Homero Zambrano: Académicos “fake”
Entre los males que nos aquejan en la actualidad, uno de los peores es la gran distracción que generan pseudo intelectuales, arguyendo sobre temas que ellos mismos han decidido que son prioritarios para la agenda política, específicamente de la nueva izquierda. Sobresalen lo que otros llaman, no sin cierta sorna, estudios de quejas (“grievance”), que abarca temas de grupos “oprimidos” entre otros, estudios de género. No hay duda de que existen todavía resabios de machismo. Es innegable que hay racismo. Pero de eso, al ambiente de crispación, encono y odio que están generando esos “intelectuales”, hay un abismo.
¿Tiene el “trabajo” de esas personas algún mérito? Dudas hay muchas. Mientras que en otras áreas de la academia publicar es marcadamente difícil, en estas no lo es tanto. De hecho, es demasiado fácil, como lo demostraron Lindsay, Pluckrose y Boghossian, de formación matemático, literatura e historia, y filosofía, respectivamente. Estos académicos, en 2017, se dieron a la tarea de escribir veinte artículos (papers) “académicos” llenos de disparates (en sus propias palabras, basados en “algo absurdo o profundamente carente de ética, o ambas cosas”), pero eso sí, con la dosis necesaria de los términos más amados por los ramos respectivos (“buzzwords”). Esto no sería digno de mención, si no fuera porque los journals les aceptaron siete de sus “papers” (para darnos una idea, la tasa de rechazo en el “Journal of Finance” es mayor a 93 por ciento). Ese ritmo de producción (aún por cabeza) sería más que suficiente para garantizar “tenure” en una universidad de Estados Unidos. Los autores indican que de no ser por el final abrupto que tuvo el experimento, probablemente les hubieran aceptado otros seis; los otros siete fueron rechazados.
Más grave aún es que uno de los papers del experimento está fuertemente basado en Mein Kampf, nada más y nada menos, y fue aceptado por el journal feminista “Affilia: Journal of Women and Social Work” Y luego hay personas que se ofenden con el término “fe*inazi”. Oh, la ironía.
Por cierto, y hablando de ofensas, resulta que la universidad en la que labora uno de los autores lo sancionó por “mala conducta”. Más ironías en este turbio asunto. Si bien es cierto que la experimentación con humanos requiere previa aprobación, la cuestionable aplicación de este artilugio legaloide no es más que una venganza de resentidos. ¿Y la ética de los consejos editoriales? Más allá: ¿y la capacidad académica de quienes escriben, quienes revisan, quienes publican, dónde está? Recordemos que son académicos, que eventualmente tienen contacto con jóvenes estudiantes, y los (de)forman.
El experimento de Lindsay, Pluckrose y Boghossian no es el único, ni el mejor. En 2017, Söderlund y Madison publicaron en Scientometrics (de Springer), un paper donde demuestran con todo rigor científico, que estudios de género, en comparación con otras áreas, tiene mayor número de frases sesgadas y normativas (que emiten juicios de valor), características indeseables en un artículo científico, o que se precie de valor académico.
Buena parte de esta situación viene de la fascinación de parte de la academia y grupos intelectualoides con los discursos influenciados por el posmodernismo, al estilo Derrida: La glorificación del absurdo. La afición por la falta de claridad. La incoherencia como sinónimo de sofisticación, y los sofismas a ultranza. La fórmula para excluir de quienes se dicen defensores de la inclusión.
Más triste aún es que esos académicos “fake” son simplemente tontos útiles para los oscuros intereses de la nueva izquierda, que ha tomado control de medios como el Washington Post o el New York Times, que publican artículos como el de Victoria Bissell Brown (“Thanks for not raping us, all you ‘good men.’ But it’s not enough”). ¿Qué tan malo es?, baste pensar en lo que uno de los lectores comenta: ¿Y si en vez de violación mencionara “bombardear”, y en vez de hombres dijera “musulmanes”? … Causaría disturbios, hoy tan de moda.
Hay una frase atribuida a Bill Murray, “Es difícil ganar una discusión con una persona inteligente, pero es casi imposible ganar una discusión con una persona estúpida.” Ciertamente estamos hablando de gente que no es estúpida, pero que desgraciadamente han abdicado de elementales principios académicos, como el rigor, y la apertura a la crítica. Aclaro, no todos en esas áreas son así, por supuesto.
Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.