reflejo: 22 oros para China, 8 para Indonesia y 7 para Corea del Sur. España, o más bien Carolina Marín, ocupa el séptimo puesto. Hay detalles que subrayan la dimensión que adquirió la onubense en este deporte y que ha contado en diferentes ocasiones. Cuando en España podía pasear por la calle sin que muchos la reconocieran, en Yakarta apenas podía moverse sin que se volcaran sobre ella aficionados en busca de su autógrafo. En una ocasión, un seguidor se bajó de su moto para mostrarle que la camiseta que llevaba era una imagen suya jugando. Perdió las semifinales del Open de Indonesia de 2016 y las 8.000 gargantas que llenaban el pabellón no dejaron de corear su nombre. «Siempre es una pena cuando las leyendas dejan el deporte. Pero su legado perdurará por siempre. Porque es una persona que ha hecho de un deporte totalmente minoritario un deporte global. Y ha trascendido la pista: lo ha metido en las casas, está en la sociedad gracias a ella. Y lo más importante de todo es que lo ha hecho desde la honestidad, con el corazón, con naturalidad y humildad y siendo una bellísima persona», añade Valdemoro. ¿Es Carolina Marín la mejor deportista española de todos los tiempos? La respuesta es imposible por subjetiva, incompleta, incomparable. Eso sí, con una raqueta y un volante, Carolina Marín doblegó a todo un imperio y puso el mundo a sus pies.