Ama a tu vecino, pero no cortes el seto
Frye plantea el delicado problema representado por la gestión de las áreas intermedias entre civilizados y bárbaros. En ellas la monarquía española ejerció durante la edad moderna una política magistral de contención flexible, apaciguamiento y presencia militar combinadas. La segunda parte se ocupa de la «gran era de las murallas», con las puertas de hierro de Alejandro Magno, el muro de Adriano (que los romanos levantaron cuando habían detenido su expansión), la muralla china y los terribles ataques de pueblos de la estepa asiática.
De Constantinopla a América
La aparición de la artillería con «la bombarda horrible» inicia la tercera parte, que asume la dispersión geográfica y cronológica de las soluciones fortificadas y amuralladas, de Constantinopla al imperio ruso o los indígenas de las Américas.
Finalmente, en «Choque de símbolos», Frye estudia líneas como la francesa Maginot, desbordada por los ejércitos acorazados alemanes en 1940, o esa perfecta metáfora de la criminal dictadura comunista que fue el Muro de Berlín, operativo desde 1961 hasta 1989. El ingenioso epílogo, «Ama a tu vecino, pero no cortes el seto», podría titularse «Aviso para buenistas».
Por cada persona que ve en los muros una forma de opresión, señala el autor, hay otra que exige la construcción de una barrera más alta, más nueva y más larga. Pues ya se sabe que, quien reclama que eliminemos nuestro muro, está edificando otro a su espalda.