Una comensal llama a su expareja para pedirle consejo en mitad de su cita en «First Dates»
Este martes llegó para cenar en el restaurante de «First Dates» Andrés, un recepcionista madrileño de 45 años que se presentó contando que «hasta los 25 años era muy cortado con las mujeres, y luego empecé a cambiar. Entonces lo que no hice antes de los 25 lo hice después y me volví un golfo y un vivalavirgen, pero eso ya está cambiando». Aseguró que era un hombre «muy extrovertido, y busco a una mujer simpática pero tranquilita».
Su pareja fue Ruth, una teleoperadora de 41 años que llegaba desde Toledo para encontrar el amor. «Yo soy una mujer luchadora», dijo orgullosa, «llevo ocho años cuidando a mis dos hijos yo sola, he vivido en muchos sitios y he salido de muchas situaciones. Por eso, quiero a una persona que sea como yo». Sobera les presentó frente a la barra y los acompañó a sentarse a la mesa para que cenasen juntos.
La conversación empezó por los temas habituales: hijos, trabajo, aficiones...Andrés quedó muy sorprendido por la fuerza de Ruth para sacar adelante a sus hijos sin ayuda de nadie: «Ser madre soltera es una aventura diaria». Él contó que vivía muy tranquilo con un trabajo que le gustaba y que no aspiraba a nada más en su vida. «Le he visto un poco conformista», se quejó Ruth, «me gusta la gente que tiene expectativas e ilusiones, chispa por conocer y salir». La charla continuó agradable y se rieron mucho juntos.
Hacia el final de la cita, él intentó dejar cosntancia de su empuje viril presumiendo de hacer el amor «tres o cuatro veces al día. Tengo genes latinos y no puedo evitarlo». Ruth se rió escuchándole y contó en el confesionario que pensaba que estaba «presumiendo un poco de más». Al final no hubo suficiente chispa entre ellos y ninguno de los dos quiso tener una segunda cita.
Poco más tarde llegó Dory, una ama de casa alicantina de 55 años que le contó a Sobera sus problemas de amoríos. «Estuve casada treinta años en un matrimonio, que parecía que todo iba bien pero no era así», recordó, «yo nunca me sentí mujer ni pude ser yo, por eso llegó un momento en que me marché de casa». Luego Dory conoció a un hombre de Galicia y se fue a vivir allí con él, pero tuvo que dejarlo debido a los problemas de salud que le creaba el clima gallego.
Su pareja, también alicantina, fue José Vicente, un traductor de 58 años que no dudó en definirse como «una persona que no es del montón, porque tengo gustos raros». También contó que fue novicio con los franciscanos y siempre se ha sentido «atraído por ese estilo de vida». Desde que empezó a charlar con Dory todo fue sobre ruedas: la cena fue animada y hubo mucha sintonía entre ambos.
A la mitad de la cita, ella se disculpó para levantarse e ir al cuarto de baño mientras sacaba su teléfono del bolso. «¿Tienes una llamada?», preguntó él, y Dory lo negó. En cuanto llegó al baño la alicantina llamó a Manolo, su expareja gallega, para pedirle consejos de cara a la cita. «Lo importante es que sea correcto», le recordó su expareja. Luego Dory se guardó el teléfono y volvió a la mesa: «Es que tomo pastillas para la tensión y orino más de la cuenta». El desenlace fue el esperado y ambos quisieron tener una segunda cita con el otro.