Juan Deive: "La música sigue siendo un acto de resistencia"
Después de más de una década de trayectoria entre proyectos colectivos, colaboraciones y silencios creativos, Juan Deive emerge con “Invierno Rubí”, un disco maduro, visceral y valiente, que marca un punto de inflexión en su carrera. Hijo de padre gallego y madre valenciana, nacido en Venezuela y afincado en España desde los veinte años, Deive ha transitado por distintos caminos: fue líder de El Ruido Maldito, vocalista en L4Red (junto a Pedro Andreu, ex Héroes del Silencio), compositor en Miami para editoriales como Universal Latin y autor de bandas sonoras para documentales. Pero no fue hasta este álbum cuando encontró su verdadera voz. Conversamos con él para LA RAZÓN sobre el largo viaje hasta aquí, el desengaño con la industria, el papel de la poesía y lo que aún puede decir una canción en tiempos de algoritmos y ruido.
¿Qué representa “Invierno Rubí” en su carrera?
Es una vuelta, pero no un regreso a lo de antes, sino una etapa completamente nueva. Para mí es un renacer. Un disco que no parte de la nostalgia ni de la estrategia, sino de una necesidad vital. Estuve dos años trabajando en él junto al productor Juan de Dios Martín, grabando sin prisas, sin ninguna presión. Quería cuidar cada canción, cada sonido, y eso solo se consigue cuando uno se detiene. “Invierno Rubí” nace de una mirada hacia dentro, de aceptar el silencio y sacar de ahí lo mejor que tenía.
¿Qué motivó esa necesidad de volver ahora, después de tantos años fuera del foco?
Creo que la pandemia nos empujó a muchos a escucharnos de otra manera. Fue un tiempo suspendido, un parón que nos obligó a la contemplación, como decía un amigo, “sin remordimientos”. No tenías que correr, no tenías que producir. En ese momento surgió la necesidad de volver a escribir, pero ya no desde la urgencia, sino desde la autenticidad. Al principio no pensaba grabarlo siquiera, pero poco a poco esas canciones fueron pidiendo espacio y estructura. Y entonces apareció Juan de Dios, nos reencontramos después de muchos años y empezamos a grabar en su estudio de A Coruña, sin grandes medios, pero con mucha fe.
¿Le costó volver a exponerse en solitario?
Mucho. Había estado muchos años componiendo para otros, en editoriales, haciendo música para documentales, trabajando desde la sombra. Y eso me había acomodado un poco. Pero al mismo tiempo sentía que me faltaba algo, que necesitaba decir lo mío con mi voz. No quería delegarlo más. Por primera vez me sentí preparado para asumir el control creativo de todo. Este disco lo arranqué yo solo y me propuse defenderlo a muerte.
¿Se reconoce en esa imagen de artista introspectivo y de perfil bajo?
No lo pretendo, las etiquetas las dejo para quienes las ponen. Yo solo intento escribir desde la emoción. Siempre me ha interesado la palabra como algo que trasciende. Leo mucha poesía, porque me cuesta más concentrarme en novelas largas. La poesía me permite filtrar ideas, imágenes, ritmos... Me gusta jugar con las metáforas, no ser literal, dejar la puerta abierta a la interpretación. Ahí están mis referentes: Enrique Bunbury, Soda Stereo, Caifanes, pero también Borges, los poetas gallegos que he descubierto en bibliotecas cercanas, también Machado, Benedetti... Mi música está atravesada por ese lenguaje simbólico.
Muchísima. Aquí fue donde se gestó “Invierno Rubí”. El paisaje, el ritmo de vida, la introspección... Todo me ayudó a conectar conmigo. Además, aquí conocí a Juan de Dios, el productor, que fue clave. Yo venía de Madrid, de una escena muy distinta, y aquí pude parar, reflexionar y reencontrarme con la esencia de la música. El disco no existiría sin este entorno.
¿Cómo describiría el sonido de “Invierno Rubí”?
Es una mezcla de muchas cosas. Tiene algo de balada introspectiva, algo de rock clásico y algo de electrónica ambiental. Hay loops, atmósferas, distorsiones suaves... Diría que suena a verdad. Es un disco que puede ser muy delicado o muy contundente según la canción. Por ejemplo, “Ciclón” tiene un aire muy americano, con resonadores y slide, casi de carretera polvorienta. Y luego están las versiones: hice una de “Llorarás”, de Oscar D’León, que llevé a un territorio muy oscuro, casi gótico. También versioné una de Xoel López. No hay un patrón, pero sí un hilo emocional que lo une todo.
¿Qué mensaje o emoción le gustaría que quedara en el oyente?
Más que un mensaje, una sensación: la de haber escuchado algo sincero. Me interesa la música que toca fibras, que no pasa como ruido de fondo. Hoy todo es demasiado rápido, demasiado fácil de olvidar. Yo quería hacer un disco que necesitara ser escuchado con atención. Y también que sirviera para sanar. Para mí lo fue. Me ayudó a entender muchas cosas de mí mismo, de mi historia, de lo que había dejado atrás.
¿Siente que hay un desengaño general con la industria musical actual?
Más que desengaño, creo que hay una distancia. La industria ya no está hecha para nosotros. Hay demasiada música plástica, mucha pose, mucho ruido. Y sin embargo, también creo que hay un público que sigue buscando verdad. Yo no puedo competir con los algoritmos ni con el autotune, pero sí puedo defender mi música en un escenario. Y ahí es donde se ve todo: no hay trampa ni cartón. El directo sigue siendo sagrado. Por eso quiero llevar este disco al vivo. Ya hay una primera fecha confirmada en Zaragoza, en el festival Zombie Sounds Fest, y quiero que sea el comienzo de una nueva etapa.
¿Por qué “Invierno Rubí”? ¿Qué encierra ese título?
El invierno representa el letargo, la pausa, el silencio. Y el rubí es lo valioso que puedes encontrar en ese tiempo detenido. Es un disco que nace del recogimiento, pero arde por dentro. Habla del tiempo, de la memoria, del amor desde una mirada más madura. Y es solo el comienzo: tengo pensado un proyecto con cuatro discos, uno por cada estación. Ya estoy escribiendo el siguiente. La primavera será el renacimiento, el brote después del frío. Y me emociona mucho pensar en lo que vendrá.
¿Cree que la música sigue teniendo poder para transformar o emocionar?
Sí, lo creo profundamente. Para mí, la música sigue siendo un acto de resistencia y de belleza. Un lugar donde aún es posible decir algo verdadero. Hay demasiada insensibilidad, demasiado vacío, pero también hay gente que escucha con el corazón. Es a ellos a quienes quiero llegar. No con grandes campañas ni con fórmulas virales. Solo con canciones que tengan alma.

