La economía española ha encajado el golpe de la nueva situación comercial impuesta por la Casa Blanca y, por extensión, de una Unión Europea que no despega en forma de un crecimiento económico más moderado en el tercer trimestre del año. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en julio-septiembre el PIB avanzó un 0,6% con respecto al trimestre anterior, dos décimas menos que en abril-junio, y un 2,8% interanual, dos décimas menos, una moderación que se explica por el mal comportamiento de la demanda exterior, que le resto seis décimas al crecimiento económico. El dato es peor que el de verano de 2024, cuando, aunque también hubo retroceso en las exportaciones, estas apenas le restaron dos décimas al PIB. De hecho, hay que retrotraerse hasta el segundo trimestre de 2020, en plena pandemia, para encontrarse con un dato peor en lo que refiere al sector exterior. Está por ver cómo se adaptan los exportadores a la nueva situación comercial, pero queda claro que nuestro país no es inmune a la general atonía en la que está inmersa la UE, que al fin y al cabo es nuestro principal socio comercial, ni al arancel del 15% impuesto por el presidente Donald Trump a los productos europeos a partir de agosto, tras cerrar un acuerdo con su homóloga en la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que muchos consideraron una claudicación. En este último caso, dada la escasa relación comercial bilateral entre España y EE.UU. -mención aparte merecen el aceite y el vino-, el efecto llega por la vía indirecta dado el impacto sobre los Veintisiete. Los datos de comercio exterior de la UE en agosto ya fueron un aviso, con una caída del 22% de las ventas a EE.UU. que desplomaron a la mitad el superávit comercial con ese país. De hecho, la UE firmó un mal agosto en todos sus mercados clave. Así las cosas, el crecimiento en el tercer trimestre dependió enteramente de la demanda interna, que aportó 1,2 puntos al dato final, que en todo caso sigue justificando el optimismo del Gobierno para con el ritmo de la economía española, que ya encadena nueve meses de avances superiores o iguales a las seis décimas y se encamina a cerrar el año con un +3% interanual que volverá a situarla en el liderato de la eurozona, por tercer año consecutivo. El Ministerio de Economía ha celebrado los datos, que según el departamento que dirige Carlos Cuerpo «corroboran» el dinamismo de la economía española. No obstante, habría que señalar que los institutos de análisis tienen una visión crítica en cuanto a los fundamentos de ese dinamismo, que todavía depende demasiado de la aportación del gasto público. En verano el gasto de las administraciones públicas se situó en una tasa claramente positiva (+1,1%) y que arroja incertidumbre sobre la capacidad de nuestra economía de mantener el dinamismo una vez los fondos Next Generation dejen de llegar en 2026. Esto empaña el buen dato de la inversión privada, que vuelve a dar margen para el optimismo por segundo trimestre consecutivo. En julio-septiembre la formación bruta de capital (el indicador que mide la inversión privada) mostró un avance del 1,7%, que sirvió para compensar el mal comportamiento del sector exterior. El gasto en consumo final de los hogares, a su vez, avanzó cuatro décimas más que en el trimestre precedente para situarse en el 1,2%, algo que en todo caso es habitual dado el mayor estipendio que llevan a cabo las familias en los meses veraniegos.